Laura sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Miró su bolso como si acabara de convertirse en una bomba.
—¿Qué… qué puso?
Emma señaló el cierre lateral.
—Una cosita negra.
Sebastián reaccionó antes que cualquiera.
—¡No lo toques!
Uno de sus hombres apareció junto a él con un maletín metálico.
Tomó el bolso con extremo cuidado y lo colocó sobre una mesa de mármol.
Un experto abrió lentamente el compartimento exterior.
Dentro, pegado al forro con cinta negra, había un pequeño dispositivo del tamaño de una caja de fósforos.
Una luz verde parpadeaba lentamente.
El especialista no dijo una palabra.
Simplemente levantó la vista hacia Sebastián.
—Rastreador.
Laura dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.
—¿Un… un rastreador?
—Militar.
El hombre retiró la batería con unas pinzas.
—Alguien quería saber exactamente dónde estaría esta mujer.
Sebastián volvió la mirada hacia Emma.
—¿Estás segura de que fue Regina?
La niña asintió sin dudar.
—Traía un vestido que brillaba mucho.
Laura recordó algo.
Quince minutos antes había dejado el bolso en la cocina mientras servía unas copas.
Regina había entrado sola.
Incluso había pedido que todo el personal saliera durante un momento porque “necesitaba privacidad”.
Nadie cuestionaba jamás a la futura esposa del patrón.
Hasta ahora.
Uno de los guardias irrumpió en el despacho.
—Patrón… encontramos el dispositivo bajo el escritorio.
Lo colocó sobre la mesa.
Era una pequeña carga explosiva conectada a un receptor remoto.
No bastaba para destruir toda la residencia.
Pero sí para matar a cualquiera sentado frente al escritorio durante la reunión.
Cinco jefes.
Cinco objetivos.
Una sola detonación.
Sebastián observó el explosivo sin cambiar la expresión.
—¿Quién tuvo acceso a esta oficina?
—Solo usted…
El guardia tragó saliva.
—Y la señorita Regina.
El silencio fue absoluto.
Entonces otro hombre entró apresuradamente.
—Patrón… ya llegaron los convoyes.
Las camionetas blindadas comenzaban a entrar por el portón principal.
Los cinco líderes estaban llegando.
Si cancelaban la reunión de golpe, alguien sospecharía.
Si continuaban, todos podían morir.
Sebastián tomó una decisión inmediata.
—La reunión sigue.
Todos lo miraron sorprendidos.
—Pero el despacho queda cerrado.
Se volvió hacia uno de sus hombres de mayor confianza.
—Preparen el salón de biblioteca.
—¿Y Regina?
Los ojos de Sebastián se endurecieron.
—Que no sospeche nada.
Regina apareció cinco minutos después.
Su vestido plateado reflejaba las enormes lámparas de cristal.
Sonreía como la mujer que estaba a punto de convertirse en la esposa del hombre más poderoso de la región.
Al ver a Sebastián, caminó directamente hacia él.
Lo besó en la mejilla.
—Pensé que ya habrían llegado todos.
—Están entrando.
—Perfecto.
Ella sonrió con absoluta tranquilidad.
Demasiada tranquilidad.
Laura, observándola desde el otro extremo del salón, sintió un escalofrío.
Era la misma mujer que había amenazado a una niña de seis años.
Regina giró discretamente la cabeza.
Sus ojos encontraron a Emma.
Durante apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
La niña apretó con fuerza la mano de su madre.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
—Me está viendo igual que hace rato.
Laura abrazó a su hija.
Sebastián también lo notó.
Sin decir una palabra, hizo una leve señal a dos escoltas.
Desde ese instante, Regina quedó vigilada.
Sin saberlo.
Los cinco jefes criminales ocuparon sus lugares en la biblioteca.
Todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad.
Brindis.
Saludos.
Negociaciones.
Regina permanecía junto a Sebastián sonriendo ante todos.
Entonces uno de los técnicos entró discretamente con una tableta.
Se la entregó al patrón.
—Encontramos algo más.
Era la grabación de una cámara exterior que Regina creía averiada.
El video mostraba claramente a un hombre colocando el explosivo bajo el escritorio.
Pero eso no fue lo que hizo contener la respiración a Sebastián.
Lo verdaderamente imposible ocurrió diez segundos después.
En la grabación apareció Regina.
No estaba impidiendo el atentado.
Estaba abrazando al hombre.
Y, antes de marcharse, lo besó apasionadamente.
Sebastián levantó lentamente la vista.
Sin embargo, lo que más lo estremeció no fue descubrir la traición de su prometida.

Fue reconocer perfectamente el rostro del hombre que ella acababa de besar.
Era Víctor Salgado.
El único jefe criminal que todavía no había llegado a la reunión.