PARTE 2 — LA PREGUNTA QUE NADIE ESPERABA

Teresa no le dio tiempo ni a respirar.

Apenas el personal del aeropuerto comenzó a empujar la silla de ruedas de doña Mercedes hacia la zona de llegadas, se cruzó de brazos frente a Nicolás.

—¿Así que tú eres el famoso Nicolás?

Él sonrió con calma.

—Mucho gusto, señora Teresa.

Ella no le devolvió el gesto.

—Mi hija habla muy poco de ti.

Mariana bajó la vista.

—Mamá…

—Déjalo contestar.

Nicolás comprendió que aquella mujer no buscaba conocerlo.

Buscaba descubrirlo.

—Es culpa mía —respondió él—. Trabajo demasiado y he venido menos de lo que debería.

Teresa arqueó una ceja.

—¿En qué trabajas?

—Soy actuario.

—¿Y dónde viven?

—Entre Ciudad de México y Querétaro por cuestiones laborales.

La respuesta salió tan natural que hasta Mariana giró discretamente para mirarlo.

No esperaba que improvisara con tanta tranquilidad.

Doña Mercedes, en cambio, sonreía feliz.

—¿Ya ven? Yo les dije que mi nieta escogería a un hombre serio.

Tomó la mano de Nicolás entre las suyas.

—¿La haces reír?

Él miró un instante a Mariana.

Ella seguía nerviosa, mordiéndose el labio inferior.

—Lo intento todos los días.

La anciana soltó una pequeña carcajada.

—Eso vale más que cualquier dinero.

Durante unos minutos caminaron juntos por la terminal.

Doña Mercedes quería ver las tiendas, preguntar por el viaje y escuchar historias.

Parecía disfrutar cada segundo.

Teresa, en cambio, no dejaba de observarlos.

Finalmente lanzó otra pregunta.

—¿Dónde pasaron la luna de miel?

Mariana abrió ligeramente los ojos.

Aquello no estaba en la historia que habían inventado.

Nicolás respondió antes de que ella pudiera hablar.

—Nunca tuvimos una luna de miel como tal.

Teresa sonrió con evidente satisfacción.

Había encontrado la grieta.

—¿Ah, no?

—Preferimos guardar ese dinero para empezar nuestra vida sin deudas.

Doña Mercedes apretó la mano de Nicolás.

—Muy bien hecho.

Teresa no pareció convencida.

Pero tampoco pudo desmentirlo.

Siguieron caminando hasta una cafetería cercana a la sala de conexiones.

Mientras esperaban los cafés, doña Mercedes sacó lentamente una pequeña fotografía de su bolso.

Era una imagen antigua.

Mariana tendría unos diez años.

Llevaba dos coletas y abrazaba un enorme libro de cuentos.

La anciana sonrió con nostalgia.

—Siempre fue igual de testaruda.

Mariana rió por primera vez desde que lo había detenido en el aeropuerto.

Una risa auténtica.

Nicolás la observó en silencio.

Era la primera vez que la veía sin miedo.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Doña Mercedes tomó la mano izquierda de Nicolás.

Miró detenidamente la alianza.

Después levantó la vista.

—Qué curioso.

Nicolás sintió un leve sobresalto.

—¿Qué pasa?

La anciana acarició el anillo con el pulgar.

—Las personas felices suelen rayar mucho sus alianzas.

La tuya está casi nueva.

El silencio cayó sobre la mesa.

Mariana dejó lentamente la taza sobre el plato.

Teresa sonrió por primera vez.

Era una sonrisa peligrosa.

—Mamá… no empieces.

Pero doña Mercedes seguía mirando el anillo.

—¿Cuándo dijeron que se casaron?

—Hace ocho meses —respondió Nicolás con serenidad.

Ella asintió despacio.

—Entonces… ¿por qué esa alianza tiene grabada otra fecha?

El corazón de Mariana dejó de latir por un instante.

Nicolás bajó la vista.

En el interior del anillo seguía grabada una inscripción que nunca había tenido fuerzas para borrar.

“Para siempre. Daniela. 14 de junio.”

Nadie habló.

Ni siquiera Teresa.

Porque la expresión del rostro de Nicolás ya no parecía la de un hombre improvisando una mentira.

Parecía la de alguien que acababa de recordar el día en que perdió la vida que había planeado.

Doña Mercedes levantó lentamente la mirada.

Y con una dulzura inesperada preguntó:

—Hijo… ¿a quién perdiste tú?

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