PARTE 2: LA REUNIÓN QUE LO DEJÓ SIN RESPIRACIÓN

Tres días después me dieron el alta.

No regresé a la mansión Kingsley.

Tampoco llevé conmigo una sola joya, un bolso de diseñador o un vestido que Sebastian hubiera comprado.

Salí del hospital con una maleta pequeña.

Dentro solo había ropa sencilla, una fotografía de la ecografía de mi bebé y los documentos que acreditaban que, desde ese momento, volvía a llamarme legalmente Emily Hart.

Edward Kingsley apareció junto al automóvil.

—¿No quieres que te lleve a casa?

Lo miré con serenidad.

—Ya no tengo una casa allí.

El anciano bajó la cabeza.

—Emily… algún día Sebastian entenderá lo que perdió.

Negué lentamente.

—Cuando lo entienda, ya no importará.

Subí al vehículo.

Mientras nos alejábamos, observé por última vez el hospital donde había perdido a mi hijo.

También era el lugar donde había enterrado mi antiguo nombre.

Aquella misma mañana, Sebastian entró al edificio principal de Kingsley Capital.

Los directivos ya lo esperaban.

Su empresa atravesaba la peor crisis financiera de la última década.

El megaproyecto energético que debía rescatar al grupo estaba a punto de fracasar por falta de liquidez.

Sebastian golpeó la mesa.

—Hoy cerraremos el acuerdo con Hart Global.

El director financiero asintió.

—Si conseguimos esa inversión, evitaremos el colapso.

Sebastian sonrió con confianza.

—Nunca rechazan una oportunidad rentable.

Nadie respondió.

Todos conocían la fama de Hart Global.

La empresa rara vez aceptaba reuniones presenciales.

Mucho menos con tan poca anticipación.

A las diez en punto se abrieron las puertas de la sala de juntas.

Entraron primero cuatro abogados.

Después dos directores financieros.

Finalmente apareció una mujer vestida con un traje gris oscuro.

Tacones bajos.

Cabello recogido.

Sin una sola joya.

Sebastian apenas levantó la vista.

Estaba revisando unos informes.

El presidente del consejo se puso de pie inmediatamente.

—Bienvenida, señorita Hart.

Sebastian sintió un extraño escalofrío.

Aquella voz…

Le resultaba demasiado conocida.

La mujer dejó una carpeta sobre la mesa.

Después levantó lentamente la mirada.

Todo el color desapareció del rostro de Sebastian.

—Emily…

La sala quedó completamente en silencio.

Ninguno de los ejecutivos entendía aquella reacción.

Yo sostuve su mirada con absoluta calma.

—Buenos días, señor Kingsley.

Él permanecía inmóvil.

—¿Qué… qué haces aquí?

El presidente del consejo respondió antes que yo.

—¿No lo sabía?

La señorita Emily Hart es la accionista mayoritaria de Hart Global Holdings y presidenta ejecutiva interina desde esta mañana.

Sebastian dejó caer la pluma.

No podía apartar los ojos de mí.

—Eso es imposible…

Deslicé una carpeta hacia él.

—Puede comprobarlo.

Dentro estaban mis credenciales.

Los registros mercantiles.

Y el nombramiento firmado por la junta directiva.

Todo era auténtico.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Durante dos años había creído que yo era simplemente una esposa que abandonó su carrera por amor.

Nunca imaginó que aquella “carrera” significaba dirigir el grupo empresarial cuya inversión necesitaba desesperadamente para salvar su imperio.

El director financiero de Kingsley rompió el silencio.

—Señorita Hart…

¿Podemos comenzar la negociación?

Lo miré unos segundos.

Después cerré lentamente la carpeta.

—No habrá negociación.

Sebastian dio un paso hacia mí.

—Emily…

Escúchame.

Levanté una mano.

—Las reuniones de negocios no son el lugar para asuntos personales.

Él tragó saliva.

—Nuestra empresa necesita este acuerdo.

—Lo sé.

—Miles de empleados dependen de él.

Asentí.

—También lo sé.

Toda la sala esperaba mi respuesta.

Respiré profundamente.

—Hart Global decidió retirar definitivamente su propuesta de inversión.

Un murmullo recorrió la sala.

El rostro de Sebastian se volvió completamente blanco.

—¿Por qué?

Lo miré fijamente.

—Porque nuestra empresa no hace negocios con personas que consideran reemplazables a sus propios hijos.

Nadie dijo una sola palabra.

Los directivos intercambiaron miradas confundidas.

Solo Sebastian entendía exactamente a qué me refería.

Me levanté para marcharme.

Pero antes de salir, el secretario del consejo entró apresuradamente con un sobre urgente.

—Señor Kingsley…

Acaba de llegar esto del tribunal.

Sebastian lo abrió distraídamente.

Bastaron dos líneas para que sus manos comenzaran a temblar.

Era la demanda de divorcio.

Pero había un documento adicional.

Una solicitud judicial para incorporar como prueba las grabaciones de seguridad de la mansión y los informes médicos del hospital.

En la última página aparecía una lista de testigos.

El primer nombre era el de Edward Kingsley.

Y el segundo hizo que Sebastian dejara caer todos los documentos al suelo.

Evelyn Carter.

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