PARTE 2: LA OFERTA QUE LOS ARRUINÓ

Pensaba obligarla a elegir entre salvar a su familia… o salvar a mi marido.


Tres días después de regresar a Londres, entré en la sala principal del consejo del Grupo Qin.

Las paredes de cristal reflejaban el amanecer sobre Canary Wharf.

Doce directores ya estaban sentados.

Cuando ocupé la cabecera de la mesa, ninguno mostró sorpresa.

Solo respeto.

El director Hayes deslizó una carpeta hacia mí.

—Shengheng aumentó su oferta por NordTech durante la madrugada.

Abrí el expediente.

Habían elevado la cifra hasta mil doscientos cincuenta millones de euros.

Una apuesta desesperada.

Sonreí apenas.

—Quieren aparentar fuerza.

—¿Subimos la oferta?

Cerré la carpeta.

—No.

Los ejecutivos intercambiaron miradas.

—¿Entonces?

—Esperamos.

Hayes frunció el ceño.

—Podrían quedarse con la empresa.

Lo miré con tranquilidad.

—No tienen dinero suficiente para pagarla.

El silencio fue absoluto.

Porque solo había una explicación.

Yo sabía algo que ellos no.


Mientras tanto, al otro lado del mundo, Nathan caminaba de un lado a otro dentro de nuestra antigua casa.

La habitación de Mia seguía exactamente igual.

Los peluches.

Los cuentos.

El pequeño pijama azul doblado sobre la cama.

Por primera vez en tres años, la casa estaba completamente silenciosa.

Ya no había una niña corriendo por el pasillo.

Ni una mujer esperándolo hasta la medianoche.

Solo cuarenta y siete llamadas sin respuesta.


Serena apareció esa misma tarde en su despacho.

—¿Todavía no la encuentras?

Nathan negó con la cabeza.

—Cambió el número.

—La policía internacional tampoco puede localizarla.

Él golpeó el escritorio.

—¡No puede esconderse para siempre!

Serena respiró despacio.

—Lo importante ahora es NordTech.

Necesitamos que Qin no presente otra oferta.

Nathan levantó la vista.

—¿Por qué estás tan nerviosa?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Porque mi padre hipotecó casi todo Shengheng para conseguir esa adquisición.

Nathan sintió un escalofrío.

Aquello era mucho más grave de lo que imaginaba.


En Londres recibí una llamada de Margaret Wells.

—Nathan presentó otra solicitud judicial.

—¿Sobre qué?

—Afirma que usted secuestró a la menor y exige su regreso inmediato.

Sonreí con calma.

—¿Adjuntó alguna prueba de violencia inexistente?

Margaret hojeó el expediente.

—Sí.

Dice que usted abandonó voluntariamente el domicilio conyugal después de una discusión menor.

Abrí una pequeña carpeta azul.

Dentro estaba el informe médico del restaurante.

Fotografías de mi rostro.

El certificado de urgencias.

Y el video completo grabado por un cliente desde otra mesa.

En la pantalla se veía perfectamente el momento en que Nathan levantaba la mano.

Sin provocación.

Sin discusión previa.

Solo un golpe.

Empujé la carpeta hacia Margaret.

—Creo que olvidó mencionar esto.

La abogada observó las imágenes durante varios segundos.

Luego cerró lentamente el expediente.

—Su marido acaba de destruir su propio caso.


Aquella noche mi madre entró en mi oficina.

Traía dos tazas de té.

—Hace años que no te veía trabajar hasta tan tarde.

Sonreí.

—También hace años que no recordaba quién era.

Ella dejó la taza junto a mí.

—¿Lo sigues queriendo?

La pregunta quedó suspendida entre las dos.

Miré por la ventana.

Las luces de Londres parecían infinitas.

—Extraño a la persona que creí que era.

No al hombre que resultó ser.

Mi madre asintió en silencio.


A la mañana siguiente llegó el informe financiero definitivo.

Hayes apenas pudo ocultar la emoción.

—Lo encontramos.

Levanté la vista.

—¿Qué encontraron?

—Los préstamos.

Extendió varios documentos sobre la mesa.

—Shengheng pidió financiación a cinco bancos distintos utilizando el mismo paquete de garantías.

Eso era fraude financiero.

Y, si los bancos lo descubrían antes del cierre de la operación…

Todo el financiamiento desaparecería.


Mientras revisábamos los documentos, Claire entró apresuradamente.

—Acaba de llegar una noticia desde Asia.

Encendió la pantalla.

Era una conferencia de prensa improvisada.

Serena aparecía junto a su padre.

Los periodistas preguntaban insistentemente por NordTech.

Entonces uno lanzó otra pregunta.

—Señor Lin, ¿es cierto que su hija mantiene una relación sentimental con el abogado Nathan Shen, representante legal de varias operaciones del Grupo Shengheng?

El rostro de Serena cambió apenas un instante.

Pero fue suficiente.


En el mismo momento, Nathan estaba viendo exactamente la misma transmisión desde su despacho.

Su teléfono comenzó a sonar sin descanso.

Clientes.

Socios.

Periodistas.

No respondió a ninguno.

Solo miraba la pantalla.

Porque acababa de comprender algo.

Ya no podía separar su vida privada de los negocios de Shengheng.


A las cuatro de la tarde recibí un mensaje.

Era de Nathan.

Solo una frase.

“Victoria… podemos arreglar todo esto. Solo vuelve a casa.”

Observé aquellas palabras durante unos segundos.

Después bloqueé definitivamente su número.

No necesitaba responder.

Los tribunales lo harían por mí.


Esa misma noche, el consejo de administración de NordTech anunció que la decisión final sobre la venta se comunicaría cuarenta y ocho horas después.

Toda la prensa financiera europea comenzó a especular.

Qin.

Shengheng.

Mil doscientos millones de euros.

La mayor adquisición energética del año.

Pero nadie sabía que la operación ya no dependía únicamente del dinero.

Porque diez minutos antes del cierre de la jornada, el director Hayes entró en mi oficina con una expresión completamente distinta.

Traía una carpeta marcada como Confidencial.

La dejó frente a mí.

—Acaba de llegar desde Hong Kong.

Abrí el documento.

En la primera página aparecía una transferencia bancaria realizada tres años atrás.

El beneficiario era el bufete de Nathan.

El ordenante…

No era Shengheng.

Era una empresa pantalla registrada en las Islas Caimán.

Y al pie del expediente había una nota del departamento de auditoría.

“Existen indicios de que Nathan Shen recibió pagos secretos mucho antes de conocer oficialmente a Serena Lin.”

Levanté lentamente la vista.

Aquello cambiaba por completo la historia.

Porque significaba que mi matrimonio nunca había sido traicionado por amor.

Había sido utilizado desde el principio como parte de un plan mucho más grande.

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