La voz de Brooke salió por los altavoces de la sala.
—Ponle un poco más. Necesita despertarse confundida mañana.
En la pantalla, Mark sostuvo mi taza azul bajo la luz de la cocina.
Miró hacia el pasillo para comprobar que nadie venía.
Después sacó un pequeño frasco del bolsillo.
El video no mostraba con claridad la etiqueta.
Pero sí mostraba cómo vertía algo en mi café.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Durante semanas había pensado que el estrés me estaba destruyendo.
Los mareos.
Las lagunas de memoria.
Las mañanas en las que despertaba sin recordar cuándo me había acostado.
Mark me había mirado a los ojos durante todo ese tiempo y me había preguntado si estaba perdiendo la razón.
Ahora comprendía que nunca había sido mi mente.
Había sido él.
—Dios mío —susurró alguien al fondo de la sala.
La jueza no apartó la vista de la pantalla.
—Detenga el video.
El secretario lo pausó.
Mark se levantó otra vez.
—Esto está editado. No se ve lo que hay en el frasco. Podría ser cualquier cosa.
La jueza giró lentamente hacia él.
—Siéntese, señor Mitchell.
—Mi hija no entiende lo que grabó.
—Su hija entendió lo suficiente como para esconderlo porque usted la amenazó.
Mark miró a April.
Por primera vez no había falsa tristeza en su rostro.
Había rabia.
Mi hija se encogió inmediatamente.
Me puse delante de ella.
La jueza vio aquel movimiento.
También vio la forma en que April apretó mi chaqueta con ambas manos.
—Agente —ordenó—, colóquese entre el señor Mitchell y la menor.
Un guardia se acercó a la mesa de Mark.
Brooke dejó escapar un sollozo.
—Yo no sabía que él iba a hacerle daño.
April la miró.
—Sí sabías.
Todos volvieron la cabeza hacia mi hija.
Ella señaló la pantalla.
—Hay más videos.
El abogado de Mark cerró los ojos por un instante.
Parecía comprender que ya no estaba defendiendo una solicitud de custodia.
Estaba intentando sobrevivir a un desastre.
La jueza pidió que abrieran el siguiente archivo.
Se escuchó la voz de Mark dentro de nuestra sala.
—Mueve las llaves otra vez. Cuando pregunte por ellas, empieza a grabar.
Brooke respondió:
—¿Y si se da cuenta?
—No se dará cuenta. Lleva meses creyendo que está enferma.
El audio continuó.
Mark se rio.
—Después de la audiencia, tendremos la custodia, la casa y el control de la herencia de April. Eleanor no podrá tocar nada.
La jueza levantó la mano.
—Pause.
Luego miró al abogado de Mark.
—¿La casa en disputa pertenece a la señora Mitchell?
Mi abogada se puso de pie.
—Fue heredada de su padre antes del matrimonio. Además, existe un fondo patrimonial destinado a April que solo puede ser administrado por su progenitor custodio mientras sea menor.
Todo quedó claro.
Mark no solo quería quitarme a mi hija.
Quería usarla para controlar la casa y el dinero que mi padre había dejado para ella.
Brooke se volvió hacia él.
—Me dijiste que la casa sería nuestra.
Mark apretó la mandíbula.
—Cállate.
—También dijiste que el fondo era de varios millones.
El rostro de mi abogada cambió.
—Su Señoría, solicito que esa declaración conste en el registro.
—Constará.
Mark miró a Brooke con odio.
Ella se tocó el vientre por costumbre, pero ya nadie la veía como la nueva madre perfecta.
Solo como parte de aquel plan.
El secretario abrió otro archivo.
Esta vez aparecía la entrada de la casa.
Brooke estaba midiendo la pared del dormitorio de April.
—Aquí pondremos la cuna —decía.
Mark respondió:
—Primero hay que mandar a April a la habitación pequeña. Cuando el juez nos dé la custodia, será más fácil convencerla de que Eleanor está enferma y no quiere verla.
April comenzó a llorar en silencio.
Me arrodillé junto a ella.
—Mírame, cariño.
Ella levantó los ojos.
—Nada de esto es culpa tuya.
—Papá dijo que si te ayudaba, el bebé no tendría casa.
Sentí una punzada en el pecho.
—Los adultos son responsables de sus propias decisiones. Tú solo dijiste la verdad.
La jueza pidió un receso inmediato.
Pero antes de retirarse, dio varias órdenes.
La custodia provisional de April quedaba conmigo.
Mark no podría acercarse a nuestra hija ni comunicarse con ella hasta nueva evaluación.
La tableta sería entregada a los investigadores para preservar los archivos.
Y la policía recibiría una copia completa del contenido.
Mark perdió el control.
—¡No puede quitarme a mi hija por videos grabados ilegalmente!
April se estremeció.
La jueza lo miró con absoluta frialdad.
—Usted llegó hoy pidiendo que separara a una niña de su madre porque la consideraba peligrosa.
Hizo una pausa.
—Hasta ahora, la única persona de la que esta menor parece necesitar protección es usted.
El guardia tomó a Mark del brazo.
Él intentó soltarse.
—Eleanor manipuló todo esto.
Lo miré directamente.
Durante meses había temido que cualquier emoción me hiciera parecer inestable.
Esta vez no lloré.
—No, Mark.
Tú lo grabaste todo.
El pasillo estaba lleno de periodistas cuando salimos.
Alguien había filtrado que la audiencia de custodia había terminado con una investigación inesperada.
Mi abogada nos llevó por una salida lateral.
April caminaba pegada a mí, todavía abrazando su mochila.
Antes de entrar al coche, me preguntó:
—¿Ahora sí me van a dejar vivir contigo?
Me agaché y le acomodé una de las trenzas.
—Sí.
Ella dejó escapar el aire como si hubiera estado conteniendo la respiración durante meses.
Pero aquella tarde, cuando creí que por fin habíamos salido del peor momento, mi abogada recibió una llamada.
Escuchó en silencio.
Después me miró con una expresión que me heló la sangre.
—La policía registró el despacho de Mark.
—¿Qué encontraron?
—Una carpeta con expedientes médicos, formularios de tutela y una solicitud incompleta para declararte legalmente incapaz.
Sentí náuseas.
—¿Eso es todo?
Mi abogada negó despacio.
—No.

También encontraron mensajes que indican que Mark llevaba más de un año planeándolo.
Y existe otra persona involucrada.
—¿Quién?
Ella miró a April antes de bajar la voz.
—Alguien del tribunal le estaba informando a Mark exactamente qué pruebas necesitaba fabricar para ganar la custodia.