PARTE 2: LA PÓLIZA QUE LOS CONDENÓ

Mariana no respondió a ningún otro mensaje.

Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y permaneció inmóvil durante varios minutos, observando la fotografía familiar que descansaba junto a la lámpara del estudio.

En ella aparecía Diego con Mateo sobre los hombros, riendo bajo el sol de una playa de Veracruz.

Durante un instante quiso creer que aquel hombre todavía existía.

Pero el soldado, la caseta, la palabra “privacidad” y el nombre de Valeria habían destruido esa ilusión para siempre.

A las siete de la mañana siguiente, Nicolás llegó personalmente a la residencia de Mariana.

No llevaba café.

Ni saludó como siempre.

Entró con una carpeta negra bajo el brazo.

—Hay algo más.

Mariana levantó la vista.

—¿Peor que lo de anoche?

—Muchísimo peor.

Abrió la carpeta.

Dentro había una copia de una póliza de seguro de vida.

Treinta y ocho millones de pesos.

El asegurado era Diego Aranda.

La beneficiaria principal era Mariana Santillán.

Pero eso no era lo extraño.

Nicolás deslizó otra hoja.

—Hace quince días solicitaron modificar la póliza.

Mariana frunció el ceño.

—¿Modificarla cómo?

—Querían quitarte como beneficiaria.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y quién iba a quedar?

Nicolás respiró hondo.

—Valeria Robles.

El silencio cayó como una losa.

Mariana tomó los documentos con manos temblorosas.

—Eso es imposible.

—El trámite nunca terminó porque faltaba una firma y una validación bancaria. Legalmente, tú sigues siendo la única beneficiaria.

Mariana cerró la carpeta lentamente.

Algo no cuadraba.

Si Diego solo estaba reunido con una amiga por cuestiones de trabajo…

¿Por qué intentaba cambiar un seguro millonario sin decirle nada?

En ese momento sonó el teléfono de Nicolás.

Escuchó durante unos segundos y su expresión cambió por completo.

—¿Estás seguro?

Colgó.

Miró fijamente a su hermana.

—Hace media hora hubo un accidente dentro del campo militar.

Mariana sintió que el aire desaparecía.

—¿Diego?

—No lo saben todavía. Solo dijeron que un vehículo oficial explotó durante una prueba.

Sin pensarlo, Mariana salió de la casa.

Treinta minutos después llegó a la entrada del campo militar.

Esta vez nadie intentó detenerla.

Había ambulancias.

Patrullas.

Personal corriendo de un lado a otro.

El ambiente estaba cargado de humo y tensión.

El mismo soldado que la había rechazado el día anterior la reconoció de inmediato.

Su rostro estaba completamente pálido.

—Señora…

Ella caminó directamente hacia él.

—¿Dónde está mi esposo?

El muchacho tragó saliva.

—No puedo decirle…

—Ayer sí pudiste decirme que estaba con Valeria.

El soldado bajó la cabeza.

—Perdóneme.

Yo… yo no quería faltarle al respeto.

Solo obedecía órdenes.

Antes de que Mariana respondiera, apareció el capitán Sergio Molina.

El mismo hombre que había prohibido su entrada.

Ahora su uniforme estaba cubierto de polvo.

—Señora Mariana…

Necesitamos que nos acompañe.

—¿Por qué?

—Porque usted sigue siendo la beneficiaria legal del coronel Aranda.

Aquellas palabras hicieron que todo el lugar pareciera detenerse.

Mariana sintió que la sangre se le helaba.

—¿Está muerto?

El capitán guardó silencio.

Ese silencio respondió antes que cualquier palabra.

Mateo, que permanecía tomado de la mano de su madre, levantó la mirada con inocencia.

—¿Mi papá ya puede comer el caldo?

Mariana cerró los ojos con fuerza.

No lloró.

Todavía no.

El capitán los condujo hacia un edificio administrativo.

Mientras caminaban, Mariana observó a varios oficiales evitar su mirada.

Algunos incluso parecían sentir vergüenza.

Cuando entraron a la sala de juntas, encontró allí a Valeria Robles.

La mujer estaba impecablemente vestida, aunque tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

Al verla entrar, se levantó de golpe.

—Mariana… yo…

Pero Mariana levantó una mano.

—Ni una palabra.

Valeria se quedó inmóvil.

Entonces un funcionario de la aseguradora abrió un portafolio.

—Necesitamos confirmar algunos datos relacionados con la póliza de treinta y ocho millones de pesos y con la solicitud de cambio de beneficiario presentada recientemente.

Valeria perdió el color del rostro.

Mariana la observó fijamente.

No necesitaba preguntar nada.

La reacción de aquella mujer decía mucho más que cualquier explicación.

Y justo cuando el funcionario iba a mostrar el documento original con todas las firmas registradas, un militar entró apresuradamente en la sala.

—¡Alto!

Todos giraron la cabeza.

—El coronel Diego Aranda acaba de recuperar el conocimiento… y acaba de decir que esa solicitud nunca fue firmada por él.

El silencio fue absoluto.

Valeria dejó caer el bolso al suelo.

Y Mariana comprendió que el verdadero escándalo apenas estaba comenzando.

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