No dormí un solo minuto.
Volví a dejar el sobre exactamente donde lo había encontrado y acomodé el cajón con el mismo ángulo en que Mauricio lo había cerrado. Si descubrían que alguien había revisado sus papeles, improvisarían otro plan. Yo necesitaba saber hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
A las siete de la mañana, Mauricio apareció con café y una sonrisa demasiado perfecta.
—Dormiste fatal, ¿verdad?
—La mudanza todavía me tiene agotada.
Me besó la frente como si nada hubiera pasado.
Ese gesto, que antes me daba paz, ahora me revolvía el estómago.
Una hora después llegó el supuesto asesor financiero.
Traje azul, portafolio negro y un maletín lleno de formularios.
—Buenos días, señora Natalia. Solo necesitamos unas firmas para iniciar el trámite.
Observé la carpeta.
No era la misma que aparecía en el video, pero reconocí el logotipo del despacho.
—Antes quiero leer todo con calma.
Graciela soltó una risa.
—Ay, hija, siempre tan desconfiada. Mauricio ya revisó todo.
—Precisamente porque es mi casa, quiero entender cada hoja.
El hombre intentó mantener la calma.
—Son documentos rutinarios.
—Entonces no tendrá problema en dejarme copias para revisarlas con mi abogado.
Los tres se quedaron inmóviles.
Fue apenas un segundo.
Pero bastó para confirmar que el video decía la verdad.
Mauricio fue el primero en reaccionar.
—¿Desde cuándo necesitas abogados para confiar en tu esposo?
Lo miré fijamente.
—Desde que la casa está únicamente a mi nombre.
El silencio cayó como una piedra.
Graciela cambió inmediatamente de estrategia.
—Natalia, hijo y mujer deben compartirlo todo. Tu padre habría querido que confiaras en Mauricio.
Sentí una punzada al escuchar el nombre de mi padre en boca de quien llevaba días intentando quedarse con su herencia.
Respiré hondo.
—Mi padre también me enseñó que jamás debía firmar un documento sin leerlo.
El supuesto asesor cerró lentamente la carpeta.
—Podemos volver otro día.
—Sí —respondí sonriendo—. Cuando mi notario esté presente.
Vi cómo Mauricio apretaba la mandíbula.
Aquello no formaba parte de su plan.
Cuando los acompañé hasta la puerta, fingí ir al baño. En realidad, subí rápidamente a la planta alta y observé desde la ventana.
Los tres permanecieron junto al automóvil durante varios minutos.
Discutían.
Mauricio golpeó el techo del coche con frustración.
Graciela miró hacia la casa para asegurarse de que yo no pudiera verla.
Entonces abrió su bolso y entregó un teléfono desechable al hombre del traje.
Él marcó un número.
La llamada duró menos de treinta segundos.
Cuando terminó, pude leer perfectamente el movimiento de sus labios.
—La opción B.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No sabía en qué consistía ese plan, pero comprendí algo mucho peor.
La falsificación de mi firma solo era el primer intento.

Si no conseguían la casa con documentos… estaban dispuestos a obtenerla de otra manera.
Y esa misma tarde descubrí cuál era realmente la opción B.
No querían convencerme de vender.
Querían lograr que la policía creyera que yo había cometido un delito dentro de mi propia casa.