PARTE 2: LA PUERTA QUE ELLA NO ESPERABA

La habitación quedó en silencio.

Graciela soltó la almohada.

Durante un instante nadie habló.

Los tres hombres permanecieron junto a la puerta mostrando claramente sus identificaciones.

—Señora Arriaga —dijo el primero con voz firme—. No se acerque nuevamente a la paciente.

Graciela intentó recomponerse.

En menos de dos segundos recuperó la expresión de suegra preocupada.

—¡Gracias a Dios llegaron! Mi nuera empezó a ahogarse y yo solo intentaba ayudarla.

El segundo investigador señaló discretamente la cámara que llevaba sujeta al pecho.

—Todo lo ocurrido desde que entró a la habitación quedó registrado.

La sonrisa de Graciela desapareció.

Miró alrededor buscando apoyo.

No encontró a nadie.

La enfermera Teresa entró inmediatamente detrás de ellos y retiró la almohada de la cama.

Se acercó a Elena.

—¿Puede respirar?

Elena asintió apenas.

El yeso le impedía moverse, pero el aire volvió lentamente a sus pulmones.

La enfermera comprobó sus signos vitales antes de mirar a los investigadores.

—Continúen.

El primero abrió una carpeta.

—Señora Elena Morales, tal como acordamos, la grabación se realizó únicamente con su autorización y respetando los procedimientos que nos indicó su representante legal.

Elena volvió a asentir.

Graciela abrió mucho los ojos.

—¿Representante legal?

El investigador respondió sin apartar la vista de ella.

—Sí.

—Eso es absurdo.

—No.

Sacó un documento.

—Después del accidente, la señora Morales designó formalmente a un abogado para que gestionara determinadas actuaciones relacionadas con su patrimonio y con la recopilación de evidencia.

Graciela guardó silencio.

Por primera vez parecía realmente desconcertada.

Ella había supuesto que Elena permanecía completamente indefensa.

No había imaginado que, aun inmovilizada, hubiera tomado decisiones legales.

En ese momento sonó el ascensor del piso.

Pocos segundos después apareció Santiago.

Entró apresurado.

—¿Qué está pasando?

Vio a su madre.

Después a los investigadores.

Finalmente observó a Elena.

—¿Quiénes son ellos?

Nadie respondió enseguida.

El investigador principal habló con calma.

—Estamos documentando hechos relacionados con esta habitación a solicitud de la señora Morales.

Santiago miró a Elena sin comprender.

—¿Documentando qué?

Elena respiró hondo.

La voz apenas le salía por el dolor.

—Lo que acaba de ocurrir.

Santiago volvió hacia su madre.

Ella intentó acercarse.

—Hijo, no les hagas caso. Esa mujer…

El investigador la interrumpió.

—Le recomiendo no seguir haciendo manifestaciones mientras continúan las actuaciones.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Teresa terminó de revisar la vía intravenosa.

Luego acomodó nuevamente la sábana sobre Elena.

Le habló en voz baja.

—Ya pasó.

Elena cerró los ojos unos segundos.

No porque todo hubiera terminado.

Sino porque, por primera vez desde la caída, sentía que no estaba completamente sola.

Mientras tanto, uno de los investigadores retiró cuidadosamente las tarjetas de memoria de las cámaras corporales.

Las guardó en sobres individuales.

Las etiquetó con fecha y hora.

Después firmó el registro de cadena de custodia.

No hicieron comentarios sobre responsabilidades.

No emitieron conclusiones.

Su trabajo era preservar lo que habían observado para que pudiera revisarse por las autoridades y por las instancias correspondientes.

Y Graciela comprendió demasiado tarde que aquella habitación ya no era un lugar donde solo existía su palabra contra la de una mujer inmovilizada.

Ahora también existía un registro independiente de lo que acababa de ocurrir.

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