—De hecho, desde este mismo momento… trabajarás directamente para mí.
Me quedé inmóvil.
—¿Como qué?
Darlene abrió un segundo documento.
—Como jefe de seguridad personal.
Solté una risa nerviosa.
—Señora Stanley, yo limpio oficinas.
—Antes serviste en el ejército.
La miré.
—Eso fue hace quince años.
—Pero no olvidaste cómo observar una habitación.
Deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era un hombre entrando en el estacionamiento de la empresa.
—Este hombre lleva tres meses siguiéndome.
Miré la imagen con atención.
Entonces reconocí algo.
—Ese coche estuvo ayer frente al colegio de mi hija.
Darlene levantó lentamente la mirada.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Lo vi cuando fui a recogerla.
Su expresión cambió.
Por primera vez, parecía realmente preocupada.
—Entonces ya no se trata solamente de mí.
Cerró la carpeta.
—Alguien sabe que tienes una hija.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Quién?
Darlene no respondió.
En lugar de eso, sacó un teléfono y me mostró un mensaje recibido cinco minutos antes.
“Si Blake acepta el trabajo, su hija será la primera en pagar las consecuencias.”
Apreté los puños.
—¿Quién envió esto?
—Todavía no lo sabemos.
Darlene tomó el maletín con los 85.000 dólares y lo cerró.
—Ahora entiendes por qué te elegí.
Me levanté.
—¿Y si rechazo?
—Te llevas el dinero, renuncias y desapareces.
—¿Y si acepto?
Darlene sostuvo mi mirada.
—Te quedas a mi lado hasta descubrir quién está detrás de esto.
Guardé silencio.
Entonces mi teléfono vibró.
Era la escuela de Abigail.
Contesté inmediatamente.
La voz de la directora sonaba extrañamente nerviosa.
—Señor Blake… ¿conoce usted al hombre que acaba de recoger a su hija?
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué hombre?
Hubo un silencio.
—Dijo que usted lo había enviado.
Miré a Darlene.
Ella ya estaba de pie.
—Blake —dijo en voz baja—, no salgas de este edificio.

Pero yo ya estaba corriendo hacia el ascensor.
Porque alguien acababa de llevarse a mi hija.
Y esa persona conocía mi nombre.