PARTE 2: LA PALABRA QUE MI HIJA NO DEBÍA LLEVAR

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

Me arrodillé frente a Ava.

Con mucho cuidado levanté su barbilla.

—Cariño… mírame.

Ella negó lentamente con la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra sobre la capa rosa.

—Lo siento, mamá.

Aquellas palabras terminaron de romperme.

Una niña de ocho años no debería disculparse por haber sido lastimada.

La abracé con fuerza.

—No tienes nada que sentir.

Su cuerpo temblaba como una hoja.

Marisol tomó discretamente su teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Ava reaccionó de inmediato.

—¡No!

Se aferró a mi cuello con desesperación.

—¡Por favor, no!

Todo el salón quedó en silencio.

—Si vienen… él se va a enfadar mucho.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Quién, cariño?

Ella volvió a esconder el rostro.

No respondió.


Marisol cerró lentamente el salón unos minutos antes de la hora habitual.

Pidió a las demás clientas que esperaran fuera.

Solo quedamos nosotras tres.

Sacó una pequeña linterna y examinó cuidadosamente el cuero cabelludo de Ava.

Su expresión era cada vez más seria.

—Esto no ocurrió hace unos días.

Me miró.

—Hay varias heridas con diferentes tiempos de cicatrización.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien la ha estado lastimando repetidamente.

Miré a mi hija.

Durante meses había usado el cabello largo recogido en una coleta.

Jamás imaginé que debajo escondía todo aquello.

Marisol señaló otra pequeña cicatriz.

—Mire aquí.

Había una línea fina.

Casi invisible.

—¿También es…

Ella asintió.

—Sí.

No era la primera vez que alguien le cortaba el pelo contra su voluntad.


Respiré profundamente.

—Ava…

Esperé hasta que levantó la vista.

—Necesito que me digas la verdad.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Él dijo que si hablaba…

Se quedó callada.

—¿Quién?

Las palabras tardaron varios segundos en salir.

—El entrenador.

Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué entrenador?

—El de gimnasia.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Tom Harris.

Llevaba más de quince años trabajando con niños.

Toda la ciudad lo conocía.

Todos los padres confiaban en él.

Ava comenzó a llorar.

—Cuando saco un diez me dice que soy una campeona.

—Pero cuando me equivoco…

Se llevó una mano a la nuca.

—Dice que las mentirosas no merecen llevar el pelo bonito.

Marisol cerró los ojos.

Yo apenas podía respirar.


Saqué lentamente el teléfono.

—Vamos a irnos al hospital.

Ava agarró mi muñeca.

—Mamá…

—¿Sí?

Su voz apenas era un susurro.

—No fui la única.

Sentí que el tiempo se detenía.

—¿Qué quieres decir?

Ella tragó saliva.

—Emily también tiene una palabra.

—¿Emily?

Asintió.

—Y Sophie.

—Y Lily.

Cada nombre era otra puñalada.

—Él nos decía que era un juego secreto de campeonas.

Marisol dejó escapar un jadeo.

Yo ya no podía pensar.

Solo veía una posibilidad.

Si mi hija decía la verdad…

No estaba frente a un caso aislado.

Había más niñas.

Muchas más.


En ese instante sonó mi teléfono.

En la pantalla apareció el nombre de mi esposo.

Contesté inmediatamente.

—¿Dónde están? —preguntó con tranquilidad.

Miré a Ava.

Ella había empezado a temblar otra vez.

—¿Qué pasa? —insistió él.

Respiré hondo.

—Necesito que vengas al salón ahora mismo.

Hubo un breve silencio.

—¿Qué ocurrió?

Miré una última vez la palabra escrita sobre el cuero cabelludo de mi hija.

—Acabo de descubrir que alguien ha estado torturando a nuestra hija durante meses.

Mi esposo respondió de inmediato.

—Salgo ahora mismo.

Pero antes de colgar, Ava comenzó a gritar desesperadamente.

—¡No!

Los tres la miramos.

Ella lloraba sin poder controlar la respiración.

Y entonces pronunció una frase que dejó el salón completamente en silencio.

—¡No dejes que papá venga… porque el entrenador siempre habla con él después de cada entrenamiento!

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