PARTE 2: LA SANGRE EN LA MONTAÑA

—¡Encuéntrenla!

El rugido de Dante retumbó entre los pinos cubiertos por la niebla.

Por primera vez en muchos años, los hombres que trabajaban para la familia Moretti vieron a su jefe perder el control.

—¡Quiero drones, perros, helicópteros y cada hombre armado que tengamos! ¡Cierren todas las carreteras!

Nadie respondió.

Simplemente corrieron.

Sabían que aquella voz no admitía un segundo de retraso.

Sofía permanecía a unos metros, abrazándose los hombros por el frío.

—Dante…

Él ni siquiera volteó a verla.

Seguía marcando mi número una y otra vez.

Apagado.

Inalcanzable.

Cada llamada era otro golpe contra una realidad que apenas empezaba a comprender.

No había sido una escena de celos.

No había sido un capricho.

Yo realmente había estado suplicando por mi vida.

Y él había colgado.


Tres horas después, el convoy llegó a una vieja cabaña escondida entre las montañas.

La puerta estaba abierta.

Las ventanas destrozadas.

Las cuerdas seguían atadas a una silla de madera.

Dante entró como un hombre desesperado.

—¡Elena!

Solo respondió el viento.

Uno de los guardaespaldas se agachó junto al suelo.

—Señor…

Le mostró una manta rasgada.

Era la manta azul que Dante me había comprado cuando supo que estaba embarazada.

Todavía recordaba haber dicho riendo:

—Nuestro hijo la va a destruir antes de cumplir un año.

Él la había besado entonces.

Ahora la sostenía con manos temblorosas.

Un segundo hombre apareció desde la habitación del fondo.

—Encontramos esto.

Era una pequeña cadena de oro.

Mi cadena.

La que llevaba desde los dieciséis años.

Dante la reconoció al instante.

Su respiración comenzó a romperse.


—¡Aquí hay algo!

El grito llegó desde el exterior.

Todos corrieron montaña abajo.

Entre unas rocas había manchas oscuras.

Uno de los hombres se arrodilló.

Tocó el suelo con los dedos.

Levantó la mano lentamente.

Sangre.

Todavía fresca.

El mundo pareció detenerse.

Dante cayó de rodillas frente a aquellas manchas.

No necesitó que nadie confirmara de quién eran.

Las conocía.

Porque yo había sangrado durante el embarazo unas semanas antes.

Y recordaba perfectamente el tono oscuro que había quedado sobre la toalla del hospital.

Aquella misma tonalidad estaba ahora sobre la tierra húmeda.

Su pecho empezó a subir y bajar con violencia.

—No…

Era la primera palabra que pronunciaba sin autoridad.

Sin orgullo.

Sin máscara.

Solo un hombre roto.


Uno de los rastreadores encontró otra señal.

Huellas.

Varias personas habían abandonado la cabaña durante la madrugada.

Entre ellas…

Unas pisadas mucho más pequeñas.

Descalzas.

Con marcas irregulares.

Como si alguien hubiera sido obligado a caminar mientras apenas podía mantenerse en pie.

Dante observó aquellas huellas durante varios segundos.

Después descubrió algo que terminó de destrozarlo.

Las pisadas se detenían de repente.

Y desde ese punto…

Solo quedaban huellas masculinas.

Alguien me había cargado.

O peor.

Habían arrastrado mi cuerpo.

El comandante del operativo habló con cautela.

—No podemos sacar conclusiones todavía.

Pero Dante ya no escuchaba.

En su cabeza solo resonaban mis últimas palabras.

“Solo una vez tenías que elegirme a mí.”


Sofía se acercó lentamente.

—Dante…

Intentó tomarle la mano.

Él la apartó de inmediato.

Fue un gesto pequeño.

Pero suficiente para que todos lo notaran.

Ella retrocedió sorprendida.

Nunca antes la había rechazado.

—No fue culpa mía…

susurró.

Dante levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban completamente enrojecidos.

—Cuando ella llamó…

Su voz sonaba irreconocible.

—…me estaba diciendo la verdad.

Sofía permaneció inmóvil.

Él continuó hablando, casi para sí mismo.

—Me pidió ayuda.

Me dijo que iba a morir.

Y yo…

Cerró los ojos con fuerza.

—Yo pensé que solo quería castigarme por descubrirte.

Aquella confesión cayó como una losa sobre todos los presentes.

Nadie se atrevió a hablar.

Porque el hombre más temido de Chicago acababa de admitir, delante de todos, que había condenado a su propia esposa por no creer en ella.


En ese mismo instante, uno de los teléfonos satelitales comenzó a sonar.

Era Marco, el jefe de inteligencia de los Moretti.

—Señor…

—Habla.

—Encontramos algo sobre Víctor Salazar.

Dante apretó el aparato.

—¿Dónde está?

—Eso no es lo importante.

Hay otra cosa.

Mucho peor.

Hubo unos segundos de silencio.

Después Marco habló despacio.

—Todo indica que el secuestro nunca tuvo como objetivo el terreno.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

La respuesta llegó como un disparo.

—Creemos que alguien dentro de su propia organización informó exactamente cuándo la señora Elena estaría sola…

Dante sintió que el corazón dejaba de latir.

Porque muy pocas personas conocían todos mis movimientos.

Y una de ellas…

Había subido aquella montaña junto a él.

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