—Genevieve, escucha mi voz —dijo mi padre—. ¿Puedes mantenerte consciente?
—Sí.
—Bien. No intentes enfrentarte a ellos. Solo mantente a salvo.
Cerré los ojos durante un segundo.
El reloj seguía transmitiendo mi ubicación.
Pero Julian no sabía nada de eso.
Victoria tampoco.
La moto acuática continuó alejándose de la costa mientras yo fingía estar completamente aterrorizada.
—¡Julian! —grité—. ¡Por favor, haz que pare!
Él levantó una mano desde el muelle.
Ni siquiera respondió.
Entonces escuché un sonido diferente.
Un helicóptero.
Al principio parecía lejano.
Victoria también lo escuchó.
Giró la cabeza.
—¿Qué es eso?
Julian dejó caer la copa.
El helicóptero apareció sobre la línea del horizonte.
Luego otro.
Victoria frenó bruscamente.
—¡¿Quién los llamó?!
Julian miró su teléfono.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
Yo sonreí débilmente.
—Sí puede.
Mi padre no había enviado ayuda ordinaria.
Había activado un protocolo reservado para emergencias familiares de máxima prioridad.
Una embarcación se acercó rápidamente.
Desde ella comenzaron a escucharse órdenes.
—¡Apaguen los motores! ¡Aléjense de la embarazada!
Victoria entró en pánico.
Intentó regresar hacia la costa.
Pero ya era demasiado tarde.
Varias embarcaciones habían cerrado el paso.
Julian retrocedió.
Un equipo de rescate llegó hasta mí y cortó las correas.
—Señora, está a salvo.
Me llevaron a bordo.
Lo primero que hice fue llevarme una mano al vientre.
—Mi bebé…
—El equipo médico está listo.
Mientras me atendían, levanté la mirada hacia la costa.
Julian estaba siendo retenido.
Victoria gritaba que todo había sido un accidente.
Pero nadie parecía creerle.
Entonces uno de los oficiales encontró las cápsulas que Julian había preparado.
Las colocó dentro de una bolsa de evidencia.
Mi padre apareció minutos después.
No llevaba uniforme.
No necesitaba llevarlo.
Cuando llegó junto a mí, me tomó la mano.
—Te dije que ese reloj nunca era solo un regalo.
Las lágrimas que había contenido durante horas finalmente cayeron.
—Papá, él intentó matarnos.
Mi padre miró hacia Julian.
Su expresión se volvió completamente fría.
—Entonces cometió un error que jamás podrá corregir.
Pero Julian todavía tenía una última carta.
Cuando los agentes lo alejaron, gritó:
—¡Genevieve! ¡Tú no sabes toda la verdad!
Me quedé inmóvil.
—¡Tu padre también te ha estado ocultando algo!
Mi padre no respondió.
Solo bajó la mirada.
Y en ese instante comprendí que había algo que él jamás me había contado.
Algo relacionado con Julian.
Algo que podía explicar por qué mi padre había desconfiado de él desde el principio.
Miré a mi padre.
—¿Qué quiso decir?
Él tardó varios segundos en responder.
Finalmente suspiró.
—Hay algo que deberías haber sabido antes de casarte con ese hombre.
Me apretó la mano.

—Julian Vance nunca construyó su empresa solo.
Y cuando me explicó quién había financiado realmente su primer negocio, entendí que mi matrimonio había sido una mentira desde mucho antes de aquella playa.