Parte 2: LA PULSERA DEL HOSPITAL

Alexander permaneció unos segundos en silencio.

La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que apenas se distinguían las luces de la calle.

Finalmente abrió la guantera.

Sacó una carpeta impermeable.

No parecía preparada aquella misma mañana.

Llevaba tiempo esperando ese momento.

La deslizó lentamente hacia mí.

—Hace tres semanas recibí una llamada.

Abrí la carpeta con manos temblorosas.

Dentro había fotografías, copias de documentos y un análisis genético.

En la primera hoja aparecía una fotografía de Mia jugando en un parque.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Quién tomó esto?

—No fui yo.

—¡Entonces quién!

Alexander respiró hondo.

—Un investigador privado.

Lo miré horrorizada.

Él negó inmediatamente.

—No para seguirla a usted.

Sacó otra fotografía.

Era una imagen de Daniel entrando en una clínica de fertilidad.

La fecha correspondía a ocho meses antes del nacimiento de Mia.

—¿Qué significa esto?

Alexander apoyó ambas manos sobre el volante.

—Mi prometida murió el año pasado.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Antes de morir me confesó algo.

Su voz se volvió más baja.

—Trabajaba para una empresa de seguridad contratada por varios hoteles de lujo en Cancún.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

—La noche de su luna de miel ocurrió un incidente.

Sentí que me faltaba el aire.

—Hubo una investigación interna.

Me entregó otro documento.

Era una copia parcial de un reporte del hotel.

Dos tarjetas maestras habían abierto la habitación 1806 durante aquella madrugada.

Una pertenecía al personal de seguridad.

La otra…

Desaparecía del registro.

Alguien la había borrado.

—Eso es imposible…

—Eso mismo dijo el gerente cuando revisó el sistema años después.

Alexander señaló una línea resaltada.

—Pero los respaldos automáticos conservaron parte de la información.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Entonces vi un nombre.

Daniel Miller.

Retrocedí instintivamente.

—No…

Alexander continuó.

—El registro muestra que su esposo solicitó una tarjeta adicional alegando que usted había perdido la suya.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

Recordé aquella noche.

Daniel insistiendo en servirme una copa tras otra.

Diciéndome que descansara mientras resolvía una llamada importante.

Besándome la frente antes de salir.

Todo parecía regresar de golpe.

—¿Por qué haría algo así?

Alexander bajó la mirada.

—Todavía no lo sabemos.

Sacó la última fotografía.

Era una pulsera de hospital para recién nacidos.

No entendía qué hacía allí.

—¿Qué tiene que ver esto?

—Mire el número.

Observé con atención.

El código coincidía exactamente con el que aparecía en una copia del expediente de nacimiento de Mia.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

Alexander abrió otra hoja.

Era el resultado de un análisis de ADN.

No el que Daniel había mostrado durante el divorcio.

Uno completamente distinto.

—Hace dos semanas recibí una notificación anónima.

Levanté la vista.

—Alguien envió un sobre sin remitente a mi oficina.

Dentro venía un cabello de Mia sujeto con cinta adhesiva.

Y una nota.

Solo decía siete palabras.

“Ella merece saber quién es realmente.”

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Usted hizo esa prueba?

—Sí.

—¿Y?

Alexander permaneció inmóvil.

—El laboratorio encontró una coincidencia genética suficiente para justificar una prueba judicial de paternidad.

El silencio llenó el vehículo.

Yo solo podía escuchar la respiración tranquila de Mia dormida sobre mi pecho.

Alexander la observó con una mezcla de desconcierto y tristeza.

—No vine a quitársela.

Su voz era firme.

—Ni siquiera sé si soy realmente su padre.

Hizo una pausa.

—Vine porque alguien manipuló la vida de los tres.

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Alexander vibró.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

Contestó inmediatamente.

—Habla Grant.

Del otro lado solo se escuchó una frase.

El color desapareció de su rostro.

—¿Está seguro?

Colgó despacio.

Giró hacia mí.

—Acaban de entrar en las oficinas del laboratorio que hizo el ADN de Daniel.

Sentí que el estómago se cerraba.

—¿Qué pasó?

Alexander respondió sin apartar la vista de la carretera.

—Alguien robó únicamente un expediente.

Tragó saliva.

—El de la prueba que decía que Daniel tenía un cero por ciento de probabilidad de ser el padre de Mia.

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