A las seis de la mañana en punto, Gabriel abrió la puerta.
Don Ernesto ya no tenía la expresión autoritaria del día anterior.
Tenía los ojos enrojecidos, la camisa arrugada y las manos temblando.
—Hijo… tenemos que hablar.
Gabriel permaneció inmóvil.
—¿Sobre qué?
—Por favor… déjame pasar.
Mariana apareció detrás de él con Mateo todavía en pijama.
Al ver a su abuelo, el niño dio un paso hacia atrás y se escondió detrás de su madre.
Ese pequeño gesto hizo que Ernesto bajara la cabeza.
Entró sin decir una palabra y tomó asiento en la sala.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente sacó un sobre amarillo completamente doblado.
—Anoche vino el abogado de tu madre.
Gabriel levantó lentamente la mirada.
—¿Qué abogado?
—El que administró su seguro de vida… el licenciado Salinas.
Ernesto dejó el sobre sobre la mesa.
—Encontró un documento que nunca debió desaparecer.
Gabriel abrió el sobre.
Era una copia certificada de la póliza de seguro contratada por su madre ocho años atrás.
Monto asegurado: 3.2 millones de dólares.
Beneficiario único: Gabriel Herrera.
Frunció el ceño.
—Esto es imposible.
—Eso mismo dijo el abogado… hasta que revisó los archivos originales de la aseguradora.
Mariana comenzó a leer las últimas páginas.
Entonces encontró una segunda copia.
Esa sí llevaba una modificación.
El nombre de Gabriel había sido sustituido por el de Verónica.
La fecha de modificación era apenas tres semanas después del funeral.
Y la firma…
No pertenecía a su madre.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Quién hizo esto? —preguntó Gabriel sin apartar los ojos del documento.
Ernesto rompió a llorar.
—No lo supe hasta anoche.
Respiró con dificultad antes de continuar.
—Pensé que tu madre había cambiado de opinión antes de morir.
Sacó un pañuelo del bolsillo.
—Pero el abogado descubrió que la póliza original nunca fue modificada legalmente. Alguien presentó una copia alterada.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Quién tenía acceso a esos documentos?
Ernesto cerró los ojos.
—Solo tres personas.
El abogado.
Yo…
Y Verónica.
En ese instante sonó el teléfono de Gabriel.
Era el licenciado Salinas.
—Señor Herrera, acaban de congelar todos los bienes adquiridos con el dinero del seguro. Cuatro departamentos, dos vehículos y varias cuentas bancarias quedaron asegurados por orden del juez.
Gabriel miró lentamente a su padre.
—¿Verónica ya lo sabe?
—Sí.
—¿Y Raúl?
Ernesto asintió con amargura.
—Intentaron vender uno de los departamentos esta madrugada… pero el notario recibió primero la orden judicial.

Un automóvil frenó bruscamente frente a la casa.
Segundos después comenzaron a escucharse golpes desesperados contra la puerta.
—¡Papá!
Era la voz de Verónica.
—¡Abre! ¡Esto tiene que ser un error!
Ernesto no se movió.
Por primera vez en muchos años comprendía que proteger a una hija había significado destruir al otro.
Y aquella mañana, la verdad acababa de llamar a la puerta con una orden judicial en la mano.
La parte 3 está en los comentarios.