Rodrigo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
La grabadora seguía reproduciendo el eco de los gritos de Camila, pero él ya no escuchaba el resto. Solo había una frase clavándose una y otra vez en su cabeza.
—“Entonces sáquenlo antes de llevarla al hospital.”
Con las manos temblando, apagó el dispositivo.
Durante años había enfrentado emboscadas, explosiones y tiroteos. Había visto morir compañeros en combate sin perder el control.
Pero nunca había sentido un odio tan frío.
Guardó la grabadora dentro de la chamarra y tomó fotografías de toda la casa: la silla rota, las manchas ocultas bajo el cloro, los muebles desplazados, las marcas de arrastre sobre el piso de mármol.
No tocaría nada más.
Cada detalle podía convertirse en una prueba.
Cuando salió, dos camionetas negras estaban estacionadas frente a la propiedad.
Cuatro hombres de traje fingían revisar sus teléfonos.
Rodrigo los reconoció de inmediato.
No eran policías.
Eran escoltas privados de los Lobo.
Uno de ellos habló por un pequeño audífono.
—Ya salió.
Rodrigo fingió no notarlo.
Subió a su camioneta y condujo hacia el hospital sin mirar por el espejo retrovisor.
Solo cuando tomó una ruta secundaria comprobó que las dos camionetas seguían detrás.
Lo estaban vigilando.
Sonrió apenas.
Habían cometido el primer error.
Ahora sabía que tenían miedo.
En la UCI encontró a la doctora Valeria Méndez revisando el expediente de Camila.
Ella levantó la vista.
—Necesito hablar con usted a solas.
Entraron en una pequeña oficina.
Valeria cerró la puerta con llave.
—Oficialmente, su esposa llegó por un supuesto robo.
Rodrigo dejó la grabadora sobre el escritorio.
—Eso es mentira.
La doctora guardó silencio unos segundos.
Luego respiró hondo.
—Lo sé.
Sacó una carpeta del cajón.
Dentro había radiografías.
Treinta y una fracturas.
Costillas.
Clavícula.
Brazo izquierdo.
Dos vértebras fisuradas.
La pelvis prácticamente destruida.
—Estas lesiones no corresponden a una sola agresión —explicó—. Fueron golpes sistemáticos. Algunos ocurrieron mientras ella ya estaba en el suelo.
Rodrigo apretó los dientes.
—¿Y el bebé?
Valeria bajó la mirada.
—Cuando llegó todavía tenía signos vitales.
El corazón de Rodrigo empezó a latir con fuerza.
—¿Dónde está?
La doctora dudó.
—Eso es precisamente lo extraño.
Abrió otra hoja.
—No existe registro del procedimiento obstétrico.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—Que alguien eliminó toda la información.
El silencio llenó la habitación.
—No hay acta de nacimiento.
—No hay certificado de defunción.
—No hay historial quirúrgico.
Como si el bebé jamás hubiera existido.
En ese instante llamaron a la puerta.
Una enfermera entró apresurada.
—Doctora…
Miró a Rodrigo antes de continuar.
—La familia Lobo exige entrar a verla.
Rodrigo salió al pasillo.
Don Octavio esperaba rodeado por sus siete hijos.
Vestía el mismo traje impecable.
Ni una arruga.
Ni una señal de preocupación.
—Solo queremos visitar a nuestra hija.
—No.
Bruno sonrió con desprecio.
—No puedes impedirlo.
Rodrigo dio un paso al frente.
—Sí puedo.
Dos militares aparecieron detrás de él.
Habían llegado desde la base apenas recibieron su llamada.
Los soldados bloquearon el acceso a la UCI.
Don Octavio cambió apenas la expresión.
Fue una sonrisa mínima.
—Estás convirtiendo esto en un problema muy grande.
Rodrigo lo miró fijamente.
—No.
Sacó lentamente la grabadora del bolsillo.
—El problema acaba de empezar para ustedes.
Por primera vez, el color desapareció del rostro de Mateo.
Sus ojos se clavaron en aquel pequeño aparato gris.
Bruno también dejó de sonreír.
Solo don Octavio permaneció inmóvil.
—No sé qué crees tener ahí.
—Lo suficiente para abrir una investigación federal.
El anciano dio media vuelta sin responder.
Pero mientras se alejaba murmuró algo que únicamente Mateo alcanzó a escuchar.
—Esta noche recuperen esa grabadora.
Rodrigo no oyó aquellas palabras.

Sin embargo, un viejo sargento que custodiaba la puerta sí las escuchó perfectamente.
Y, en silencio, llevó la mano al radio militar.
Porque comprendió que antes de que amaneciera… alguien intentaría matar al capitán Salgado para borrar la única prueba que podía destruir a toda la familia Lobo.