Alejandro no durmió.
Regresó a su ático de La Castellana cuando Madrid empezaba a vaciarse, pero el silencio de la casa le resultó insoportable. No dejó de pensar en una sola imagen: Lucía cruzando el salón con una serenidad que él ya no sabía cómo interpretar.
No había intentado humillarlo.
No había buscado titulares.
Y, precisamente por eso, había conseguido desarmarlo.
A las ocho y media de la mañana, su secretaria llamó a la puerta del despacho.
—Señor Valcárcel, ha llegado un burofax del despacho Robles & Asociados.
Alejandro lo abrió esperando cualquier cosa.
Una solicitud relacionada con el embarazo.
Una reclamación económica.
Una petición de medidas cautelares.
No era ninguna de las tres.
La primera página decía únicamente:
“Asunto: Reestructuración del Patronato de la Fundación Valcárcel.”
Alejandro frunció el ceño.
Siguió leyendo.
Durante el divorcio, Lucía había renunciado voluntariamente a cualquier compensación económica relacionada con el matrimonio. Sin embargo, nunca había renunciado a los derechos derivados de su trabajo como fundadora y directora de la fundación.
Carmen Robles solicitaba una auditoría independiente, la revisión de los convenios firmados durante los dos últimos años y la convocatoria extraordinaria del patronato.
Todo perfectamente fundamentado.
Todo dentro de la legalidad.
Alejandro dejó lentamente los papeles sobre la mesa.
Vera entró sin llamar.
—¿Qué ocurre?
Él tardó unos segundos en responder.
—No viene a por dinero.
—¿Entonces?
—Viene a recuperar lo que construyó.
Aquella respuesta hizo desaparecer la tranquilidad de Vera.
Durante meses había dado por hecho que, firmado el divorcio, Lucía desaparecería discretamente de la vida pública.
Pero estaba ocurriendo justo lo contrario.
Ese mismo mediodía, varios miembros históricos del patronato comenzaron a llamar.
No para felicitar a Alejandro.
Para preguntar por Lucía.
—¿Cómo se encuentra?
—¿Es cierto que volverá a dirigir los programas?
—Queremos reunirnos con ella cuanto antes.
Alejandro comprendió algo que nunca había querido aceptar.
El prestigio de la fundación no descansaba sobre el apellido Valcárcel.
Descansaba sobre la confianza que Lucía había construido durante más de una década con médicos, investigadores, voluntarios y donantes.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Lucía desayunaba tranquilamente con Carmen.
La abogada cerró una carpeta.
—Alejandro esperaba que empezáramos hablando del embarazo.
Lucía acarició distraídamente su vientre.
—Precisamente por eso no lo hice.
—¿Estás segura?
Lucía sonrió con serenidad.
—Durante años creyó que todo giraba alrededor de él.
Ya es hora de que entienda que hay asuntos mucho más importantes.
En ese instante sonó su teléfono.
Era la presidenta del patronato.
—Lucía, varios donantes nos han llamado esta mañana.
Ella guardó silencio.
La mujer continuó:
—Quieren saber cuándo vuelves.
Lucía miró por la ventana.
La luz de Madrid iluminaba suavemente la estancia.
Por primera vez en muchos meses, sintió que el futuro dejaba de dar miedo.
—Dígales que estaré en la reunión del jueves.
Colgó.
Carmen la observó con atención.
—¿Y Alejandro?
Lucía respiró hondo.
—Con Alejandro hablaremos cuando corresponda.
Apoyó una mano sobre su vientre.
—Pero no porque él lo exija.
Porque mi hija merece que todas las decisiones importantes se tomen desde la calma… y no desde el ego de quienes confundieron el amor con la posesión.
A varios kilómetros de allí, Alejandro seguía sentado frente al burofax.
Todavía no conocía el sexo del bebé.
Todavía no sabía si algún día podría recuperar la confianza de Lucía.

Y acababa de descubrir que la primera batalla no sería por su hija.
Sería por el legado que él creyó que siempre le pertenecería.