Lucía sintió que la sangre se le helaba.
Ramiro seguía inmóvil detrás del vidrio.
Sonreía.
Pero sus ojos no sonreían.
Golpeó suavemente la puerta antes de entrar.
—¿Todavía aquí?
Lucía dobló la servilleta con rapidez y la guardó dentro del bolsillo del mandil.
—Ya terminaba de limpiar.
Ramiro recorrió la habitación con la mirada.
Las flores.
El buró.
Las cortinas.
Finalmente observó a Esteban.
—No tiene sentido hablarle tanto.
Se acercó a la cama.
—Los médicos dicen que no escucha nada.
Lucía mantuvo la respiración.
Ramiro tomó la mano inmóvil de Esteban.
—Una lástima.
Sacudió lentamente la cabeza.
—Siempre fuiste demasiado desconfiado.
Después sonrió.
—Aunque esta vez llegaste tarde.
Lucía comprendió que aquellas palabras no eran para ella.
Eran para Esteban.
Quería comprobar si reaccionaba.
No ocurrió nada.
Ramiro soltó la mano.
—Puedes retirarte.
Lucía inclinó ligeramente la cabeza y salió sin correr.
Solo cuando llegó al cuarto de limpieza volvió a respirar con normalidad.
Cerró la puerta con seguro.
Sacó la servilleta.
Las tres frases seguían allí.
Busca a Tomás.
Mauro sabía.
Carpeta roja.
Y debajo, escrita con prisa durante los últimos segundos:
No confíes en Ramiro.
Lucía comprendió que ya no era una simple empleada.
Ahora también era un objetivo.
A las nueve de la noche buscó discretamente a Tomás Varela.
Lo encontró en la cafetería del hospital.
Tenía el saco arrugado, dos cafés fríos sobre la mesa y el aspecto de un hombre que llevaba varios días sin dormir.
Lucía se acercó despacio.
—¿Don Tomás?
Él levantó la vista.
—Sí.
—Necesito hablar con usted sobre el señor Barrera.
Tomás endureció inmediatamente la expresión.
—¿Quién la envía?
—Nadie.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Pero él sigue consciente.
Tomás dejó caer el vaso de café.
El líquido se derramó sobre la mesa.
—¿Qué acaba de decir?
Lucía sacó la servilleta.
No la entregó.
Solo la abrió lo suficiente para que él pudiera leer las tres primeras palabras.
Busca a Tomás.
Los ojos del empresario comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Dios mío…
Lucía continuó.
—No puedo explicarle todo aquí.
—¿Él escribió eso?
—Sí.
—¿Cómo?
Ella negó con la cabeza.
—No tenemos tiempo.
Tomás respiró profundamente.
—¿Qué necesita?
—Encontrar la carpeta roja antes del viernes.
Aquella frase borró el poco color que quedaba en su rostro.
—¿También mencionó la carpeta?
Lucía asintió.
Tomás comprendió inmediatamente.
—Entonces ya lo sabe…
Miró hacia el elevador.
Bajó aún más la voz.
—Si Renata consigue esa carpeta antes que nosotros…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Esa misma noche, mientras Renata cenaba con Ramiro y el abogado César Luján en un restaurante de Polanco, un hombre entró discretamente.
Llevaba uniforme de mensajero.
Se acercó directamente a la mesa.
—¿Señorita Renata Alcázar?
—Sí.
Le entregó un sobre blanco.
—Es urgente.
Ella lo abrió con tranquilidad.
Dentro solo había una fotografía.
Era una imagen tomada esa misma tarde.
Lucía.
Tomás.
Y la servilleta sobre la mesa de la cafetería.
Renata dejó de sonreír.
Ramiro tomó la fotografía.
—¿Quién los siguió?
En la parte trasera de la imagen había una única frase escrita con tinta negra:
“El hombre al que enterraron todavía está escuchando.”
Renata apretó el papel hasta arrugarlo.
Luego miró a Ramiro.
—Encuentra a esa empleada antes de que vuelva al hospital.
—¿Y si ya habló demasiado?
Renata bebió un sorbo de vino sin apartar la vista de la fotografía.
—Entonces mañana habrá dos personas menos que puedan contar esta historia.
En ese mismo instante, el teléfono de Tomás comenzó a sonar.

Era el doctor Julián Cárdenas.
Su voz sonaba completamente alterada.
—Don Tomás…
Hubo un silencio de apenas dos segundos.
—Acaban de intentar desconectar el respirador del señor Barrera… y quien dio la orden utilizó un código de acceso que solo podían conocer tres personas.