Luca giró lentamente la cabeza.
—AB negativo.
La enfermera Hannah abrió los ojos.
—¿Está seguro?
—Lo sé desde que tenía dieciocho años.
Ella miró hacia el quirófano.
—Tenemos una paciente de diecisiete años que necesita exactamente ese tipo de sangre. Ahora.
Luca no preguntó quién era.
Se quitó el abrigo.
—Lléveme donde tenga que ir.
Marco dio un paso adelante.
—Jefe, no sabemos quién—
—He dicho que me lleven.
Veinte minutos después, Luca estaba sentado en una sala de donantes.
Mientras la sangre pasaba hacia una bolsa, miró fijamente el techo.
No sabía por qué había aceptado tan rápido.
Quizá porque, durante años, había visto morir a demasiadas personas mientras otros calculaban cuánto valía salvarlas.
Cuando terminó, Hannah regresó corriendo.
—La cirugía continúa.
—¿Vivirá?
—Ahora tiene una oportunidad.
Luca asintió.
—Entonces eso es suficiente.
Se levantó y salió.
No volvió a pensar en la muchacha.
Hasta tres días después.
Marco entró en su despacho con una carpeta sellada.
No habló inmediatamente.
Luca levantó la vista.
—¿Qué ocurrió?
—El hospital hizo una prueba de ADN.
Luca frunció el ceño.
—¿Por qué?
Marco dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Porque la chica no tiene información completa sobre su padre biológico. Durante la cirugía encontraron algo que hizo que los médicos solicitaran una prueba de filiación.
Luca abrió el sobre.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Su expresión cambió.
—No.
Marco permaneció inmóvil.
—¿Qué dice?
Luca volvió a mirar el resultado.
99,98 % de probabilidad de parentesco.
Padre biológico: Luca Mancini.
La habitación quedó en silencio.
—Eso es imposible.
Marco tragó saliva.
—También revisamos los registros antiguos.
Luca levantó la cabeza.
—¿Qué registros?
—Hace dieciocho años, usted estuvo comprometido con Isabella Vásquez.
El nombre cayó como una piedra.
Isabella.
La única mujer a la que Luca había amado antes de convertirse en el hombre que todos temían.
Ella desapareció seis meses después de decirle que estaba embarazada.
Luca siempre creyó que había perdido al bebé.
—Isabella murió hace seis años —continuó Marco—. Pero dejó una declaración legal.
Luca apretó la carpeta.
—¿Dónde está Elena?
—En recuperación.
—Llévame con ella.
Cuando entró en la habitación, Elena estaba despierta.
Era mucho más pequeña de lo que Luca había imaginado.
Lo observó durante varios segundos.
—¿Usted es Luca Mancini?
Él asintió.
—Sí.
Elena miró sus manos.
Después su rostro.
—Mi madre tenía una fotografía suya.
Luca sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Sabías quién era?
—No.
Ella respiró lentamente.
—Mi madre decía que mi padre había muerto.
Luca se acercó a la cama.
—Yo creía que ustedes habían muerto.
Elena frunció el ceño.
—¿Ustedes?
Luca abrió la boca.
No respondió.
Porque en ese momento Marco apareció en la puerta.
Su rostro había perdido todo color.
—Luca.
—¿Qué?
Marco miró a Elena.
Después cerró la puerta.
—Alguien acaba de entrar al sistema del hospital.
Luca se puso rígido.
—¿Qué buscaron?
Marco dejó el teléfono sobre la mesa.
Había una única consulta.
El expediente de Elena Vásquez.
Y debajo aparecía una segunda búsqueda realizada apenas once minutos después.
El nombre de Luca Mancini.
Elena miró a ambos hombres.
—¿Qué significa eso?
Luca tomó el teléfono.
Por primera vez en muchos años, el miedo no estaba relacionado con su propia vida.
Era por la vida de una niña que acababa de descubrir que era su hija.
—Significa que alguien ya sabe quién eres.
En ese instante, las luces del pasillo se apagaron.
Un segundo después, el monitor de Elena emitió una alarma.
Y desde el otro lado de la puerta se escucharon tres golpes.
Luca se colocó inmediatamente delante de la cama.
Marco sacó su teléfono.
Entonces una voz masculina habló desde el pasillo:
—Mancini.

Luca reconoció la voz.
Era el hombre que había intentado matarlo tres noches antes.
—Ahora que encontraste a tu hija —dijo la voz—, podemos hablar de lo que realmente vinimos a buscar.