Mariana volvió a mirar la fotografía de la póliza.
Treinta y ocho millones de pesos.
Beneficiaria: Valeria Robles.
No decía “esposa”.
No decía “pareja”.
Solo una palabra.
Amiga.
Respiró hondo y guardó el sobre exactamente donde lo había encontrado.
Cinco minutos después sonó su teléfono.
Era Renata.
—No toques nada.
—Ya tomé fotografías.
—Perfecto. Ahora escucha con atención.
La voz de su hermana cambió de tono.
—Esa póliza fue modificada hace apenas tres semanas.
Mariana frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el número de versión aparece en la esquina inferior. No es el contrato original.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Y eso qué significa?
Renata hizo una breve pausa.
—Que alguien cambió al beneficiario muy recientemente.
Esa misma tarde, el general Alejandro Rivas llegó a la base de Santa Lucía sin previo aviso.
No avisó al coronel.
No llamó al capitán.
Entró acompañado por un equipo de inspección.
El capitán Sergio Molina palideció al verlo.
—Mi general… no sabíamos que vendría.
—Precisamente.
Alejandro recorrió las instalaciones.
Revisó registros de ingreso.
Bitácoras.
Autorizaciones.
Cuando llegó al despacho de Diego, hizo una sola pregunta.
—¿Con qué frecuencia entra la ingeniera Valeria Robles a esta base?
Nadie respondió.
El silencio fue suficiente.
—Muéstrenme los registros.
Los documentos tardaron pocos minutos en aparecer.
Valeria no había entrado una o dos veces.
Había ingresado cuarenta y tres veces durante los últimos ocho meses.
Muchas de ellas en fines de semana.
Y varias permaneciendo dentro hasta altas horas de la noche.
Alejandro cerró lentamente la carpeta.
—¿Todas esas visitas eran oficiales?
El oficial administrativo tragó saliva.
—No… no todas.
Mientras tanto, Nicolás revisaba los contratos entre Grupo Santillán y la familia Aranda.
Al principio todo parecía normal.
Hasta que encontró una empresa desconocida.
VR Ingeniería Estratégica.
Director general:
Valeria Robles.
Los pagos comenzaron pequeños.
Después crecieron.
Consultorías.
Asesorías técnicas.
Supervisión.
En menos de un año había recibido más de ciento veinte millones de pesos en contratos indirectos.
Nicolás llamó inmediatamente a Mariana.
—Necesito que vengas.
Cuando ella llegó, él giró la pantalla.
—¿Conoces esta empresa?
Mariana negó lentamente.
—Nunca había oído ese nombre.
Nicolás amplió otro documento.
La dirección fiscal coincidía exactamente con un departamento comprado apenas seis meses atrás.
El comprador no era Valeria.
Era Diego.
Mariana cerró los ojos unos segundos.
Aquello ya no parecía una simple aventura.
Al anochecer, Alejandro llegó directamente a casa de su hermana.
No traía uniforme.
Solo una carpeta negra.
La dejó sobre la mesa.
—Encontré algo más preocupante que las visitas.
Mariana abrió el expediente.
Era una copia de la póliza de seguro.
Pero no era igual a la que ella había fotografiado.
En la última página aparecía una cláusula adicional.
Cobertura especial por fallecimiento accidental durante actividades relacionadas con funciones militares.
Mariana sintió un vacío en el estómago.
Alejandro habló con voz grave.
—Diego solicitó aumentar esa cobertura dos semanas antes de que nombraran a Valeria como beneficiaria.
Renata también observó el documento.
—Eso cambia completamente el panorama.
Mariana levantó lentamente la vista.
—¿Por qué?
Su hermana respondió sin rodeos.
—Porque alguien no solo estaba preparando una nueva vida.
Parecía estar preparándose para cobrar una indemnización.
En ese mismo instante sonó el teléfono de Alejandro.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Colgó despacio.
—Acaban de detener al agente de seguros que gestionó la póliza.
Mariana contuvo la respiración.
—¿Qué dijo?

Alejandro sostuvo la carpeta entre las manos.
—Que Diego no fue quien pidió incluir a Valeria como beneficiaria.
Hizo una pausa.
—Asegura que quien llevó toda la documentación y firmó la mayoría de los trámites fue… la propia Valeria Robles.