PARTE 2: La sonrisa del monstruo

Ethan dejó escapar una risa baja, como si la petición de Valeria fuera el comentario más absurdo del mundo.

—¿Ver el cuerpo? ¿Para qué? Los muertos no regresan.

Valeria sintió que el pecho le ardía.

—¿Dónde está Lucas?

Él encendió el mechero de plata y contempló la pequeña llama con absoluta tranquilidad.

—Supongo que ya lo habrán enviado a la morgue.

La habitación quedó en silencio.

—Aunque… —añadió con una sonrisa apenas visible—, quizá ni siquiera quede mucho que reconocer.

Las pupilas de Valeria se dilataron.

—¿Qué acabas de decir?

Ethan levantó la vista lentamente.

—¿No lo sabías? En prisión las cosas pasan. Peleas. Accidentes. Nadie puede controlarlo todo.

Valeria comprendió al instante que aquello no había sido un accidente.

Era otra pieza del mismo juego.

Otro regalo para Natalie.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Fuiste tú.

—No hagas acusaciones que no puedas demostrar.

—¡Fuiste tú!

El grito resonó por toda la habitación.

Ethan no se inmutó.

Se limitó a guardar el encendedor en el bolsillo.

—Tu hermano era un obstáculo. Igual que tu padre. Igual que toda la familia Cross.

Valeria sintió que el mundo entero desaparecía bajo sus pies.

Durante años había creído que Ethan simplemente era cruel.

Ahora entendía que era mucho peor.

Disfrutaba destruyendo vidas.

Él se acercó a la cama.

—Escúchame bien. Olvida a Lucas. Olvida África. Dentro de un mes todo volverá a la normalidad.

Valeria lo miró fijamente.

—¿Normalidad?

—Sí. Natalie obtendrá lo que quería. Yo me divorciaré de ella y tú regresarás a esta casa como mi esposa. Todo el mundo olvidará este pequeño incidente.

Valeria soltó una risa.

Una risa tan fría que incluso Ethan dejó de sonreír durante un instante.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Que todavía crees que puedes decidir mi vida.

Él frunció el ceño.

—Siempre vuelves conmigo.

—No.

Valeria sostuvo su mirada sin apartar los ojos.

—Esta vez no.

Ethan perdió la paciencia.

—¿Sigues con esa tontería del matrimonio?

Ella levantó lentamente la mano izquierda.

Hasta ese momento nadie había prestado atención al sencillo anillo de platino que llevaba en el dedo.

No tenía diamantes.

No era ostentoso.

Pero en el interior estaba grabado un escudo militar imposible de falsificar.

Ethan apenas lo miró antes de burlarse.

—Bonita joya barata.

Valeria sonrió.

—Mi esposo dice que un anillo solo sirve para recordar una promesa. No para presumir dinero.

—¿Tu esposo?

—Sí.

Ethan negó con la cabeza.

—Valeria… nadie se casa contigo en un mes.

Ella no respondió.

Sacó lentamente su teléfono.

Era nuevo.

Adrian había insistido en dárselo antes de subir al avión.

En la pantalla apareció un único mensaje recibido hacía apenas dos minutos.

“Ya aterricé. ¿Dónde estás?”

Debajo del texto había un nombre.

Adrian Blackwood.

Ethan soltó una carcajada.

—¿Quién demonios es ese?

Valeria escribió una sola respuesta.

“Hospital Central. Ven cuando puedas.”

Pulsó enviar.

Después guardó el teléfono.

—Lo conocerás muy pronto.

Ethan volvió a reír.

—Perfecto. Quiero ver la cara del idiota que aceptó casarse contigo.

Valeria no dijo nada más.

Porque conocía algo que Ethan ignoraba.

Mientras él seguía creyéndose el hombre más poderoso de la ciudad…

Tres vehículos militares negros acababan de cruzar la entrada principal del hospital.

Ninguno llevaba logotipos.

Ninguno necesitaba sirenas.

Y cuando el personal de seguridad vio las placas diplomáticas y los distintivos oficiales, todos se apartaron de inmediato.

El director del hospital salió corriendo hacia la entrada.

Un oficial descendió primero.

Después abrió la puerta trasera.

Un hombre alto, vestido con un impecable uniforme militar, bajó del vehículo con paso firme.

Los soldados presentes se cuadraron automáticamente.

El director inclinó la cabeza con evidente nerviosismo.

—Bienvenido, general Blackwood.

Adrian apenas respondió con un leve movimiento.

Sus ojos solo buscaban a una persona.

Y mientras avanzaba por el pasillo del hospital, otra noticia comenzaba a viajar a toda velocidad por la ciudad.

La prisión donde supuestamente había muerto Lucas Cross acababa de ser rodeada por agentes federales.

Alguien había ordenado abrir una investigación urgente.

Y el primer nombre escrito en la lista de sospechosos era uno que haría temblar a toda la familia Whitmore.

Ethan Whitmore.

(Continuará…)

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