PARTE 2: LA SEQUÍA.

Rogaciano salió de la parcela convencido de que había ganado.

Durante las semanas siguientes visitó al notario dos veces, habló con el gerente del banco y llevó al médico del pueblo una historia cuidadosamente preparada.

Según él, Jacinta sufría una depresión tan profunda por la muerte de Anselmo que enterraba plásticos en arroyos secos y desperdiciaba el patrimonio familiar.

Muchos le creyeron.

Al fin y al cabo, el campo seguía igual de seco.

Las lluvias de aquel verano apenas dejaron unos cuantos charcos que desaparecieron antes del mediodía.

Los vecinos comenzaron a vender ganado.

Los pozos perdieron nivel.

Los cultivos de frijol se secaron antes de florecer.

Incluso Evaristo Mena empezó a racionar el agua de su enorme pozo.

Cada vez que pasaba frente a la parcela de Jacinta disminuía la velocidad de la camioneta para burlarse.

—¿Ya apareció tu río escondido?

Ella nunca respondía.

Todas las madrugadas caminaba hasta el arroyo con una varilla de acero, medía la humedad del suelo y anotaba cada dato en las mismas libretas donde su padre había escrito durante años.

Encontró algo que nadie más veía.

A un metro de profundidad, la tierra seguía húmeda.

Las raíces de los mezquites permanecían verdes.

Las calabazas que sembró cerca del cauce no crecían rápido, pero tampoco morían.

Mientras el resto del valle comenzaba a agrietarse, su parcela seguía respirando.

Pasó un año.

Luego otro.

Y otro más.

La sequía se volvió la peor que Zacatecas había sufrido en décadas.

Las presas bajaron a niveles históricos.

Los camiones cisterna recorrían las comunidades cobrando cada litro como si fuera oro.

Evaristo comenzó a vender parte de su ganado porque su pozo ya no alcanzaba para todos los animales.

Fue entonces cuando empezó a mirar las tierras de Jacinta con otros ojos.

Una tarde subió al cerro cercano con unos binoculares.

Lo que vio le heló la sangre.

Mientras las parcelas vecinas parecían cubiertas de ceniza, las dieciocho hectáreas de Jacinta conservaban manchas verdes perfectamente alineadas siguiendo el antiguo cauce del arroyo.

No era un milagro.

Era agua.

Agua que nadie entendía de dónde salía.

Esa misma noche, Rogaciano llegó otra vez acompañado por Evaristo.

—Todavía estamos dispuestos a ayudarte —dijo el hacendado con una sonrisa falsa—. Firmas hoy y te pago el doble de lo que ofrecí hace cuatro años.

Jacinta negó con la cabeza.

—La respuesta sigue siendo no.

Rogaciano perdió la paciencia.

—No seas terca. Esa tierra vale dinero porque Evaristo la necesita. Aprovecha antes de que cambie de opinión.

Ella levantó una libreta de Anselmo.

—Mi padre nunca quiso vender.

—¡Tu padre está muerto!

Jacinta cerró despacio el cuaderno.

—Precisamente por eso voy a cumplir su palabra.

Los dos hombres se marcharon furiosos.

Aquella misma semana comenzaron los problemas.

Primero desaparecieron varias herramientas.

Después cortaron el alambre de uno de los cercos.

Más tarde alguien intentó abrir la pequeña caseta donde Jacinta guardaba las libretas de su padre.

Ella instaló discretamente dos cámaras alimentadas con paneles solares.

No tardaron mucho en grabar algo inesperado.

A las dos de la madrugada, Rogaciano, Evaristo y otros dos hombres caminaban por el arroyo con picos y varillas metálicas.

No buscaban ganado.

No buscaban agua.

Estaban intentando localizar exactamente dónde había enterrado la geomembrana para destruirla antes de que el resto del pueblo descubriera el verdadero valor de aquellas tierras.

Pero uno de ellos dijo una frase que hizo que Jacinta dejara de respirar al revisar las grabaciones.

—Cuando rompamos la barrera, el agua volverá a correr hacia abajo… igual que hace cuatro años, cuando desviamos el cauce para obligar al viejo Anselmo a vender.

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