PARTE 2: La Propietaria

Berta volvió a girar la llave.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La cerradura ni siquiera hizo el menor intento por abrir.

—¿Qué porquería es esta? —murmuró, golpeando la puerta con la palma de la mano.

Desde el estudio, Camila observaba la escena en la pantalla de seguridad.

Su voz salió por el intercomunicador con una calma que helaba la sangre.

—Berta… esa llave dejó de servir anoche.

La mujer levantó la cabeza, sorprendida.

—¡Ábreme!

—¿Para qué?

—Porque esta es la casa de mi hijo.

Camila sonrió apenas.

—No.

Abrió en su tableta una copia de las escrituras.

—Esta casa nunca fue de Rodrigo.

El rostro de Berta comenzó a endurecerse.

—¿Qué tonterías dices?

—La propiedad fue adquirida seis meses antes de mi boda.

Con recursos de mi empresa.

Está registrada únicamente a mi nombre.

Silencio.

Berta retrocedió un paso.

—Rodrigo me dijo…

—Rodrigo dijo muchas cosas.

Pero nunca leyó un solo documento.

En ese momento apareció Rodrigo, todavía con la corbata mal acomodada.

Traía otra llave en la mano.

—¿Qué pasa?

Intentó abrir.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Sacó el teléfono.

—Camila.

Abre la puerta.

Ella respondió con absoluta tranquilidad.

—Tus cosas ya están empacadas.

El silencio cayó sobre la entrada.

—¿Qué?

—Tus maletas están con el vigilante.

Puedes recogerlas cuando quieras.

Berta comenzó a golpear la puerta.

—¡No puedes hacer esto!

—Sí puedo.

Porque nunca los eché de su casa.

Simplemente les estoy pidiendo que salgan de la mía.

Rodrigo respiró profundamente.

Todavía conservaba ese tono condescendiente que tanto la había lastimado.

—Camila…

Estás exagerando por un vestido.

Ella negó lentamente.

—No.

El vestido solo fue el último hilo que rompieron.

La pantalla del monitor cambió.

Camila abrió otra carpeta.

Era la que había leído la noche anterior.

Préstamos.

Transferencias.

Facturas.

Todo perfectamente organizado.

Marcó un número.

—Laura.

Su abogada contestó enseguida.

—¿Ya salieron?

—Todavía están afuera.

—Perfecto.

Acabamos de presentar las medidas cautelares.

Camila respiró despacio.

—Gracias.

Colgó.

Rodrigo seguía insistiendo.

—Podemos hablar como adultos.

Ella activó el altavoz exterior.

—Lo intenté durante tres años.

Tú siempre elegiste guardar silencio.

Ahora me toca a mí.

Berta cruzó los brazos.

—Mi hijo levantó esa empresa.

Camila abrió un nuevo archivo.

—¿Quieres hablar de la empresa?

Sacó un proyector portátil que usaba para reuniones.

La imagen apareció en la pantalla del estudio.

Estados financieros.

Balances.

Transferencias.

Todo ordenado por fechas.

Habló despacio, como si estuviera presentando resultados a un consejo administrativo.

—Hace cuatro años la constructora tenía pérdidas suficientes para cerrar.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—Eso…

Eso no es cierto.

Camila mostró otra hoja.

—Aquí están los depósitos.

Mes por mes.

Desde mi empresa hacia la tuya.

Berta frunció el ceño.

—¿Qué depósitos?

Camila giró el documento hacia la cámara.

—En total…

Dieciséis millones ochocientos mil pesos.

El silencio fue absoluto.

Rodrigo bajó lentamente la mirada.

Nunca había visto esos estados de cuenta.

Jamás preguntó de dónde aparecía el dinero cuando las obras fracasaban.

Solo aceptó que “un fondo privado” seguía confiando en él.

Camila sonrió con tristeza.

—Ese fondo privado era yo.

Berta comenzó a negar con la cabeza.

—Mi hijo nunca habría aceptado…

—Exactamente.

Por eso jamás se lo dije.

Preferí salvar la empresa antes que destruir su orgullo.

Rodrigo ya no encontraba palabras.

Pero Camila todavía no había terminado.

Sacó una carpeta azul mucho más gruesa.

—Y ahora viene la segunda mentira.

Abrió el primer separador.

Había facturas emitidas a nombre de proveedores inexistentes.

Pagos repetidos.

Transferencias trianguladas.

Cheques.

Todo llevaba la misma firma de autorización.

No la de Rodrigo.

La de Berta.

La mujer perdió el color.

—Eso es falso.

Camila negó.

—La auditoría terminó hace una semana.

Las compras personales, los viajes, las joyas y los retiros en efectivo salían de la empresa utilizando empresas fantasma.

Rodrigo miró a su madre.

—¿Mamá?

Ella evitó sus ojos.

Fue la primera vez en años.

Camila apoyó una mano sobre la carpeta.

—Durante mucho tiempo pensé que tú solo permitías que tu madre me humillara.

Ahora descubrí algo peor.

Ni siquiera sabías todo lo que hacía usando tu nombre.

Un automóvil negro se detuvo frente a la residencia.

Descendieron dos personas con portafolios.

El vigilante abrió el acceso.

Rodrigo los reconoció de inmediato.

—¿Quiénes son?

Camila respondió sin levantar la voz.

—Los auditores externos.

Y también viene el representante del banco.

Porque después de revisar esas transferencias…

Alguien tendrá que explicar mucho más que un vestido roto.

Mientras Berta observaba cómo los visitantes caminaban hacia la puerta con carpetas bajo el brazo, comprendió que aquella mañana no había perdido únicamente una llave.

Había perdido el control de una historia que llevaba años construyendo sobre mentiras.

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