PARTE 2: LA SEGUNDA CARTA

Me senté frente al viejo escritorio de Elena con las manos temblando.

La carta estaba escrita con su letra firme.

Había varias hojas cuidadosamente dobladas.

Seguí leyendo.

“Aurelio, si Verónica apareció sonriendo apenas supo de la herencia, no abras la puerta de inmediato. Primero déjala hablar. Quiero que escuches hasta dónde es capaz de llegar cuando cree que ya ganó.”

Sentí un escalofrío.

Era exactamente lo que había ocurrido.

Continué.

“Durante los últimos tres años, vino a visitarme cuatro veces. Nunca preguntó cómo estaba mi corazón, pero sí cuánto valía el terreno, si pensaba vender el restaurante y si ya había hecho mi testamento.”

Apreté la carta con fuerza.

Elena siempre fingía que aquellas preguntas no le molestaban.

Ahora comprendía que las había recordado todas.

Dentro del sobre apareció una memoria USB.

Pegada con cinta había una nota.

“Entrégasela únicamente a la notaria Carolina.”

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era Carolina.

—Don Aurelio, necesito verlo hoy mismo.

—Acabo de encontrar la carta.

Guardó silencio unos segundos.

—¿También encontró la memoria?

Miré el pequeño dispositivo.

—Sí.

—No la conecte a ningún computador.

Tráigamela personalmente.

Dos horas después llegué a la notaría.

Carolina cerró la puerta de su despacho.

Conectó la memoria.

Aparecieron varios videos.

El primero mostraba a Elena sentada exactamente en aquella misma oficina.

Miraba directamente a la cámara.

—Si están viendo esto, significa que ya fallecí.

Respiró hondo.

—Y también significa que Verónica ya intentó quedarse con la casa.

Sentí un nudo en la garganta.

Elena continuó.

—Durante los últimos años, grabé todas nuestras conversaciones.

La pantalla cambió.

Apareció Verónica.

Era una grabación de meses atrás.

—Tía Elena, lo mejor sería vender.

Mi papá no podrá mantener semejante propiedad.

Además, con ese dinero nosotros podríamos invertir en unos departamentos.

Después apareció Mauricio.

—Don Aurelio terminará viviendo en un asilo tarde o temprano.

Es mejor resolver esto desde ahora.

Escuché aquellas palabras sin poder moverme.

Luego apareció otra grabación.

Mi propia hija reía mientras señalaba un plano del terreno.

—La casa principal vale muchísimo.

Si convencemos a papá de quedarse en el cuarto de las lanchas, poco a poco dejará de sentirse dueño.

Cuando quiera reaccionar, nosotros ya administraremos todo.

Carolina pausó el video.

—Su hermana me entregó estas grabaciones hace casi un año.

—¿Por qué?

Abrió una carpeta.

Dentro había otra escritura.

Muy distinta a la que yo conocía.

—Porque la herencia nunca consistió solamente en la casa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué más dejó Elena?

Carolina deslizó lentamente el documento hacia mí.

—El restaurante, las lanchas y las ocho hectáreas aparecen a su nombre.

Pero existe otra propiedad que nadie conoce.

Una antigua reserva forestal junto al lago.

Treinta y dos hectáreas.

Valor aproximado…

Más de ciento veinte millones de pesos.

Me quedé completamente inmóvil.

—Elena nunca habló de eso.

—Precisamente.

No quería que Verónica la descubriera.

Carolina respiró profundamente antes de añadir:

—Y hay una condición muy específica para conservar toda la herencia.

—¿Cuál?

Abrió la última hoja del testamento.

Leí lentamente la cláusula escrita por mi hermana.

“Si mi sobrina Verónica, su esposo o cualquier persona actuando en su nombre intenta presionar, engañar o manipular a Aurelio para obtener esta herencia, perderán de forma irrevocable cualquier posibilidad de recibir un solo peso de mi patrimonio.”

En ese instante llamaron a la puerta.

La secretaria asomó la cabeza.

—Licenciada…

La señora Verónica Méndez está aquí.

Dice que viene acompañada de un agente inmobiliario.

Y asegura que hoy mismo firmarán la venta de una parte del terreno porque, según ella…

Ya tiene autorización de su padre.

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