El silencio cayó sobre la sala.
Por primera vez desde que comenzó la audiencia, nadie miraba los expedientes.
Todos miraban a Natalia.
El actuario reaccionó al fin y marcó al 911 con las manos temblando.
—Tenemos una emergencia médica en el Juzgado Familiar… posible evento cardiaco o neurológico.
El juez Ramiro Castañeda permaneció de pie.
—Queda suspendida la audiencia hasta nuevo aviso. Y repito: nadie abandona esta sala.
Andrés dio un paso al frente.
—Su señoría, esto es innecesario. Mi esposa sufre ataques de ansiedad desde hace años. En cuanto vea que no obtiene lo que quiere, se levantará.
El teniente coronel Samuel Aranda ni siquiera levantó la cabeza.
Seguía concentrado en Natalia.
Aflojó con cuidado el cuello de su blusa y volvió a tomarle el pulso.
Su expresión se endureció.
—¿Cuánto tiempo lleva con dolor en el pecho? —preguntó en voz baja.
Natalia apenas logró mover los labios.
—Tres… semanas…
Samuel cerró los ojos un instante.
—¿Y fue al médico?
Ella hizo un leve gesto negativo.
Antes de que pudiera responder, Doña Amparo intervino.
—¡Claro que fue! Siempre está enferma de algo.
Samuel levantó la vista.
—No le pregunté a usted.
La mujer dio un paso atrás, ofendida.
Cinco minutos después, los paramédicos irrumpieron en la sala con una camilla.
Conectaron a Natalia a un monitor portátil.
El pitido irregular llenó el juzgado.
Uno de ellos miró la pantalla y frunció el ceño.
—Doctor…
Samuel observó el monitor apenas unos segundos.
—Trasládenla de inmediato.
—¿Es grave? —preguntó el juez.
—Lo suficiente para no perder un minuto más.
Mientras colocaban a Natalia sobre la camilla, una niña salió corriendo desde la zona donde esperaba con una trabajadora social.
—¡Mamá!
Era Renata.
Se aferró a la mano de Natalia llorando desconsoladamente.
—No te vayas…
Natalia reunió las pocas fuerzas que le quedaban para acariciarle el cabello.
—Estoy aquí…
Siempre voy a volver por ti.
Andrés intentó acercarse.
—Renata, ven conmigo.
La niña escondió el rostro contra el brazo de su madre.
—¡No!
El grito hizo que toda la sala quedara inmóvil.
—No quiero ir contigo.
Quiero a mi mamá.
Doña Amparo abrió mucho los ojos.
—¿Ves lo que hizo? ¡La puso en nuestra contra!
La trabajadora social tomó nota sin decir una palabra.
El juez también observaba la escena.
Con demasiada atención.
Cuando la ambulancia salió del juzgado, Samuel decidió acompañarla.
No conocía a Natalia.
Ni a su familia.
Pero había algo que no dejaba de inquietarlo.
Durante el trayecto revisó rápidamente los análisis que ella llevaba en una carpeta.
Hemoglobina baja.
Presión inestable.
Varios estudios pendientes.
Y una receta que nunca fue surtida.
—¿Por qué no compró este medicamento? —preguntó.
Natalia cerró los ojos.
—No… había dinero.
Samuel frunció el ceño.
—¿No tenía seguro?
Una lágrima rodó por la mejilla de Natalia.
—Mi esposo… canceló mi póliza… hace cuatro meses.
El médico permaneció en silencio.
Miró nuevamente la fecha.
Cuatro meses.
Justo cuando Andrés había presentado la demanda de custodia.
Al llegar al hospital, los estudios comenzaron de inmediato.
Electrocardiograma.
Tomografía.
Análisis de sangre.
Mientras tanto, en el juzgado, el secretario entró apresuradamente al despacho del juez con un sobre.
—Señor juez…
Acaba de llegar esto del hospital privado donde la señora Natalia se atendía antes.
El juez abrió la carpeta.
Lo primero que vio fue una carta de la aseguradora.
“La póliza médica familiar fue cancelada a solicitud del titular, señor Andrés Luján, sin notificación a la beneficiaria.”

Debajo había otro documento.
Una autorización bancaria.
Firmada únicamente por Andrés.
El juez levantó lentamente la vista.
Y por primera vez desde el inicio del proceso…
Empezó a preguntarse si la mujer a la que todos llamaban “inestable” no había estado luchando sola contra algo mucho más peligroso que un divorcio.