Mariana apenas alcanzó a sujetarse del brazo de Nicolás cuando otra contracción le atravesó el cuerpo.
—¡Ah… Nico…!
Su respiración se volvió corta. El dolor ya no era un simple cansancio.
Era diferente.
Era profundo.
Nicolás la sostuvo con fuerza antes de que sus rodillas tocaran el piso.
—¿Cada cuánto te duele?
Ella cerró los ojos, tratando de contar.
—Hace… como diez minutos… empezó… pero no quería preocuparte…
Él sintió que la sangre le hervía.
Llevaba doce horas cargando mercancía pensando que en casa todo estaba bien, mientras Mariana ocultaba el dolor para que él pudiera descansar unos minutos.
Y ni siquiera había tenido ese derecho.
Del otro lado del muro, Teresa soltó una carcajada.
—¿Ya acabó el drama o todavía falta?
Las hermanas también rieron.
Nicolás giró lentamente la cabeza.
Algo había cambiado en su mirada.
Ya no estaba cansado.
Ya no estaba resignado.
Estaba completamente decidido.
Entró a la sala sin levantar la voz.
—Apaguen la televisión.
Nadie le hizo caso.
Brenda siguió acomodando el celular para una foto.
—Ay, qué intenso vienes.
Karla tomó otro pedazo de pizza.
—Relájate tantito.
Teresa ni siquiera lo miró.
—¿Y ahora qué hicimos?
Nicolás respiró hondo.
Después tomó el control remoto.
La pantalla quedó completamente negra.
El silencio cayó de golpe.
—¿Qué te pasa? —gritó Brenda.
—Me pasa que mi esposa está teniendo contracciones mientras lava los platos de cuatro adultos perfectamente sanos.
Teresa cruzó los brazos.
—No exageres. Solo está embarazada.
—No.
Su voz salió tan firme que las cuatro dejaron de hablar.
—Tiene ocho meses.
Está pálida.
No ha cenado.
Lleva semanas trabajando aquí gratis mientras ustedes destruyen la casa que yo pago.
Nadie respondió.
—¿Quién le pidió lavar todo esto?
Brenda levantó una ceja.
—Pues alguien tenía que hacerlo.
—¿Y por qué no tú?
Silencio.
—¿O tú, Karla?
Otra vez silencio.
—¿O tú, Lidia?
Las hermanas comenzaron a mirarse entre ellas.
Teresa intervino enseguida.
—No les hables así a tus hermanas.
—Entonces hábleles usted.
Porque parece que olvidó educarlas.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¿Cómo te atreves?
—Me atrevo porque acabo de descubrir que durante dos meses humillaron a la única persona que nunca les respondió con una mala cara.
Teresa golpeó el brazo del sillón.
—¡Esa mujer te puso en nuestra contra!
Nicolás soltó una risa amarga.
—No.
Lo hizo la cocina.
Lo hizo verla llorando mientras ustedes estaban aquí sentadas viendo televisión.
Lo hizo el bebé que está a punto de nacer.
Lo hizo el silencio que encontré cuando un plato se rompió y ninguna se levantó.
Las palabras comenzaron a pesar dentro de la sala.
Incluso las hermanas dejaron de fingir seguridad.
Pero Teresa aún conservaba su orgullo.
—Todo esto es por dinero, ¿verdad?
¿Ya te convenció de sacarnos?
Nicolás caminó hasta la mesa.
Tomó varias hojas arrugadas que estaban debajo de unas cajas de pizza.
Eran estados de cuenta.
Recibos.
Comprobantes.
Los dejó frente a todas.
—La renta.
La pago yo.
La luz.
La pago yo.
El internet.
Lo pago yo.
Las medicinas.
Las pago yo.
El teléfono de Brenda.
Lo pago yo.
Las compras.
Las pago yo.
Los pedidos que hacen cada fin de semana.
Los pago yo.
Fue señalando uno por uno.
—Y mientras tanto… Mariana usó los mismos tenis rotos durante seis meses porque decía que primero necesitábamos comprar la cuna del bebé.
Ninguna pudo sostenerle la mirada.
—Ella dejó de comprar ropa de maternidad para que ustedes siguieran pidiendo comida por aplicación.
Brenda tragó saliva.
—No sabíamos…
—Sí sabían.
Porque ella nunca se quejó.
Solo agachó la cabeza para que yo no tuviera más preocupaciones.
En ese momento volvió a escucharse un gemido desde la cocina.
Más fuerte.
Más desesperado.
—¡Nico!
Él corrió inmediatamente.
Mariana estaba apoyada contra la pared, respirando con dificultad.
Las lágrimas le recorrían la cara.
—Ya… ya son más seguidas…
Nicolás tomó el teléfono.
Marcó emergencias mientras acariciaba su cabello.
—Respira conmigo.
Ya viene la ambulancia.
Todo va a salir bien.
Ella negó lentamente.
—Perdón…
Él la miró sorprendido.
—¿Perdón por qué?
—Porque hice que te pelearas con tu familia…
Nicolás sintió un nudo en la garganta.
Le besó la frente.
—No.
Ellos eligieron esto.
Tú solo intentaste sobrevivir.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Pero antes de que los paramédicos entraran al departamento, Teresa apareció en la cocina con los brazos cruzados.

Todavía tuvo el valor de decir:
—Si sales por esa puerta con ella… no vuelvas a llamarme madre.
Nicolás la observó unos segundos.
Luego cargó a Mariana entre sus brazos.
Miró por última vez a la mujer que lo había criado.
Y respondió con una calma que dolía más que cualquier grito.
—La noche que elegiste humillar a la madre de mi hijo… fuiste tú quien dejó de ser mi familia.
Sin volver la vista atrás, cruzó la puerta mientras las luces rojas de la ambulancia iluminaban el edificio.
Ninguno de los que se quedaron en aquella sala imaginaba que, antes de que amaneciera, una llamada desde el hospital cambiaría sus vidas para siempre.