Larkin se detuvo frente a mí.
Sus ojos recorrieron mi vestido, mi cabello y finalmente mi rostro.
—Señorita Woods.
—Señor Steves.
Thomas apareció detrás de él riéndose.
—¿Penelope?
Parecía sinceramente ofendido.
—¿Qué demonios te pasó?
Tomé una copa de champán de la bandeja de un camarero.
—Me cambié de ropa.
Thomas soltó una carcajada.
Larkin no.
—Ven conmigo.
—¿Eso es una orden?
Sus ojos se estrecharon.
—Una recomendación.
Lo seguí hasta un extremo del salón.
—¿Sabes quiénes están aquí esta noche? —preguntó.
—Sí.
—Entonces deja de llamar la atención.
Casi sonreí.
Tres años vistiendo gris.
Tres años bajando la mirada.
Y todavía no lo entendía.
Yo no había intentado parecer insignificante porque tuviera miedo de aquellos hombres.
Lo había hecho porque algunos podían reconocerme.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
—Penelope Woods.
Mi espalda se tensó.
Larkin lo notó.
Un hombre de cabello plateado se acercó acompañado por cuatro guardaespaldas.
Viktor Saranov.
Había visto su nombre cientos de veces en las cuentas de Larkin.
Pero nunca personalmente.
Viktor tomó mi mano.
—Pensé que habías muerto.
Thomas dejó de sonreír.
Larkin me miró.
—¿Lo conoces?
Retiré lentamente la mano.
—Hace mucho tiempo.
Viktor rio.
—¿Eso es lo que les has contado?
No respondí.
—Interesante.
Luego miró a Larkin.
—¿Sabes quién trabaja para ti?
—Mi secretaria.
Viktor volvió a reír.
Esta vez varias personas cercanas se giraron.
—No, muchacho.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Ella es la razón por la que tu padre pasó sus últimos seis meses mirando debajo de cada coche antes de subir.
El rostro de Larkin cambió.
—Explícate.
—Pregúntaselo a ella.
Sentí que todas las miradas caían sobre mí.
Había llegado el momento que llevaba tres años evitando.
—Mi apellido no siempre fue Woods.
Thomas frunció el ceño.
—¿Entonces cuál era?
—Moretti.
El silencio fue inmediato.
Incluso Thomas conocía aquel nombre.
Los Moretti habían controlado media costa este antes de desaparecer tras una guerra interna doce años atrás.
Larkin dio un paso hacia mí.
—¿Eres una Moretti?
—Era.
—¿Quién era tu padre?
No contesté.
Viktor lo hizo.
—Alessandro Moretti.
Thomas palideció.
Pero Larkin continuó mirándome.
—Eso no tiene sentido. Alessandro no tenía hijas.
—Oficialmente.
Tomé otro sorbo.
—Por eso sigo viva.
Larkin me agarró suavemente del brazo y me condujo hacia una sala privada.
Thomas nos siguió.
—¿Entraste en mi empresa usando una identidad falsa?
—No.
Saqué mi permiso de conducir.
—Penelope Woods es mi nombre legal.
—¿Entonces por qué llevas tres años trabajando como secretaria?
Aquella era la pregunta correcta.
Abrí mi pequeño bolso.
Saqué una memoria USB.
La coloqué sobre la mesa.
—Porque alguien de tu organización lleva años robándote.
Thomas soltó una risa.
—Qué conveniente.
—Cuarenta y siete millones en tres años.
La risa desapareció.
Larkin no tocó la memoria.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy yo quien equilibra tus cuentas.
—Eres secretaria.
—Tengo un máster en contabilidad forense.
Thomas me miró como si acabara de hablar otro idioma.
Larkin permaneció inmóvil.
—¿Quién está robando?
Antes de responder, las luces del salón se apagaron.
Se escucharon gritos.
Después, dos disparos.
Larkin me empujó contra la pared.
Pero yo ya tenía la mano debajo del vestido.
Saqué una pequeña pistola del soporte sujeto a mi muslo.
Thomas abrió los ojos.
—¿También enseñan eso en contabilidad?
—No.
Cuando volvieron las luces, Viktor estaba en el suelo.
Herido.
Y las puertas del hotel habían sido bloqueadas.
Un hombre apareció en el escenario.
Lo reconocí inmediatamente.
Habían pasado doce años.
Pero jamás olvidaría aquella cara.
Larkin miró primero al hombre.
Luego a mí.
—Penelope…
—Lo sé.
Mi voz salió apenas audible.
Porque aquel hombre debía estar muerto.
Era Matteo Moretti.
Mi hermano mayor.
El mismo hombre que había ordenado mi ejecución cuando yo tenía dieciséis años.
Matteo tomó el micrófono.
—Buenas noches.
Sus ojos encontraron los míos entre cientos de personas.
Sonrió.
—Hermanita.
Larkin se volvió hacia mí.
Pero Matteo aún no había terminado.
—Llevo tres años buscándote.
Levantó una carpeta negra.
—Y quiero darte las gracias por hacer exactamente lo que necesitaba.
Mi estómago se hundió.
Matteo miró a Larkin.
—Porque mientras Penelope creía que estaba investigando quién te robaba cuarenta y siete millones…
Hizo una pausa.
—En realidad estaba transfiriéndolos para mí.
