PARTE 2: LA PRINCESA MORETTI

—Levántate, hermano.

Damiano alzó la cabeza.

Detrás de él, varios hombres permanecían inmóviles junto a los vehículos negros.

En el piso catorce, Elias seguía observándonos.

La palabra hermano fue suficiente para cambiarle el rostro.

Damiano se puso de pie y me abrazó.

—Siete años, Serena.

—Necesitaba vivir mi propia vida.

—¿Y valió la pena?

Miré hacia las ventanas del edificio Mercer.

—Aprendí lo que necesitaba aprender.

Mi verdadero nombre era Serena Moretti.

A los veintidós años me alejé de mi familia porque no quería que su poder decidiera quién se acercaba a mí. Utilicé el apellido de mi madre y construí una vida común.

Cuando conocí a Elias, no le mentí.

Simplemente nunca le conté aquello que jamás se molestó en preguntar.

Una hora después, su llamada apareció en mi teléfono.

No contesté.

Entonces Marcus llamó a Damiano.

El motivo apareció rápidamente.

Mercer Group estaba negociando su expansión portuaria más importante.

Y las terminales que necesitaba pertenecían a una empresa controlada por los Moretti.

Elias llegó personalmente al yate aquella tarde.

—Serena, necesitamos hablar.

Damiano hizo ademán de levantarse.

—Está bien —dije—. Déjanos.

Elias esperó hasta quedarnos solos.

—¿Eres una Moretti?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—¿Habría cambiado algo?

No respondió.

Los dos sabíamos que sí.

—El acuerdo del puerto…

Sonreí.

Finalmente entendí por qué había venido.

—Ahí está.

—No vine por eso.

—Entonces dime que, si mi familia no controlara esas terminales, estarías aquí igualmente.

Elias abrió la boca.

Nada salió.

—Tres días atrás pensabas que Claudia Voss era más adecuada para tu futuro —continué—. Sigue adelante con ese futuro.

—Cometí un error.

—No. Tomaste una decisión con la información que creías importante.

Me acerqué.

—Solo lamentas no haber sabido cuánto valía mi apellido.

Aquello lo dejó en silencio.

No cancelé ningún contrato por venganza.

Ni siquiera tuve que hacerlo.

El comité de Moretti revisó la propuesta de Mercer Group y descubrió riesgos financieros que habían quedado ocultos bajo las promesas de Leonard Voss.

La operación fue rechazada.

Sin aquella expansión, varios inversionistas se retiraron.

Claudia también desapareció de la vida de Elias poco después.

Damiano me contó la noticia durante el desayuno.

—¿Quieres saber qué pasó?

—No.

Y era verdad.

Meses después asumí la dirección de la fundación marítima de mi familia, lejos de los negocios más oscuros que siempre había querido evitar.

Una tarde, Damiano me encontró mirando el puerto.

—¿Te arrepientes de haber vuelto?

—No.

—¿Y de Elias?

Pensé un momento.

—Tampoco.

Mi matrimonio me había enseñado algo que siete años escondiéndome no pudieron enseñarme.

Yo había querido encontrar a alguien que me amara sin conocer mi apellido.

Lo encontré.

El problema fue que Elias tampoco se molestó en conocer a la mujer que había detrás de él.

Tres días después de divorciarse de una esposa que consideraba demasiado normal, me vio regresar como Serena Moretti.

Pero para entonces ya era tarde.

Porque el verdadero poder que recuperé aquel día no fue el yate, el dinero ni mi apellido.

Fue poder mirar al hombre que me había descartado…

y no necesitar que se arrepintiera.

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