PARTE 2: LA REUNIÓN.

Marisol condujo el automóvil hasta el Hotel Reforma poco antes de las siete de la noche. No estacionó en la entrada principal, sino en el acceso de proveedores, donde Alejandro podía entrar sin llamar la atención.

—La reunión es en el salón privado del tercer piso —susurró ella mientras le colocaba un pequeño audífono inalámbrico—. Ya hablé con un mesero de confianza. Nadie sospechará.

Alejandro asintió.

Durante diez meses había vivido entre sombras. Pero aquella noche comprendió que, aunque sus ojos hubieran dejado de verlo todo, sus oídos jamás habían estado tan despiertos.

El mesero los condujo hasta un cuarto de servicio contiguo al salón.

Una pared de madera los separaba de la reunión.

Las voces se escuchaban con claridad.

Primero habló Esteban.

—Mañana, a las nueve, el consejo votará la incapacidad permanente de Alejandro. Con el informe médico y el poder notarial que firmó Verónica, nadie podrá impedirlo.

Se escucharon varias risas.

Después habló Verónica.

—Ni siquiera sospecha de mí. Sigue creyendo que soy la esposa perfecta.

Otra voz preguntó:

—¿Y si algún médico encuentra lo que le estás dando?

—Imposible. El compuesto desaparece del organismo en pocas horas. Además, él bebe todas las noches lo que yo le preparo.

Alejandro sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Marisol le sujetó discretamente el brazo para impedir que entrara.

Entonces Esteban añadió algo que ninguno de los dos esperaba.

—Cuando vendamos la empresa, nos iremos a Madrid. Dejaremos a Alejandro en una residencia para ciegos. Legalmente nadie podrá acusarnos de abandono.

Verónica soltó una carcajada.

—Siempre dijo que yo era el amor de su vida.

—Y al final terminará agradeciéndome que le cambie los pañales.

Las carcajadas llenaron el salón.

Alejandro cerró los puños con tanta fuerza que el bastón crujió entre sus manos.

Pero no salió.

No todavía.

Porque quería escuchar toda la verdad.

Uno de los abogados presentes preguntó:

—¿Qué harán con la investigación del accidente de hace diez meses?

El ambiente cambió.

Esteban respondió con voz baja.

—El accidente fue perfecto. El camión nunca apareció y el conductor recibió suficiente dinero para desaparecer.

Alejandro dejó de respirar.

¿Accidente?

—¿Y si Alejandro recupera la memoria de aquella noche? —preguntó otro socio.

Verónica respondió sin vacilar.

—No la recuperará. Jamás recordará que los frenos ya estaban manipulados antes de salir de casa.

El silencio cayó sobre Alejandro como un edificio derrumbándose.

No había perdido la vista por un accidente.

Habían provocado el accidente.

Y durante diez meses lo habían estado envenenando para asegurarse de que nunca pudiera descubrirlo.

Marisol sintió cómo él temblaba.

—Señor…

Alejandro levantó lentamente una mano.

—Graba absolutamente todo.

Ella comprobó el pequeño dispositivo escondido bajo su uniforme.

La luz verde seguía encendida.

Cada palabra.

Cada confesión.

Cada risa.

Todo estaba quedando registrado.

En ese instante, el teléfono de Verónica sonó.

Ella respondió sonriendo.

—¿Sí?

Al otro lado de la línea, una voz nerviosa dijo:

—Señora… hay un problema.

—¿Qué pasó?

—El laboratorio privado acaba de llamar.

La sonrisa desapareció del rostro de Verónica.

—¿Qué laboratorio?

—El que analizó la bebida del señor Montalvo.

El vaso cayó de su mano y se hizo añicos sobre el piso.

—¡¿Quién envió una muestra?!

Mientras todos se levantaban alarmados, Alejandro comprendió que la anciana del parque no solo le había salvado la vista.

Le había salvado la vida.

Y el informe que acababa de salir del laboratorio estaba a punto de destruir a todos los que habían conspirado para enterrarlo en vida.

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