Verónica sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Negó una y otra vez con la cabeza mientras observaba su nombre escrito en la parte superior de la carta. Su respiración se volvió irregular.
—Eso… eso no puede ser cierto.
Tomás abrió el papel con dedos temblorosos. El local permanecía en un silencio absoluto. Ni siquiera la plancha donde se cocinaban los panqueques parecía hacer ruido.
Comenzó a leer.
—”Si algo sale mal, busca a Verónica. Ella fue quien eligió a Clara. Ella sabía que era joven, que no tenía familia cerca y que necesitaba dinero con desesperación.”
Las palabras cayeron como piedras.
—¡No! —gritó Verónica—. ¡Yo jamás escribiría algo así!
Tomás continuó.
—”Ramiro solo pagó. Verónica fue quien convenció a Clara de aceptar la reunión.”
Todos giraron hacia ella.
Verónica abrió la boca, pero ningún sonido salió.
Ramiro seguía inmóvil, con los ojos clavados en el suelo.
—Habla de una vez —ordenó Tomás.
Verónica rompió a llorar.
—Sí… conocí a Clara.
El murmullo de los clientes llenó el pequeño restaurante.
—Pero no sabía que iba a desaparecer. Lo juro por la vida de mi madre.
Tomás dio un paso hacia ella.
—Entonces cuéntalo todo.
Verónica respiró hondo.
Tres meses atrás había conocido a Clara en el mercado. La joven buscaba trabajo desesperadamente para pagar el tratamiento médico de su padre.
Ese mismo día Ramiro le había pedido un favor.
—Solo preséntamela —le dijo entonces—. Un empresario necesita una asistente para cuidar a su madre enferma. Pagará muy bien.
Verónica nunca sospechó nada.
Organizó el encuentro en una cafetería cercana.
Clara llegó ilusionada.
Llevaba un vestido azul sencillo, una carpeta con documentos y una sonrisa nerviosa.
Ramiro apareció acompañado de un hombre elegante que nunca dijo su verdadero nombre.
Después de saludarlos, Verónica recibió una llamada urgente de su trabajo y tuvo que marcharse.
Fue la última vez que vio a Clara.
Tomás cerró los ojos con fuerza.
—¿Y nunca te preguntaste por qué dejó de contestar?
Las lágrimas corrían por el rostro de Verónica.
—Ramiro me dijo que había conseguido empleo en otra ciudad. Incluso me enseñó mensajes desde su teléfono.
Todos miraron a Ramiro.
Él levantó lentamente la cabeza.
—Esos mensajes… los escribí yo.
El restaurante entero quedó helado.
Tomás respiró con dificultad.
—¿Entonces mentiste durante tres meses?
Ramiro asintió.
—Porque pensé que nunca volverían a buscarme.
Verónica retrocedió horrorizada.
—¿Quién era ese hombre?
Ramiro tardó varios segundos en responder.
—No sé su nombre real.
—¡No mientas!
—Solo lo conocía como Elías.
Tomás frunció el ceño.
—¿Y qué quería de mi hermana?
Ramiro comenzó a llorar.
Era la primera vez que alguien lo veía derrumbarse.
—Me ofreció cincuenta mil pesos por conseguirle una mujer sin familia poderosa… una mujer que aceptara reunirse con él por trabajo.
El aire desapareció del lugar.
Verónica llevó una mano a la boca.
—¿La vendiste?
Ramiro cerró los ojos.
—No… eso creía.
Su voz se quebró.
—Pensé que era un empleo doméstico. Cuando descubrí que Clara había desaparecido, quise denunciarlo… pero él me encontró primero.
Tomás dio otro paso.
—¿Qué te hizo?
Ramiro levantó lentamente la camisa.
Todo su abdomen estaba cubierto de cicatrices antiguas.
Varias personas soltaron un grito.
—Me golpearon para que guardara silencio. Dijeron que si hablaba… la siguiente desaparecería sería Verónica.
Ella comenzó a temblar.
—¿Por eso nunca me contaste nada?
—Intenté hacerlo muchas veces.
Sacó un pequeño cuaderno del bolsillo interior de su chaqueta.
—La segunda carta no era para Tomás.
Todos lo miraron confundidos.
Ramiro negó con la cabeza.
—Yo cambié los sobres esta mañana.
Tomás abrió los ojos.
—¿Qué?

—La carta que acabas de leer era una copia.
Metió la mano en el cuaderno y sacó otro sobre mucho más pequeño.
El papel estaba doblado con extremo cuidado.
—Esta era la verdadera segunda carta.
Verónica la tomó con las manos temblorosas.
En la primera línea podía leerse una frase escrita con tinta azul.
“Si estás leyendo esto… significa que Clara sigue viva.”
El restaurante entero contuvo la respiración.
Y, por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, la esperanza volvió a reflejarse en los ojos de Tomás.