Valeria no fue a un hospital privado.
Llevó primero a Lucía con el odontopediatra de mayor prestigio de la ciudad. Mientras la pequeña era atendida, permaneció sentada sin pronunciar una sola palabra. Solo observaba la bolsita transparente donde el médico había colocado los dos dientes de leche que Renata había arrancado de un golpe.
—Los dientes definitivos saldrán bien —explicó el doctor con delicadeza—. Pero el golpe fue muy fuerte. Tendremos que vigilar la mandíbula.
Lucía levantó la vista.
—¿Mami… hice algo malo?
Valeria sintió que el pecho se le rompía.
—No, mi amor. Los malos fueron ellos.
Besó su frente.
—Y hoy será la última vez que alguien te haga daño.
Su teléfono negro vibró.
—Señora —dijo Arturo—. Don Ernesto ya dio la orden. Los bancos comenzaron a congelar las líneas de financiamiento respaldadas por el Grupo Salazar.
—¿Mauricio ya lo sabe?
—Todavía no. Pero en menos de una hora empezarán las llamadas.
Valeria sonrió por primera vez en años.
—Perfecto.
Mientras tanto, en la mansión Alcázar, Mauricio terminaba de colocarse el esmoquin.
Renata giraba frente al espejo con un vestido plateado cubierto de cristales.
—¿De verdad crees que esa mujer aparecerá en el Gran Imperial? —preguntó entre risas.
Mauricio acomodó su reloj suizo.
—Ni siquiera podrá pasar del primer filtro de seguridad.
Beatriz entró con una copa de champán.
—Esa aprovechada vivió demasiado tiempo de nuestro apellido. Mañana mismo cambiaremos las cerraduras.
En ese instante sonó el teléfono de Mauricio.
—¿Qué pasa?
Su director financiero casi gritaba.
—¡Señor Alcázar! Acaban de suspender tres líneas de crédito.
Mauricio frunció el ceño.
—Habla con otro banco.
—Ya lo hice. También rechazaron la operación.
—¿Por qué?
Hubo un silencio.
—Dicen… que el Grupo Salazar retiró todas las garantías.
Mauricio soltó una carcajada.
—¿Qué tiene que ver esa familia con nosotros?
—Señor… casi el cuarenta por ciento de nuestros préstamos estaban respaldados por ellos desde hace años.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Eso es imposible.
—Acabamos de confirmarlo.
Mauricio colgó de golpe.
Renata lo observó inquieta.
—¿Ocurre algo?
—Nada importante.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió un nudo en el estómago.
A las ocho de la noche, la alfombra roja del Hotel Gran Imperial estaba llena de empresarios, políticos y periodistas.
Los fotógrafos gritaban nombres mientras los invitados descendían de automóviles de lujo.
Mauricio llegó tomado del brazo de Renata.
Las cámaras comenzaron a disparar.
Él sonreía con absoluta seguridad.
—Esta noche anunciaremos nuestra expansión internacional —susurró orgulloso.
No alcanzó a dar tres pasos.
Su teléfono volvió a sonar.
—¿Ahora qué?
Era el presidente del consejo.
—Mauricio… la Fiscalía acaba de solicitar información sobre tres contratos.
Él palideció.
—¿Quién hizo eso?
—No lo sabemos.
La llamada terminó.
Antes de que pudiera reaccionar, otro directivo lo llamó.
Luego otro.
Después otro más.
Cada noticia era peor.
Cuentas congeladas.
Inversionistas retirándose.
Auditorías extraordinarias.
Acciones desplomándose.
Renata empezó a inquietarse.
—Mauricio… todos nos están mirando.
Él levantó la vista.
Los fotógrafos ya no apuntaban hacia ellos.
Todas las cámaras enfocaban la entrada principal.
Una limusina negra acababa de detenerse.
Dos escoltas descendieron primero.
Después abrió la puerta un hombre de cabello completamente blanco.
Los empresarios comenzaron a murmurar.
—Es Ernesto Salazar…
—No puede ser…
—Hace años que no aparece en público.
El magnate caminó unos pasos.
Pero no entró.
Se volvió hacia la limusina.
Y, delante de toda la prensa, extendió respetuosamente la mano.
Una mujer descendió del vehículo con un elegante vestido color marfil.
En un brazo llevaba a una pequeña niña con un delicado vendaje en la boca.
En el otro, sostenía un bolso negro.
Mauricio sintió que las piernas dejaban de responderle.
—Valeria…
Renata abrió mucho los ojos.
—¿Qué… qué hace con Ernesto Salazar?
Los periodistas comenzaron a reconocerla.
—¡Es la hija de Salazar!
—¡La heredera desaparecida!
—¡La presidenta que renunció hace seis años!
Los flashes iluminaron toda la entrada.
Ernesto tomó el micrófono que uno de los organizadores le ofrecía.
—Buenas noches.
Hizo una pausa.
—Permítanme presentar oficialmente a mi única hija… Valeria Salazar.
Toda la explanada estalló en murmullos.
Valeria avanzó sin mirar a Mauricio.
Solo cuando pasó frente a él se detuvo unos segundos.
Él intentó hablar.
—Valeria… yo…
Ella lo interrumpió con una serenidad que resultaba mucho más intimidante que cualquier grito.
—Hace unas horas tu amante golpeó a mi hija hasta hacerla sangrar.
Miró a Renata.
—Y tú la dejaste hacerlo.

Ninguno de los dos encontró palabras.
Valeria acarició el cabello de Lucía.
—Ahora te toca descubrir quién era realmente la mujer de la que te burlaste durante seis años.
En ese momento, varios agentes de la Fiscalía cruzaron la alfombra roja mostrando sus credenciales y caminaron directamente hacia Mauricio Alcázar.