Mark seguía mirando el teléfono.
—¿Qué pasó? —preguntó Melanie.
Él no respondió.
Volvió a llamar al número que acababa de contactarlo.
Nadie contestó.
Entonces recibió un correo.
Lo abrió.
Su rostro pasó de pálido a gris.
—¿Mark? —insistió Marta.
Él levantó la mirada hacia mí.
—¿Qué hiciste?
Sonreí.
—Nada. Estoy aquí viendo cómo recoges tus cajas.
—¡No mientas! ¡Me suspendieron!
Brenda bajó lentamente el teléfono con el que estaba grabando.
—¿Del trabajo?
Mark apretó los dientes.
—Recursos Humanos abrió una investigación.
Melanie se quedó inmóvil.
Eso sí llamó mi atención.
—¿Por qué? —pregunté.
Mark me señaló.
—¡Por ella! Seguro llamó a mi empresa para vengarse.
—No he hablado con tu empresa.
Y era verdad.
No había necesitado hacerlo.
Mark había utilizado una tarjeta corporativa durante su supuesto “viaje de capacitación”.
Hotel.
Restaurante.
Alquiler de automóvil.
Y, según descubrí revisando nuestros movimientos, varios gastos relacionados con aquella boda.
La empresa simplemente había comenzado a hacer preguntas.
Entonces Melanie habló:
—Espera.
Miró a Mark.
—Tú me dijiste que el viaje estaba autorizado.
Silencio.
—Mark.
Él evitó sus ojos.
—Podemos hablarlo después.
—También dijiste que Jessica y tú llevaban meses separados.
Marta intervino inmediatamente.
—No empieces, Melanie. Mi hijo acaba de perder su trabajo por culpa de esta mujer.
—Está suspendido —corregí—. Todavía no lo han despedido.
Mark me lanzó una mirada furiosa.
—Cállate.
Melanie dio un paso atrás.
La emoción de novia recién casada había desaparecido de su rostro.
—¿Cuándo solicitaste el divorcio?
Nadie respondió.
Entonces llegó la pregunta.
Simple.
Perfecta.
La pregunta que hizo que hasta Brenda dejara de grabarme a mí y apuntara la cámara hacia su hermano.
—Mark… si anoche te casaste conmigo, ¿cuándo te divorciaste de Jessica?
Silencio absoluto.
Mark abrió la boca.
La cerró.
Melanie lo miró fijamente.
—Enséñame los papeles.
—No los tengo aquí.
—Entonces enséñamelos en tu teléfono.
—Melanie…
—¿Estás legalmente divorciado?
Mark no respondió.
No hacía falta.
Melanie retrocedió como si acabara de descubrir que el hombre frente a ella era un desconocido.
—Dijiste que todo estaba terminado.
—Lo estaba emocionalmente.
Solté una pequeña carcajada.
Melanie giró hacia mí.
—¿Ustedes siguen legalmente casados?
—Hasta donde sé, sí.
Marta empezó a gritar.
—¡Esto puede arreglarse!
Yo la miré.
—Claro.
Saqué una carpeta que había dejado preparada junto a la puerta.
—Por eso esta mañana contacté a una abogada.
Mark miró la carpeta.
Por primera vez desde que llegó, dejó de actuar como propietario de mi casa.
—Jessica…
—No.
Le entregué un sobre.
—A partir de ahora, cualquier conversación sobre nuestro matrimonio pasa por mi representante legal.
Su expresión se endureció.
—Después de siete años, ¿vas a tratarme así?
Miré las cajas.
Después a Melanie todavía vestida de novia.
—Tú terminaste siete años de matrimonio mediante un mensaje a las dos cuarenta y siete de la mañana.
Hice una pausa.
—Yo al menos te conseguí un sobre.
Brenda soltó una risa que intentó convertir en tos.
Marta la fulminó con la mirada.
Entonces el teléfono de Melanie empezó a vibrar.
Miró la pantalla.
Luego a Mark.
—Es Recursos Humanos.
Mark intentó detenerla.
—No contestes.
Eso hizo que contestara inmediatamente.
—¿Hola?
Todos observamos cómo cambiaba su rostro.
—Sí.
Pausa.
—Sí, estoy con él.
Otra pausa.
—¿Qué gastos?
Mark cerró los ojos.
Melanie se apartó varios metros.
—No. Yo no sabía que esa tarjeta pertenecía a la empresa.
Ahora comprendí.
No era únicamente la boda.
Había más.
Mucho más.
Melanie terminó la llamada y caminó hacia Mark.
—¿Pagaste nuestro hotel con dinero de la empresa?
—Era un adelanto.
—¿Y los vuelos?
Silencio.
—¿El restaurante?
Mark miró hacia otro lado.
—¿Mi anillo?
Aquello lo terminó.
Melanie se quitó lentamente la alianza.
—Dime que al menos esto lo pagaste tú.
Mark no pudo.
Ella dejó escapar una risa rota.
—Me casé con un hombre casado usando un anillo comprado con dinero que tampoco era suyo.
Marta corrió hacia ella.
—Cariño, escucha…
—No me llame cariño.
Melanie dejó el anillo sobre una de las cajas de Mark.
Después sacó su teléfono.
—Mi hermana viene por mí.
Mark intentó acercarse.
—Melanie, podemos solucionarlo.
—¿Solucionar cuál parte?
Lo miró con lágrimas en los ojos.
—¿Tu esposa?
Señaló mi casa.
—¿Tu mentira?
Señaló el teléfono.
—¿O la investigación de tu empresa?
Mark quedó completamente solo en medio de la entrada.
Entonces Brenda volvió a levantar su teléfono.
—¿Todavía estás grabando? —preguntó Marta.
—Todo.
Mark se volvió furioso.
—¡Apágalo!
Brenda retrocedió.
—No.
Por primera vez, su hermana dejó de obedecerlo.
—Porque hace diez minutos estabas diciendo que Jessica era una loca que intentaba destruirte.
Miró la pantalla.
—Ahora todos tenemos la grabación de quién está mintiendo.
Mark pareció comprender finalmente la magnitud del desastre.
Su esposa no lo dejaría entrar.
Su nueva “esposa” acababa de abandonarlo.
Su trabajo estaba bajo investigación.
Y su propia hermana tenía grabada cada contradicción.
Me miró.
—Jessica, necesito quedarme aquí unos días.
Casi sentí lástima.
Casi.
Señalé las cajas.
—Tu pequeña y triste vida está ahí.
Utilicé exactamente las palabras de su mensaje.
—Llévatela contigo.
Cerré la puerta.
Pero cinco minutos después, mi abogada llamó.
—Jessica, tenemos un problema.
Miré por la ventana.
Mark seguía discutiendo con su madre en la acera.
—¿Qué encontró?
—Revisamos los documentos que me enviaste.
Su tono cambió.
—Mark pidió un préstamo hace seis meses utilizando información relacionada con tu propiedad.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Mi casa?
—Sí.
—Pero yo nunca firmé nada.
Hubo un breve silencio.
—Precisamente.
Miré hacia afuera.
Mark levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
Y entonces comprendí por qué había regresado tan desesperado por entrar.
No venía por sus camisas.
Ni por su consola.
Ni siquiera venía porque creyera que todavía era dueño de aquella casa.
Venía buscando algo que había dejado dentro.
Algo con mi firma.

Solo que había cometido un error.
Yo era contadora.
Y si Mark había falsificado un solo documento financiero usando mi nombre, su matrimonio ilegal podía terminar siendo el menor de sus problemas.