Clara sintió que la rabia era más fuerte que el mareo.
Durante unos segundos no pudo apartar la vista de la pantalla. Allí estaba Rodrigo, acariciando la mano de Renata con una naturalidad que solo podía tener quien llevaba demasiado tiempo viviendo una mentira.
—¿Desde cuándo? —preguntó en un susurro.
Diego no respondió enseguida.
Abrió una carpeta en la tablet y deslizó varias fotografías.
Las primeras eran de reuniones de trabajo.
Después aparecieron cenas privadas.
Viajes a Monterrey.
Reservaciones de hoteles.
Transferencias bancarias realizadas desde cuentas de la empresa.
Y finalmente una imagen que hizo que Clara sintiera un vacío en el pecho.
Rodrigo entregándole a Renata el anillo de matrimonio que él mismo le había puesto a ella veinte años atrás.
—Hace casi dos años —respondió Diego con serenidad—. Al principio pensé que era una aventura. Luego entendí que estaban preparando algo mucho más grande.
Clara levantó la mirada.
—¿Qué más sabes?
Diego respiró hondo.
—Papá quiere anunciar esta noche que Renata será la nueva directora de la fundación.
—¿Qué?
—Y dentro de unos días piensa decir que ustedes ya estaban separados desde hace meses.
Clara negó lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
Diego abrió otro archivo.
Era el borrador de un comunicado de prensa.
“Después de una separación amistosa, Rodrigo Alcázar inicia una nueva etapa personal…”
Debajo aparecía una fotografía de Rodrigo y Renata tomada semanas atrás.
Todo estaba preparado.
Incluso antes de drogarla.
Clara sintió un escalofrío.
—Nunca pensó divorciarse de mí.
—No le convenía.
—¿Entonces?
Diego sostuvo su mirada.
—Le convenía que pareciera decisión tuya.
Durante unos segundos solo se escuchó la transmisión de la gala.
Los aplausos llenaban la habitación.
En el escenario anunciaban el inicio de la subasta benéfica.
Diego sonrió apenas.
—Ya empezó.
—¿Qué empezó?
—La cuenta regresiva.
Sacó otro teléfono del bolsillo.
Era distinto al suyo.
Sin contactos visibles.
Sin fotografías.
Solo una aplicación abierta con varios temporizadores.
—Llevo ocho meses reuniendo pruebas.
Clara lo observó sin poder creerlo.
—¿Tú solo?
—No.
Diego señaló otra carpeta.
—El contador de la empresa.
Dos empleados despedidos.
El antiguo jefe de seguridad.
Y un periodista que lleva un año investigando a papá.
Clara sintió que todo lo que creía conocer se desmoronaba.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Diego bajó la vista durante un instante.
—Porque sabía que ibas a enfrentarlo antes de tiempo.
Y entonces lo habrían destruido todo.
La transmisión mostró a Rodrigo subiendo al escenario.
El presentador sonreía.
—Esta noche reconoceremos el extraordinario trabajo del empresario Rodrigo Alcázar…
Los asistentes comenzaron a aplaudir.
Rodrigo tomó el micrófono.
—Gracias. Este premio también pertenece a la mujer que hoy me acompaña…
Renata sonrió orgullosa.
Las cámaras giraron hacia ella.
Clara cerró los puños.
—No puedo seguir viendo esto.
—Sí puedes.
Diego apoyó una mano sobre el hombro de su madre.
—Porque dentro de cinco minutos todo cambiará.
Sacó un pequeño estuche negro del bolsillo de su saco.
Dentro había un audífono inalámbrico.
Se lo colocó con absoluta tranquilidad.
—¿Con quién hablas? —preguntó Clara.
Él sonrió por primera vez en toda la noche.
—Con el equipo que ya está dentro del salón.
En la pantalla apareció un reloj digital.
00:04:58
00:04:57
00:04:56
Diego tomó las llaves del automóvil.
—Es hora de ir.
Clara lo miró confundida.
—¿A detenerlos?
Él negó lentamente.
—No.
Sus ojos permanecieron fijos en la transmisión donde Rodrigo levantaba la copa junto a Renata, todavía convencido de que había ganado.
—Vamos a dejar que toda la ciudad vea quiénes son en realidad.

Y mientras las cámaras enfocaban el anillo que Renata llevaba orgullosa en la mano, Diego murmuró una frase que hizo estremecer a su madre:
—Papá todavía no lo sabe… pero esta gala será la última noche en la que alguien lo llamará un hombre honorable.