PARTE 2: LA OTRA TRAICIÓN

Lucas llamó a Marina antes incluso de buscarme.

Ni una sola llamada para su esposa.

Ni una sola pregunta sobre dónde había pasado la noche.

Solo marcó el número que conocía de memoria.

—Marina, necesito que me prestes veinte mil yuanes. Elena canceló todas las cuentas y…

La llamada se cortó.

Volvió a marcar.

Directo al buzón.

Frunció el ceño.

—Qué raro…

Mi suegra apareció en la cocina envuelta en su bata.

—¿Ya habló esa desagradecida?

Lucas negó con la cabeza mientras abría la aplicación del banco.

Entonces palideció.

La transferencia automática que cada mes enviaba a Marina había sido rechazada.

Saldo insuficiente.

Por primera vez en años, descubrió cuánto dinero tenía realmente.

Casi nada.

Su salario acababa de entrar la semana anterior.

Pero la cuota de la hipoteca de Marina, los intereses de sus propias tarjetas y varios préstamos personales habían consumido prácticamente todo.

Mientras tanto, el administrador del edificio llamó al timbre.

—Señor Herrera, el mantenimiento sigue pendiente.

—Lo pagaré en unos días.

—Lo siento. La administración ya recibió la instrucción de la titular del apartamento.

Lucas levantó la vista.

—¿Qué instrucción?

—Que cualquier asunto relacionado con este inmueble debe tratarse únicamente con la señora Elena.

Mi suegra dio un paso adelante.

—¿Qué tonterías dice?

El administrador abrió una carpeta.

—Ella figura como única propietaria desde hace seis años.

Los dos quedaron inmóviles.

Lucas sintió un nudo en el estómago.

Siempre creyó que aquel apartamento pertenecía al matrimonio.

Jamás imaginó que Elena lo había comprado antes de casarse utilizando el anticipo que recibió por un proyecto internacional.

Él solo había pagado algunos muebles.

Y, aun así, durante años se presentó como el dueño.

Cuando el administrador se marchó, Lucas volvió a llamar a Marina.

Nada.

Cinco minutos después decidió conducir hasta su edificio.

El portero lo reconoció inmediatamente.

—Buenos días, señor.

—¿Marina está en casa?

El hombre dudó unos segundos.

—La señora Marina se mudó hace tres días.

Lucas sintió un golpe en el pecho.

—¿Cómo que se mudó?

—Vendió el apartamento. Ayer terminaron de sacar los muebles.

—Eso es imposible. Aún debía más de la mitad de la hipoteca.

El portero frunció el ceño.

—No, señor. La deuda quedó liquidada hace más de un año.

Lucas sintió que las piernas le temblaban.

Durante doce meses había seguido enviándole más de veinte mil yuanes cada mes.

Si la hipoteca ya estaba pagada…

¿Adónde había ido todo ese dinero?

Corrió hacia su automóvil.

Revisó compulsivamente los comprobantes de transferencia.

Más de dos millones ochocientos mil yuanes enviados en nueve años.

Nunca pidió un recibo.

Nunca preguntó.

Porque confiaba ciegamente en Marina.

En ese momento recibió una notificación del banco.

“No fue posible procesar una compra por 186.000 yuanes.”

La tarjeta asociada era la suya.

Pero la compra había sido intentada en una boutique de lujo del aeropuerto internacional.

Lucas llamó inmediatamente al banco.

—¡Bloqueen esa tarjeta!

La operadora respondió con calma.

—Señor Herrera, la tarjeta adicional fue utilizada durante los últimos cuatro años por la señora Marina Salazar con autorización permanente.

Él quedó sin palabras.

—¿Cuánto… cuánto ha gastado?

La empleada guardó silencio unos segundos mientras revisaba el historial.

—Entre compras, hoteles, viajes y retiros en efectivo… aproximadamente tres millones cuatrocientos mil yuanes.

El teléfono casi se le cayó de las manos.

Marina no solo había recibido su salario cada mes.

También utilizaba sus tarjetas.

Y él jamás revisó un solo estado de cuenta porque Elena era quien pagaba las deudas cuando llegaban.

Mientras Lucas permanecía inmóvil dentro del automóvil, sonó otro mensaje.

Era un correo electrónico.

Asunto:

“Solicitud de divorcio recibida.”

Abrió el archivo con manos temblorosas.

Al final del documento aparecía una frase escrita por Elena.

“Durante nueve años financiaste la vida de otra mujer creyendo que eras un héroe. Lo que nunca descubriste es que la única persona que realmente sostuvo esta familia… fui yo.”

Pero lo que hizo que el rostro de Lucas perdiera todo el color no fue aquella frase.

Fue el último documento adjunto.

Un informe elaborado por un investigador privado.

En la primera página aparecía una fotografía de Marina abrazando a un hombre desconocido frente a una villa en Singapur.

Debajo de la imagen solo había una línea.

“Su prometido. La boda está programada para dentro de quince días.”

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