PARTE 2: LA SEGUNDA GRABACIÓN

El bolígrafo cayó al suelo.

El sonido resonó en toda la suite.

Nadie dijo una palabra.

Yo seguía mirando la pantalla del televisor, incapaz de respirar.

“Camila nunca debe saber que su hijo no murió al nacer.”

Aquella frase se repetía una y otra vez dentro de mi cabeza.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Tuve que apoyarme en el borde de la mesa para no caer.

—¿Qué… qué acabas de decir?

Mi voz apenas era un susurro.

Guyane dio un paso hacia mí.

—Camila, escúchame…

—¡No!

Levanté una mano para detenerlo.

—No te acerques.

La mujer que estaba junto a la ventana ya no sonreía.

Miraba alternativamente el televisor y el rostro de Guyane con evidente desconcierto.

—¿De qué está hablando ese video?

Él permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que había abierto la puerta de aquella habitación, parecía completamente desorientado.

Volví a mirar la pantalla.

La grabación continuaba.

Era una oficina.

Reconocí inmediatamente el despacho del abogado que había preparado los papeles del divorcio.

Guyane estaba sentado frente al escritorio.

La imagen no era perfecta, pero el audio se escuchaba con claridad.

—Ella jamás aceptaría perder a un hijo dos veces.

La voz del abogado respondió:

—¿Está seguro de que quiere mantener ese asunto en secreto?

Guyane tardó varios segundos en contestar.

Después bajó la cabeza.

—Hasta que encuentre la manera de explicarlo.

La grabación terminó de forma abrupta.

La pantalla quedó en negro.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza insoportable.

Durante siete años había visitado un pequeño jardín conmemorativo.

Había guardado la ropa que compré durante el embarazo.

Había celebrado en silencio la fecha en la que, según me dijeron, nuestro bebé había fallecido.

Toda mi vida se había construido alrededor de ese duelo.

Y ahora alguien acababa de decirme que la historia podía no ser como yo la conocía.

Miré directamente a Guyane.

—Respóndeme una sola cosa.

Él respiró hondo.

—Camila…

—¿Nuestro hijo murió?

El silencio fue insoportable.

La otra mujer dio un paso atrás.

Ya no parecía la amante segura de sí misma que me había recibido unos minutos antes.

Ahora observaba a Guyane como si tampoco lo conociera.

—Contéstale —dijo ella en voz baja.

Él cerró los ojos durante unos segundos.

—Yo…

Las palabras parecían no salir.

—Cuando ocurrió el parto hubo complicaciones.

—Eso ya lo sé.

Mi voz se quebró.

—Estuve allí.

Lo que no sé es por qué acabamos de escuchar esa grabación.

Guyane se dejó caer lentamente sobre una silla.

Parecía derrotado.

—Porque nunca vi el cuerpo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—El hospital me dijo que había fallecido durante la madrugada.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

—A mí también me lo dijeron.

Él asintió.

—Pero unos días después recibí una llamada anónima.

La habitación volvió a quedar en silencio.

—¿Qué llamada?

—Alguien aseguró que nuestro hijo había sido trasladado a otro centro médico antes de que nosotros pudiéramos verlo.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Y nunca me lo dijiste?

Guyane bajó la cabeza.

—Intenté averiguar si era verdad.

—¡Durante siete años!

Mi grito rebotó contra las paredes de la suite.

—¡Siete años creyendo que nuestro hijo había muerto mientras tú investigabas solo!

Él no levantó la vista.

—No quería darte falsas esperanzas.

La mujer que estaba junto a la ventana habló por primera vez desde que terminó el video.

—Yo tampoco sabía nada de esto.

La miré.

Su expresión había cambiado por completo.

—¿Quién eres realmente?

Respiró profundamente antes de responder.

—Me llamo Verónica.

No soy su prometida.

Soy consultora financiera de una empresa con la que él estaba negociando.

La sorpresa fue absoluta.

Señaló los documentos sobre la mesa.

—Los papeles del divorcio estaban aquí porque los abogados debían revisarlos antes de presentarlos.

Miré nuevamente a Guyane.

Seguía sin responder a la única pregunta que realmente importaba.

—Entonces dime la verdad.

¿Nuestro hijo está vivo?

Él levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban completamente enrojecidos.

—No lo sé.

Fue una respuesta tan simple como devastadora.

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces mi teléfono vibró.

Un correo electrónico acababa de entrar.

El remitente era un hospital cuyo nombre no reconocía.

El asunto decía únicamente:

“Expediente neonatal – Solicitud de reapertura.”

Abrí el mensaje con las manos temblando.

Solo había una línea escrita.

“Si desea conocer toda la verdad sobre el nacimiento de su hijo, preséntese mañana a las 9:00 con el brazalete de identificación que conservó después del parto.”

Levanté lentamente la vista hacia Guyane.

Él había recibido el mismo correo.

Y por la expresión de su rostro comprendí que, por primera vez en siete años, los dos estábamos a punto de descubrir qué ocurrió realmente aquella noche en el hospital.

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