Rodrigo dejó de sonreír.
—¿Decirme qué?
El doctor cerró el expediente con calma.
—Pensé que ya conocía los resultados de la valoración que se realizó hace cinco años.
Mariana permaneció en silencio.
No lo interrumpió.
No añadió una palabra.
Rodrigo frunció el ceño.
—Doctor, creo que me está confundiendo con otro paciente.
El médico revisó nuevamente el expediente.
—No, señor Salvatierra. Antes de continuar, necesito confirmar algo.
Miró a ambos.
—¿Desean hablar de este tema aquí, juntos?
Mariana respondió primero.
—Sí.
Rodrigo asintió con impaciencia.
—Por supuesto. No entiendo tanto misterio.
El médico respiró hondo.
—En su momento se realizó un estudio por dificultades para lograr un embarazo. Los resultados quedaron registrados en su historia clínica.
Hizo una pausa.
—Recuerdo haber intentado comunicarme con usted, pero quien recibió la llamada fue la señora Mariana.
Rodrigo giró lentamente hacia su esposa.
—¿Qué resultados?
Mariana sostuvo su mirada.
—Los mismos que decidiste no escuchar porque te fuiste antes de la consulta.
El silencio se volvió pesado.
El doctor continuó con tono profesional.
—No voy a entrar en detalles médicos innecesarios, pero el estudio describía un problema importante de fertilidad. Como ocurre con cualquier diagnóstico, siempre puede ser recomendable una nueva valoración o una segunda opinión si existen dudas.
Rodrigo sintió que el estómago se cerraba.
—Eso… eso no puede ser.
…
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente Rodrigo se volvió hacia Mariana.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Ella respondió sin elevar la voz.
—Te llamé doce veces ese día.
Mandé mensajes.
Pedí que regresaras al consultorio.
Elegiste no contestar.
Él bajó la mirada.
Por primera vez recordó aquella tarde.
El restaurante.
Las fotografías.
Valeria.
Y el teléfono vibrando una y otra vez sobre la mesa.
Lo había puesto en silencio.
…
Al salir del hospital, Rodrigo permanecía completamente callado.
Mariana caminó unos pasos delante de él.
No había satisfacción en su rostro.
Solo cansancio.
Cuando llegaron al estacionamiento, él habló por fin.
—Necesito entender qué está pasando.
Ella abrió la puerta del automóvil.
—Yo también lo necesité hace cinco años.
…
Esa noche, la gala de la fundación comenzó como estaba prevista.
Los fotógrafos rodeaban a Rodrigo y a Valeria.
Los invitados comentaban en voz baja.
Mariana observaba desde una mesa cercana.
Su abogada se acercó discretamente.
—¿Todo listo?
Mariana asintió.
—Los documentos están seguros.
—¿Y él?
Mariana miró a Rodrigo sosteniendo al bebé frente a las cámaras.
—Todavía no sabe ni la mitad de lo que ocurre.
…
Mientras tanto, uno de los miembros del consejo de administración pidió la palabra.
—Antes de comenzar con el programa, debemos revisar un asunto relacionado con algunos gastos de representación.
Rodrigo apenas prestó atención.
Pensó que sería una formalidad.
No imaginaba que, sobre la mesa del consejo, ya descansaba una carpeta con contratos, facturas y movimientos financieros cuya revisión apenas estaba comenzando.
Y que la pregunta que más iba a preocuparle en los días siguientes ya no sería la del médico…

Sino la que haría el auditor al abrir aquella carpeta:
—¿Quién autorizó que recursos de la empresa se utilizaran para cubrir gastos personales ajenos a la actividad corporativa?