Nicolás no dio un paso hacia la cuna.
Primero miró el techo.
Luego las ventanas.
Después cerró los ojos durante apenas un segundo, como si estuviera tratando de recordar algo que ya había visto en otro lugar.
Finalmente señaló una pared.
La que estaba justo detrás de la cuna de Santiago.
—¿Quién puso esa pared nueva? —preguntó.
Todos se quedaron en silencio.
Doña Mercedes soltó una carcajada de desprecio.
—¿Eso es todo? ¿Para eso trajiste a un niño de la calle?
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con “nueva”?
Nicolás caminó despacio hasta la habitación. No tocó al bebé. Ni siquiera se acercó demasiado.
Solo apoyó la palma de la mano sobre el muro.
—Huele raro.
La gobernanta, Teresa, intercambió una mirada rápida con uno de los empleados.
Mariana fue la única que lo notó.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Teresa bajó la cabeza.
—Nada, señora.
Nicolás siguió recorriendo la pared con la mano.
—En el pueblo donde vivía mi abuela había casas donde la gente se enfermaba porque guardaban cosas detrás de los muros. Animales muertos, productos químicos, humedad… A veces el problema no estaba en las personas.
Los catorce médicos habían buscado enfermedades.
Nadie había investigado la habitación.
Rodrigo miró alrededor por primera vez desde que su hijo enfermó.
La cuna.
Las cortinas.
El aire acondicionado.
La pared.
Todo seguía exactamente igual desde que remodelaron el cuarto cuatro meses atrás.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Quién hizo la remodelación?
Nadie respondió enseguida.
Hasta que Teresa habló casi en un susurro.
—La empresa del señor Fabián Salcedo.
Rodrigo levantó la vista.
—¿Mi contratista?
—Sí, señor.
Nicolás dio dos pequeños golpes con los nudillos sobre el muro.
El sonido era diferente.
Hueco.
Muy hueco.
Rodrigo también golpeó.
La mitad izquierda sonó sólida.
La parte detrás de la cuna respondió con un eco metálico.
Los seis empleados presentes dejaron de respirar.
Doña Mercedes intentó restarle importancia.
—Todas las casas tienen muros falsos.
Pero Mariana ya estaba mirando a su esposo.
—Rodrigo… esa parte no existía antes de la remodelación.
Él recordó los planos.
Recordó que Fabián insistió varias veces en “engrosar” ese muro para ocultar instalaciones eléctricas.
Nunca preguntó más.
Había firmado el presupuesto sin leer cada detalle.
Nicolás retrocedió un paso.
—Yo no sé qué hay ahí.
Miró al bebé.
—Pero si fuera mi hermanito, no lo dejaría dormir pegado a esa pared.
El comentario cayó como una piedra.
Mariana actuó sin pensarlo.
Tomó a Santiago entre sus brazos y salió inmediatamente de la habitación.
El bebé seguía respirando con dificultad, pero apenas estuvo lejos de la cuna dejó de llorar por unos segundos.
Nadie habló.
Rodrigo lo notó.
—Hace… días que no se calmaba así.
Doña Mercedes negó con la cabeza.
—Coincidencia.
Mariana no respondió.
Solo abrazó más fuerte a su hijo.
Rodrigo llamó al jefe de mantenimiento.
—Traigan herramientas.
Teresa abrió mucho los ojos.
—¿Ahora mismo?
—Ahora.
Veinte minutos después, dos trabajadores llegaron con martillos y una pequeña cámara para inspección.
El primero golpe apenas levantó polvo.
El segundo abrió una grieta.
El tercero dejó al descubierto un espacio vacío de casi cuarenta centímetros.
Un olor intenso salió del interior.
No era olor a humedad.
Era un olor químico.
Picaba en la nariz.
Nicolás dio un paso hacia atrás.
—Eso fue lo que olí.
Uno de los trabajadores iluminó el interior con una linterna.
Había tubos.
Conductos.
Y varias bolsas negras envueltas con cinta industrial.
Rodrigo sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Qué demonios es eso?
Nadie respondió.
El trabajador rompió con cuidado una de las bolsas.
Dentro aparecieron recipientes metálicos sin etiqueta y un pequeño ventilador oculto conectado a un ducto que desembocaba justo detrás de la cabecera de la cuna.
Mariana sintió que las piernas le fallaban.
—¿Ese aire… salía hacia mi bebé?
El hombre de mantenimiento asintió lentamente.
—Parece que sí.
Rodrigo tomó el teléfono.
—Llamen inmediatamente a Protección Civil y a un laboratorio ambiental. Nadie toca nada más.
Doña Mercedes seguía sin aceptar lo que veía.
—Eso debe ser material de construcción olvidado.
Pero Teresa rompió el silencio.
Tenía el rostro completamente pálido.
—No…
Todos voltearon hacia ella.
La mujer empezó a llorar.
—Yo vi cuando regresaron una noche.

Rodrigo frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—El señor Fabián… y dos hombres más.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Cuándo?
—Dos días antes de que Santiago empezara a enfermarse.
Rodrigo dio un paso hacia la empleada.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Teresa comenzó a temblar.
—Porque me hicieron firmar un papel de confidencialidad… y después me amenazaron. Dijeron que si hablaba, mis hijos perderían el trabajo que les consiguieron.
El silencio fue absoluto.
Nicolás observaba todo desde la puerta.
No parecía orgulloso.
Solo triste.
Como alguien acostumbrado a que los adultos encontraran demasiado tarde aquello que los niños sí se detenían a mirar.
En ese momento sonó el teléfono de Rodrigo.
Era Fabián Salcedo.
Rodrigo respondió sin apartar la vista del muro abierto.
—¿Qué quieres?
La voz del contratista sonó nerviosa.
—Ingeniero… acabo de enterarme de que rompieron la pared del cuarto del bebé.
Rodrigo se quedó helado.
Nadie, excepto las personas dentro de la mansión, sabía lo que acababan de descubrir.
Miró lentamente a los seis empleados.
Uno de ellos acababa de avisarle a Fabián.
Y quien estuviera pasando información seguía dentro de su propia casa.