Rebeca abrió el sobre con manos temblorosas.
Las primeras hojas parecían simples estados financieros. Sonrió con desdén.
—¿Eso era todo?
Pero al llegar a la página seis, su expresión se congeló.
En la esquina superior aparecía el nombre de una empresa.
Grupo Armonía Integral, S.A. de C.V.
Debajo, doce transferencias realizadas en menos de dieciocho meses.
Setenta mil pesos.
Ochenta mil.
Ciento veinte mil.
Hasta sumar $840,000.
Todas autorizadas desde las cuentas del Hotel Gran Jacaranda.
Todas dirigidas a la misma empresa.
Ernesto tomó los papeles.
—¿Quién es el beneficiario?
Valeria respondió desde el otro lado de la puerta.
—Voltea la última hoja.
Él lo hizo.
El acta constitutiva mostraba un nombre que le hizo perder el color del rostro.
Julián Rivas.
El hijo de Rebeca.
Su hijastro.
El muchacho que nunca había trabajado un solo día en el hotel.
—Eso… eso no puede ser —murmuró Ernesto.
Rebeca reaccionó de inmediato.
—¡Es un proveedor!
—¿Proveedor de qué? —preguntó Valeria con serenidad—. Porque jamás entregó un solo servicio.
El pasillo quedó en silencio.
Ernesto volvió a revisar los documentos.
No había contratos.
No existían facturas válidas.
Solo autorizaciones de pago.
Y todas llevaban la misma firma.
La suya.
—Yo… no recuerdo esto…
—Porque nunca te enseñaban el expediente completo —dijo Valeria—. Tú firmabas paquetes de documentos preparados por la dirección administrativa.
Rebeca dio un paso atrás.
—¡Estás inventando todo!
—No.
Valeria deslizó un segundo sobre bajo la puerta.
—Ahí están los correos electrónicos.
Ernesto los leyó uno tras otro.
“Autorizar antes del cierre del mes.”
“No mostrar estos movimientos en el informe para Valeria.”
“Usar la cuenta habitual.”
Cada mensaje terminaba con el mismo remitente.
Rebeca Montes.
Ella sintió que el aire le faltaba.
—Eso… alguien los falsificó.
—Los obtuvo el auditor externo antes de que esta noche bloqueara todos los accesos al sistema.
Ernesto levantó lentamente la mirada.
Durante años había confiado la administración diaria a su esposa.
Jamás imaginó que pudiera utilizar el hotel para beneficiar a su propio hijo.
—Rebeca… dime que esto tiene una explicación.
Ella intentó tomarle el brazo.
—Ernesto, escúchame…
Él se apartó por primera vez.
El gesto fue pequeño.
Pero Valeria supo que algo acababa de romperse.
En ese momento sonó un teléfono.
Era el de Ernesto.
Contestó.
—¿Bueno?
Del otro lado habló el director financiero.
—Señor Montes, ya no podemos acceder a las cuentas del hotel.
—¿Cómo que no?
—La nueva propietaria activó el cambio de firmas. Todos los movimientos requieren su autorización personal.
Ernesto cerró los ojos.
Por primera vez comprendió que aquello no era una amenaza.
Era una realidad jurídica.
El hotel ya no le pertenecía.
Rebeca intentó recuperar el control.
—¡Dile que revierta todo! ¡Es tu hija!
Ernesto permaneció inmóvil.
Valeria habló con voz firme desde el interior del departamento.
—Papá, mañana a las nueve habrá una reunión con los auditores, el banco y mi abogado.
Hizo una breve pausa.
—Si quieres ayudar al hotel, preséntate solo.
Del otro lado nadie respondió.
Rebeca quiso protestar, pero Ernesto levantó una mano para detenerla.
Era la primera vez en años que la hacía callar.
Los pasos comenzaron a alejarse por el pasillo.
Valeria esperó hasta que el ascensor se cerró.
Entonces respiró profundamente.

Sabía que recuperar el hotel sería la parte sencilla.
Lo verdaderamente difícil sería enfrentar lo que los auditores descubrirían al revisar los últimos cinco años de administración.
Porque los $840,000 apenas eran el primer movimiento sospechoso.
Y el informe completo hablaba de una cifra diez veces mayor.