PARTE 2: LA PUERTA QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

No llamé a la policía.

Tampoco a Teresa.

Ni a Julián.

Si Mateo decía la verdad, la peor decisión sería avisar a cualquiera de la familia Del Valle.

Respiré hondo.

—¿Puedes llevarme con él?

El niño me miró unos segundos.

—Sí.

Pero mi abuela dice que no debemos decirle a nadie dónde vivimos.

Saqué una tarjeta de mi cartera.

—No voy a hacerle daño.

Solo necesito verlo.

Mateo asintió.


Conduje detrás de él durante casi cuarenta minutos.

Salimos de Boca del Río.

Tomamos un camino de terracería entre manglares.

Finalmente llegamos a una pequeña casa de madera con techo de lámina.

Una anciana estaba sentada en el porche limpiando pescado.

Cuando me vio bajar del automóvil, se puso de pie inmediatamente.

—Mateo…

¿Quién es la señora?

El niño respondió sin miedo.

—La esposa del Tío Siete.

La mujer dejó caer el cuchillo.

Su rostro perdió el color.

—Usted…

¿Se llama Mariana?

Sentí que las piernas me temblaban.

—Sí.

La anciana cerró los ojos.

—Entonces llegó el día que él siempre temió.

Me invitó a pasar.

La casa era humilde.

Olía a café y a madera húmeda.

Sobre una mesa había medicinas, vendas y un viejo reloj detenido.

Lo reconocí de inmediato.

Era el reloj que me dijeron haber encontrado entre los restos del incendio.

Pero estaba casi completo.

No reducido a un pedazo, como aseguraba el informe oficial.

—¿Dónde está él?

La mujer dudó.

Después señaló una habitación.

—No recuerda muchas cosas.

Hay días en que ni siquiera sabe cómo se llama.

Pero todas las noches dice el mismo nombre.

Mariana.

Empujé lentamente la puerta.

Había un hombre sentado junto a la ventana.

Más delgado.

Con barba.

El cabello salpicado de canas que no tenía tres años antes.

Cuando escuchó mis pasos levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron.

Mi corazón dejó de latir.

Era Sebastián.

No tuve ninguna duda.

La cicatriz junto a la ceja.

La forma de sostener la taza.

La pequeña marca en la mano izquierda donde una vez se cortó reparando un motor.

Todo estaba allí.

Él me observó con desconcierto.

—¿Nos conocemos?

Sentí que el aire desaparecía.

No pude responder.

Solo me acerqué lentamente.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué está llorando?

Saqué de mi bolso el anillo que había conservado durante tres años.

Lo coloqué sobre la mesa.

Sebastián lo miró fijamente.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Llevó una mano a la cabeza.

Cerró los ojos.

Y susurró una sola palabra.

—Mariana…

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro antes incluso de que pudiera entender por qué.

Entonces un fuerte dolor pareció atravesarlo.

Se sujetó la cabeza con ambas manos.

—Agua…

Oscuridad…

El barco…

Alguien gritaba…

Retrocedí un paso.

La anciana corrió hacia él.

—Tranquilo.

No te esfuerces.

Pero Sebastián siguió hablando.

Con frases rotas.

Como si los recuerdos pelearan por salir.

—No fue…

Un incendio…

Hubo…

Una explosión…

Miró directamente hacia mí.

Sus ojos ya no estaban vacíos.

Estaban llenos de terror.

—Julián…

Me empujó.

El silencio cayó sobre la habitación.

Sentí que la sangre se congelaba.

Él respiraba con dificultad.

—Intenté…

Sujetarme…

Escuché a Teresa decir…

“Que no vuelva.”

La anciana me tomó del brazo.

—Cada vez que recuerda algo, termina desmayándose.

Lleva tres años así.

Fragmentos.

Nunca completos.

Miré otra vez el reloj sobre la mesa.

Algo llamó mi atención.

La tapa trasera estaba ligeramente abierta.

La abrí con cuidado.

Dentro había una diminuta tarjeta de memoria.

No recordaba que ese reloj tuviera espacio para eso.

La saqué lentamente.

La anciana me observó sorprendida.

—Nunca vimos eso.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era mi abogado.

Contesté de inmediato.

—Licenciado Vargas.

Necesito que suspenda la boda.

Y otra cosa…

Prepárese para solicitar medidas urgentes sobre la sucesión de Sebastián del Valle.

Hubo un breve silencio.

—¿Lo encontró?

Miré al hombre que durante tres años había llorado frente a un cenotafio vacío.

—Sí.

Pero creo que eso es apenas el principio.

Porque si Sebastián estaba vivo…

Entonces alguien falsificó su muerte.

Y si dentro de aquel reloj llevaba escondida una tarjeta de memoria durante tres años…

Era muy posible que la verdadera historia del Horizonte Rojo hubiera sobrevivido al incendio.

Solo estaba esperando que alguien la encontrara antes de que quienes intentaron matarlo descubrieran que seguía vivo.

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