PARTE 2: LA REUNIÓN QUE CAMBIÓ TODO

Sonreí al leer el mensaje.

No le respondí.

Guardé el teléfono en el bolso y crucé las puertas de cristal de la empresa con la cabeza en alto.

Las conversaciones se apagaron en cuanto me vieron entrar.

Algunos fingieron trabajar.

Otros apartaron la vista.

Todos habían visto la publicación.

El ascensor se abrió en el piso ejecutivo.

Valeria estaba junto a la recepción.

Al verme vestida de negro, perdió la sonrisa.

—Clari… podemos hablar…

Seguí caminando.

—No tengo nada que hablar contigo.

Intentó sujetarme del brazo.

Me aparté con calma.

—No me toques.

En ese momento apareció Daniel.

Todavía llevaba la misma ropa del día anterior. Tenía el rostro cansado y los ojos enrojecidos.

—Borra esa publicación ahora mismo.

Lo miré durante unos segundos.

—¿Por qué?

—Porque estás destruyendo mi reputación.

Solté una pequeña risa.

—Curioso. Yo pensaba que la reputación la destruyen las acciones, no las fotografías.

Su mandíbula se tensó.

—Fue una maldita foto.

—Exacto. Una foto que ustedes mismos tomaron.

No supo qué responder.

Las puertas de la sala de juntas se abrieron.

El director general salió acompañado por varios ejecutivos.

—Clara, justamente te estábamos esperando.

Daniel frunció el ceño.

—¿Esperándola para qué?

El director lo miró con extrañeza.

—¿No lo sabías?

Daniel negó lentamente.

El hombre continuó.

—Hoy Clara presentará el informe final de la auditoría tecnológica.

Vi cómo el color abandonaba el rostro de Daniel.

Durante meses había insistido en que mi trabajo era “solo revisar computadoras”.

Nunca se interesó por saber qué hacía realmente.

Entramos a la sala.

Encendí mi computadora.

La pantalla mostró el título del proyecto.

Auditoría Integral de Seguridad y Cumplimiento.

Valeria empezó a respirar con dificultad.

Ella conocía ese nombre.

Porque meses atrás me había pedido acceso “temporal” a varios servidores.

Acceso que quedó registrado automáticamente.

Comencé la presentación con absoluta tranquilidad.

—Durante los últimos seis meses analizamos movimientos internos, accesos a información confidencial y uso de recursos corporativos.

La sala permanecía en silencio.

Pasé a la siguiente diapositiva.

Aparecieron decenas de registros.

Fechas.

Horas.

Usuarios.

Dispositivos.

No mencioné a Daniel.

No mencioné a Valeria.

Todavía.

El director intervino.

—¿Pudiste identificar el origen de las filtraciones?

Asentí.

—Sí.

Otro clic.

En la pantalla aparecieron dos nombres.

Daniel Reed.

Valeria Collins.

Nadie habló.

Daniel se puso de pie de golpe.

—¡Eso es absurdo!

—Todos los registros están respaldados por los servidores de la empresa —respondí sin alterar la voz—. No pueden modificarse ni eliminarse.

Valeria comenzó a llorar.

—Yo… yo solo seguía instrucciones…

Daniel giró hacia ella.

—¡Cállate!

Ella dio un paso atrás.

Por primera vez desde que comenzó todo, entendió que él estaba dispuesto a dejarla sola para salvarse.

El director general cerró lentamente la carpeta que tenía frente a él.

—Señor Reed, señora Collins, a partir de este momento quedan suspendidos de sus funciones mientras concluye la investigación disciplinaria.

Daniel me miró con una mezcla de rabia e incredulidad.

—¿Todo esto lo preparaste tú?

Lo sostuve la mirada.

—No.

Hice una breve pausa.

—Ustedes lo prepararon cada vez que pensaron que nadie estaba mirando.

Dos agentes de seguridad aparecieron en la puerta.

La sala seguía completamente en silencio.

Daniel comprendió entonces que la fotografía enviada “por error” había sido el inicio de su caída.

Pero todavía ignoraba una verdad mucho más devastadora.

Mientras él intentaba salvar su empleo, mi abogado ya estaba esperando en el juzgado con una demanda civil que incluía todas las pruebas de la relación, del uso indebido de recursos de la empresa y de los daños económicos ocasionados durante los últimos tres años.

Y esa demanda iba a convertir un simple escándalo sentimental en el mayor error de toda su vida.

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