PARTE 2: LA PUERTA QUE ÉL ABRIÓ DEMASIADO TARDE

El timbre volvió a sonar.

Esta vez, Lu Chengyuan salió de su habitación.

—¿Quién viene a esta hora?

Nadie respondió.

Mi suegra bajó primero.

Cuando abrió la puerta, el hombre del abrigo oscuro ni siquiera la miró.

Levantó la cabeza.

Me encontró en el segundo piso.

—Ruo’an.

Solo escuchar mi nombre correctamente hizo que se me cerrara la garganta.

Mi hermano mayor, Shen Yuze, había llegado.

Su mirada descendió hacia mi hombro.

Después vio mi rostro.

—¿Quién te hizo esto?

Lu Chengyuan apareció detrás de mi suegra.

—¿Quién eres?

Mi hermano lo miró.

—Su hermano.

Chengyuan frunció el ceño.

Durante tres años jamás había preguntado seriamente por mi familia.

Para él, yo simplemente había aparecido en su vida sin pasado.

—Ruo’an está herida —dijo—. Mañana irá al hospital.

Yuze permaneció en silencio.

Aquello fue peor que si hubiera gritado.

—¿Mañana?

Mi suegra intervino:

—Los médicos también necesitan descansar. Además, Chengyuan ya le dio 300.000 yuanes.

Mi hermano soltó una risa fría.

—¿Trescientos mil?

Subió las escaleras.

Cuando llegó hasta mí, no intentó tocar mi hombro.

Solo tomó la bolsa de mi mano.

—Nos vamos.

Lu Chengyuan avanzó.

—Ella es mi esposa.

Me detuve.

Durante tres años había esperado escuchar aquellas palabras con orgullo.

Ahora solo me parecieron absurdas.

—Hasta hoy —respondí.

Su expresión cambió.

Saqué el teléfono.

Devolví los 300.000 yuanes.

La notificación llegó inmediatamente al suyo.

—No necesito tu dinero.

—Ruo’an, deja de hacer una escena.

—No estoy haciendo ninguna.

Lo miré directamente.

—Me estoy divorciando de ti.

Por primera vez, Chengyuan pareció realmente sorprendido.

Lin Shuwan apareció entonces en lo alto de las escaleras.

—Hermana Ruo’an, todo fue culpa mía…

Yuze la miró.

Ella dejó de hablar.

Mi hermano volvió los ojos hacia Chengyuan.

—Mi hermana lleva tres años sin llamarnos porque decidió respetar este matrimonio.

Hizo una pausa.

—No confundas su silencio con no tener adónde regresar.

Salimos de la mansión.

Fui directamente al hospital.

Horas después, mientras organizaban mi tratamiento, Yuze hizo una llamada.

—Preparen el avión.

Lo miré.

—¿Avión?

—Papá quiere verte.

Mi corazón se apretó.

No había hablado con él desde mi boda.

—¿Sigue enfadado?

Yuze negó.

—Nunca estuvo enfadado porque te casaras.

Me observó unos segundos.

—Estaba enfadado porque elegiste desaparecer para demostrar que podías vivir sin nosotros.

Bajé la mirada.

A la mañana siguiente, un jet privado despegó conmigo a bordo.

Y, casi al mismo tiempo, el asistente de Lu Chengyuan entró corriendo en su despacho.

—Señor Lu, tenemos un problema.

—Habla.

—El Grupo Shen suspendió las negociaciones del nuevo complejo comercial.

Chengyuan levantó lentamente la cabeza.

—¿Por qué?

El asistente dejó una tableta frente a él.

En la pantalla aparecía una fotografía antigua.

Mi padre.

Mi hermano.

Y yo.

Debajo figuraba una línea:

Ruo’an Shen, hija menor del fundador del Grupo Shen.

El rostro de Chengyuan perdió el color.

—¿Ella es…?

—Sí.

El asistente tragó saliva.

—La familia Shen.

La misma familia cuya cooperación podía decidir el futuro de varios proyectos de los Lu.

Pero aquello no era lo importante.

Lo importante era que Chengyuan finalmente entendía que la mujer a la que había tratado como alguien sin lugar adonde ir pertenecía a una familia que llevaba tres años esperando que regresara.

Tres semanas después recibió los documentos de divorcio.

Intentó llamarme.

No contesté.

Lin Shuwan también envió una disculpa.

La borré.

Mi suegra escribió:

«Todo puede hablarse entre familia».

Por primera vez sonreí al leer una de sus frases.

Respondí únicamente:

«Usted misma me enseñó que nunca fui parte de la suya».

Después bloqueé el número.

Meses más tarde regresé al Grupo Shen.

No para vengarme de nadie.

Para recuperar la vida que había abandonado.

Una tarde, al salir de una reunión, encontré a Chengyuan esperando en el vestíbulo.

Parecía cansado.

—Ruo’an.

Me detuve.

—Ahora sí recuerdas mi nombre.

Bajó la mirada.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Shuwan ya no significa nada para mí.

—Eso tampoco significa nada para mí.

Me miró con desesperación.

—¿De verdad no queda ninguna posibilidad?

Pensé en aquellos tres años.

Después pensé en aquella noche.

En el timbre.

En mi hermano entrando por una puerta que Chengyuan jamás se había molestado en cruzar emocionalmente.

—No.

Pasé junto a él.

Porque algunas puertas pueden permanecer abiertas durante años.

Pero cuando finalmente decides cerrarlas, no importa quién llegue después a llamar.

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