PARTE 2: LA PÁGINA CUARENTA Y UNO

Gabriel no durmió.

Pasó toda la noche sentado en el catre de la celda, repasando una y otra vez cada detalle del expediente.

Había aprendido hacía muchos años que las pruebas de ADN rara vez mentían.

Las personas sí.

A las ocho de la mañana llegó su abogada.

Se llamaba Julia Salas.

No llevaba expresión de consuelo.

Llevaba una caja llena de documentos.

—Conseguí copia íntegra de la carpeta de investigación.

La dejó sobre la mesa metálica.

—No me interesa el resumen —dijo Gabriel—. Quiero absolutamente todo.

Julia asintió.

—Pensé que dirías eso.

Durante más de tres horas revisaron informes periciales, fotografías, registros telefónicos y análisis genéticos.

Todo parecía impecable.

Demasiado impecable.

Hasta que Gabriel llegó a la página cuarenta y uno.

Su mano se detuvo.

Volvió a leer.

Luego acercó el documento a la luz.

—Julia…

Ella levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Gabriel señaló una línea casi perdida entre los datos técnicos.

—Aquí.

El informe describía el procedimiento utilizado para aislar el ADN encontrado bajo las uñas de Valeria.

Debajo aparecía una observación de laboratorio:

“Presencia de solución estabilizadora BX-17 para preservación celular.”

Julia frunció el ceño.

—¿Y eso?

Gabriel sintió un escalofrío.

—Eso no debería estar ahí.

—¿Por qué?

Respiró despacio.

—Porque la BX-17 no existe de forma natural.

Es un compuesto sintético.

Solo se utiliza para conservar células durante procedimientos de reproducción asistida e investigación genética.

Julia permaneció en silencio.

Gabriel continuó.

—Si esas células realmente provenían de un forcejeo reciente…

Golpeó suavemente la página.

—…no tendrían restos de BX-17.

La única forma de encontrar ese compuesto es que las muestras hubieran permanecido almacenadas en condiciones de laboratorio.

La abogada comprendió inmediatamente.

—¿Estás diciendo que alguien utilizó ADN conservado?

Gabriel cerró lentamente el expediente.

—Eso estoy diciendo.

Julia pidió una audiencia urgente.

Aquella misma tarde comparecieron ante la fiscal Ana Lucía Montes.

Gabriel colocó el informe abierto sobre la mesa.

—¿Leyó usted la página cuarenta y uno?

La fiscal respondió con seguridad.

—Por supuesto.

—Entonces sabe qué significa BX-17.

Ella dudó apenas un segundo.

Ese segundo bastó.

Gabriel continuó.

—No estoy cuestionando el resultado de la prueba genética.

Estoy cuestionando el origen de la muestra.

La fiscal hojeó el expediente.

—Eso deberá responderlo el laboratorio.

—Exactamente.

Se inclinó hacia delante.

—Porque alguien no obtuvo mi ADN durante un homicidio.

Alguien obtuvo mi ADN de una muestra conservada hace quince años.

La sala quedó en silencio.

Esa misma noche la orden judicial permitió inspeccionar la antigua clínica de fertilidad.

El edificio ya no existía como antes.

Había sido vendido y remodelado.

Sin embargo, el archivo biológico permanecía almacenado en un sótano alquilado.

Los investigadores encontraron decenas de cajas.

Historiales médicos.

Registros de embriones.

Muestras criogénicas.

Y un libro de acceso manual.

Gabriel pasó lentamente las páginas.

Entonces encontró su apellido.

RIVAS – FERRER

Fecha.

Quince años atrás.

En la columna de destino no aparecía la palabra DESTRUCCIÓN.

Aparecía otra muy distinta.

TRANSFERENCIA.

Julia sintió un vuelco en el estómago.

—¿Transferencia… a dónde?

El encargado del archivo respondió mientras revisaba los códigos.

—Aquí solo aparece un número de expediente.

Nada más.

Gabriel observó el código.

Lo conocía.

No pertenecía a un paciente.

Era un identificador interno utilizado únicamente para investigaciones privadas.

Cuando salían del edificio, Julia recibió una llamada.

Escuchó apenas unos segundos.

Su rostro perdió el color.

—Gabriel…

—¿Qué ocurre?

—Acaban de identificar quién autorizó personalmente esa transferencia.

Él permaneció inmóvil.

—¿Quién?

Julia tragó saliva antes de responder.

—No fue el director de la clínica.

No fue tu exesposa.

Fue alguien que conoces mucho mejor.

Gabriel sintió un nudo en el pecho.

—¿Quién?

Ella pronunció el nombre lentamente.

—Tu propio padre.

Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla…

Gabriel comprendió que la trampa no había nacido con el asesinato de Valeria.

Había empezado quince años antes…

Dentro de su propia familia.

Continuará…

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