PARTE 2: LA SILLA VACÍA DE LA MESA

Leo corrió a la cocina con una emoción que ningún adulto en aquella casa compartía.

—¡Mamá, voy por otro plato!

Valeria permaneció inmóvil unos segundos.

Observó a Santiago como si todavía estuviera decidiendo si dejarlo cruzar aquella última frontera: la mesa donde durante siete años solo habían cenado dos personas.

—No confundas esto con un perdón —dijo finalmente.

Santiago bajó la cabeza.

—No lo haré.

Se quitó lentamente el abrigo y lo dejó sobre una silla.

Era la primera vez en años que entraba a una casa sin revisar ventanas, salidas de emergencia o posibles amenazas.

Solo veía dibujos infantiles pegados al refrigerador, una mesa de madera desgastada y un nacimiento hecho con figuras de plastilina.

Leo regresó orgulloso con un plato desparejado.

—Este era de cuando yo era chiquito.

Valeria sonrió apenas.

—Sigues siendo chiquito.

—Pero ahora alcanzo las galletas de arriba.

Santiago no pudo evitar que una sonrisa se escapara.

Hacía años que no escuchaba una conversación tan sencilla.

Durante la cena casi no habló.

Escuchó.

Leo contó cómo había construido un volcán para la escuela que terminó explotando antes de tiempo.

Cómo quería ser astronauta… o veterinario… o inventor.

Cómo su mamá siempre quemaba la primera tanda de galletas porque hablaba demasiado mientras cocinaba.

Valeria negó divertida.

—Eso no es cierto.

—Sí es.

—No.

—Sí.

Por un instante, Santiago imaginó la vida que nunca tuvo.

Las cenas.

Los cumpleaños.

Las tareas escolares.

Los abrazos antes de dormir.

Todo lo había perdido sin siquiera saber que existía.

Cuando terminaron de cenar, Leo tomó una caja de cartón decorada con estrellas.

—Es hora de los deseos.

Santiago miró a Valeria.

Ella suspiró.

—Cada Navidad escribimos un deseo y lo guardamos aquí.

Leo le entregó un papel.

—Tú también.

—No creo que…

—Todos escriben.

Santiago aceptó el pequeño trozo de papel.

Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de los lápices.

Leo dobló primero el suyo.

—Ya.

Valeria hizo lo mismo.

Santiago tardó más.

Al final escribió una sola frase.

“Ojalá algún día mi hijo pueda mirarme sin miedo.”

Doblaron los papeles.

Leo los dejó dentro de la caja.

Después bostezó.

—Creo que Santa tarda mucho.

Valeria le acarició el cabello.

—Porque ya casi es hora de dormir.

El niño abrazó a su madre.

Luego dudó unos segundos.

Miró a Santiago.

—Buenas noches…

Se quedó pensando.

No sabía cómo llamarlo.

Finalmente dijo:

—Señor que arregla estrellas.

Santiago sintió un nudo en la garganta.

—Buenas noches, campeón.

Leo desapareció por el pasillo.

El silencio regresó a la casa.

Valeria comenzó a recoger los platos.

Santiago la ayudó sin que ella se lo pidiera.

Lavaron en silencio.

Secaron los vasos.

Guardaron los cubiertos.

Parecían dos desconocidos compartiendo una cocina.

Cuando terminaron, Valeria dejó una taza de café frente a él.

—No vine a preguntarte por Darío —dijo Santiago.

—Lo sé.

—Ni a justificarme.

Ella sostuvo la taza caliente entre las manos.

—Entonces… ¿para qué viniste realmente?

Santiago tardó en responder.

—Porque hace tres meses enterré a mi madre.

Valeria levantó la vista.

—Antes de morir me hizo prometerle que, si todavía quedaba algo bueno dentro de mí, te pediría perdón mirándote a los ojos.

Ella permaneció en silencio.

—No esperaba encontrar un hijo.

Ni una Navidad.

Ni una mesa donde todavía hubiera espacio para mí.

Valeria respiró profundamente.

—El perdón no cambia el pasado.

—Lo sé.

—Y tampoco convierte a un desconocido en padre.

Aquellas palabras dolieron.

Porque eran ciertas.

En ese momento sonó el teléfono de Santiago.

La pantalla mostró un nombre que llevaba años sin desaparecer de su vida.

Darío.

Lo dejó sonar.

Volvió a sonar.

Y una tercera vez.

Valeria observó el teléfono.

—¿No vas a responder?

Santiago apagó la pantalla.

—No esta noche.

Cinco segundos después, alguien golpeó la puerta principal.

Tres golpes secos.

Firmes.

Inconfundibles.

Santiago palideció.

Conocía perfectamente esa forma de llamar.

No era un vecino.

No era un amigo.

Era la señal que utilizaban los hombres de la organización cuando ocurría una traición… o cuando alguien había sido condenado.

Y por primera vez en muchos años, Santiago comprendió que el peligro no había llegado para él.

Había llegado hasta la casa donde dormían Valeria y Leo.

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