Nadie aplaudió.
Nadie respiró.
El gimnasio entero permanecía inmóvil mientras Jenny se ajustaba unos guantes viejos que apenas le quedaban.
Saúl soltó una carcajada.
—¿Con eso piensas pelear?
Jenny terminó de apretar el velcro sin levantar la vista.
—No. Con esto solo voy a recordarte quién eres.
Uno de los hombres de Saúl escupió al suelo.
—Jefe, esto va a durar diez segundos.
Eduardo, todavía apoyado en las cuerdas después del golpe, intentó incorporarse.
—Jenny… no tienes que hacerlo.
Ella giró apenas la cabeza.
—Hace diez años me prometí no volver a subir a un ring.
Hizo una pausa.
—No prometí quedarme mirando mientras golpean a mi familia.
Aquella palabra sorprendió a todos.
Familia.
Porque eso era lo que aquel gimnasio había terminado siendo para ella.
Los chicos dejaron de retroceder.
Las madres que entrenaban por las tardes aparecieron desde los vestidores.
Hasta Roberto, que acababa de llegar con una mochila de repartidor al hombro, se quedó inmóvil en la puerta.
No entendía qué estaba ocurriendo.
Solo sabía que su esposa acababa de ponerse unos guantes que nunca había visto.
Saúl levantó los puños.
—Empieza el funeral.
Lanzó un derechazo brutal.
Jenny ni siquiera bloqueó.
Simplemente dio un paso hacia un lado.
El golpe cortó el aire.
Nada más.
Un murmullo recorrió el gimnasio.
—Fue suerte.
Saúl atacó otra vez.
Gancho.
Recto.
Rodilla.
Otra vez.
Otra.
Ningún impacto.
Jenny se movía con una economía de movimientos imposible de explicar para quien no hubiera visto antes a un campeón del mundo.
No parecía correr.
Parecía saber dónde estaría cada golpe antes de que naciera.
Roberto frunció el ceño.
Aquella forma de desplazarse…
Aquella guardia…
Le resultaban extrañamente familiares.
Entonces vio algo.
Una pequeña cicatriz detrás de la oreja izquierda de Jenny.
La misma que aparecía en un viejo recorte de periódico que él había visto años atrás.
El de una boxeadora desaparecida después de derrotar a la mayor organización clandestina de apuestas del país.
Sintió un escalofrío.
—No puede ser…
Mientras tanto, Saúl empezaba a perder la paciencia.
—¡Pelea de una vez!
Jenny lo miró por primera vez directamente a los ojos.
—Llevas un minuto intentando golpearme.
Todavía no has entendido que esto ya empezó hace rato.
Saúl rugió y cargó con toda su fuerza.
Fue entonces cuando ocurrió.
Jenny giró apenas la cadera.
Un solo golpe.
Corto.
Preciso.
Seco.
El sonido del impacto retumbó por todo el gimnasio.
Saúl cayó de rodillas.
No inconsciente.
No derrotado.
Pero sí completamente desorientado.
La Bestia acababa de tocar la lona por primera vez en muchos años.
El silencio fue absoluto.
Uno de los hombres que acompañaban a Saúl dio un paso hacia atrás.
Otro sacó discretamente el teléfono.
No para llamar a una ambulancia.
Para enviar una fotografía.
La imagen mostraba a Jenny con los puños levantados.
Debajo escribió un único mensaje.
“La Reina ha vuelto.”
El destinatario respondió apenas unos segundos después.

“Confirmen la identidad.”
“Si es ella… esta vez no debe salir viva del gimnasio.”
Jenny aún no lo sabía.
Había derrotado al hombre más temido del barrio.
Pero al volver a levantar los puños también acababa de avisar al único enemigo que llevaba diez años esperando encontrarla.