Mariana no respondió.
Solo apagó el micrófono del teléfono y comenzó a grabar.
Al otro lado de la puerta, Teresa seguía hablando convencida de que su nuera estaba atrapada dentro de la habitación.
—No tardará mucho. La gasolina hace el resto.
Se escuchó otro golpe.
—¡Mamá! ¡Abre, por favor!
Esta vez la voz sonó desesperada.
Teresa dejó escapar un suspiro de impaciencia.
—Alejandro, deja de actuar. Ya es demasiado tarde.
Mariana cerró los ojos.
Aquella era exactamente la frase que necesitaba.
Porque quien estaba encerrado dentro de la habitación no era ella.
Era Alejandro.
Dos horas antes, él había llegado completamente borracho.
Creyendo que Mariana dormía, entró a la recámara principal y cayó vestido sobre la cama.
Ella no lo despertó.
Tomó una cobija, salió silenciosamente hacia el balcón exterior y activó el seguro de cristal que comunicaba con la habitación.
Después llamó a su abogado.
Y, siguiendo sus instrucciones, permaneció esperando.
No para escapar.
Sino para que la verdad se revelara sola.
Teresa acercó el cerillo a la puerta empapada de gasolina.
La madera comenzó a arder.
El humo invadió el pasillo.
Dentro, Alejandro empezó a toser.
—¡Mamá! ¡Soy Alejandro!
—¡No Mariana!
Por primera vez hubo silencio.
Un silencio breve.
Inquietante.
Luego Teresa respondió con irritación.
—Deja de perder el tiempo.
—No pienso abrir.
Las llamas crecieron.
Alejandro comenzó a golpear con todas sus fuerzas.
—¡Mamá, escúchame!
—¡Ella no está aquí!
—¡Soy yo!
Los golpes ya no parecían una actuación.
Eran frenéticos.
Desesperados.
Teresa dio un paso hacia atrás.
Fernanda apareció corriendo desde el otro extremo del pasillo.
—¿Qué pasa?
—Tu hermano está exagerando.
—Quiere asustarme.
Entonces volvió a escucharse un grito.
Esta vez acompañado por una fuerte tos.
—¡Me estoy quemando!
Fernanda palideció.
—Mamá…
—Esa voz…
Las dos se miraron.
Y comprendieron exactamente lo mismo al mismo tiempo.
Teresa soltó el cerillo.
Corrió hacia la cadena.
Intentó abrirla.
Pero el candado adicional que ella misma había colocado ya se había deformado por el calor.
No cedía.
—¡Alejandro!
Golpeó desesperadamente la puerta.
—¡Hijo!
Desde el balcón, Mariana observó toda la escena sin moverse.
Su abogado seguía escuchando la llamada.
También la central de emergencias.
Porque nunca había colgado.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Teresa perdió completamente el control.
—¡Traigan un hacha!
—¡Rompan la puerta!
Los guardias del fraccionamiento llegaron primero.
Después los bomberos.
Cuando derribaron la puerta, Alejandro salió arrastrándose entre humo y cenizas.
Tenía quemaduras en los brazos y el rostro cubierto de hollín.
Al ver a su madre, la empujó con una fuerza que la hizo caer al suelo.
—¡Me querías matar!
Teresa abrió la boca.
—Yo pensé…
—¡Pensaste que era Mariana!
El pasillo entero quedó en silencio.
Los bomberos giraron lentamente hacia ella.
Dos policías acababan de entrar detrás de ellos.
Uno de ellos llevaba una cámara corporal grabando desde que recibió el reporte.
Mariana apareció entonces desde el balcón lateral, completamente ilesa.
Su ropa estaba limpia.
Su teléfono seguía grabando.
Teresa sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—Tú…
—¿Cómo…?
Mariana levantó el celular.
—Porque antes de incendiar una casa…
…conviene asegurarse de quién está realmente dentro.
Y justo cuando Teresa creyó que aquello era lo peor que podía ocurrirle, uno de los agentes reprodujo por el altavoz la grabación obtenida minutos antes.

Su propia voz llenó toda la residencia.
“No necesitamos que nos perdone. Solo necesitamos que muera antes de que termine el divorcio.”
Las manos de Teresa comenzaron a temblar.
Pero la siguiente frase fue la que terminó de destruirla.
“Con el seguro de cuarenta millones pagaremos las deudas de Alejandro.”