El sonido de las campanas de viento volvió a resonar.
Suave.
Melancólico.
Como una promesa que se repite… incluso cuando ya nadie la cumple.
El vestido de novia se agitaba con el viento.
Pero esta vez…
Yo no intenté sujetarlo.
Miré a Gu Huaisu.
Luego a Song Yao.
Y finalmente… al mar.
Ese mismo mar que había imaginado como el inicio de mi vida feliz.
Qué ironía.
Era también el lugar donde todo terminaba.
—Está bien —dije.
Mi voz fue tranquila.
Tan tranquila que incluso el fotógrafo levantó la cabeza sorprendido.
Gu Huaisu frunció el ceño.
—¿Qué?
Lo miré.
Por primera vez…
Sin esperar nada.
—Dijiste que mientras el resultado sea suficiente, eso es lo único que importa.
Di un paso hacia atrás.
El vestido rozó la arena.
—Entonces… no hace falta que yo esté aquí.
El silencio cayó de golpe.
Pesado.
Inesperado.
—Jiang Wan, ¿qué estás diciendo? —su tono se volvió más duro—. No exageres.
Sonreí.
Pero no era una sonrisa dulce.
Era… cansada.
—No estoy exagerando.
Mis ojos pasaron por su mano.
Esa mano que hace un momento había sostenido a otra mujer sin dudar.
—Solo estoy entendiendo.
Song Yao bajó la mirada.
Sus dedos apretaron la chaqueta.
—Señorita Jiang… de verdad, yo puedo irme—
—No —la interrumpí suavemente.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—No hace falta.
Respiré hondo.
El aire frío me quemó los pulmones.
Pero me mantuvo despierta.
Clara.
—Quédate —dije—. Después de todo… tú siempre has estado en el lugar correcto.
El rostro de Gu Huaisu cambió.
—¿A qué te refieres?
Lo miré directamente.
—A que yo nunca fui la persona a la que querías traer a este lugar.
El sonido del mar llenó el silencio.
Recordé aquella noche.
La propuesta.
Las promesas.
Las campanas.
Todo.
Y, de repente…
Se sintió lejano.
Como si hubiera sido la historia de otra persona.
—Esta sesión… —miré el arco de madera blanca— no era para mí.
Bajé la vista.
—Era para alguien que nunca se fue de tu corazón.
—¡Basta! —su voz cortó el aire—. ¿De verdad vas a sacar esto ahora?
—No.
Levanté la mirada.
—Lo estoy cerrando.
El fotógrafo bajó lentamente la cámara.
Nadie hablaba.
Ni siquiera el viento parecía atreverse a interrumpir.
Me quité el velo.
Con cuidado.
Como si fuera algo valioso.
Pero no por lo que era ahora…
Sino por lo que alguna vez significó.
Caminé hacia Song Yao.
Ella se quedó inmóvil.
Confundida.
—Toma —dije, extendiéndoselo.
—Yo no puedo—
—Sí puedes.
Mi voz fue firme.
—Porque nunca fue mío.
Gu Huaisu dio un paso adelante.
—Jiang Wan, estás cruzando la línea.
Lo miré una última vez.
Y esta vez…
No sentí nada.
Ni amor.
Ni rabia.
Ni tristeza.
Solo… vacío.
—No —dije en voz baja—. La línea ya se cruzó hace mucho.
Me giré.
Y comencé a caminar.
—¡Jiang Wan! —su voz me persiguió—. ¿A dónde vas?
No me detuve.
El vestido blanco dejó una estela sobre la arena.
Como una despedida silenciosa.
—La boda se celebrará igual —dijo con frialdad—. No puedes cancelar algo así por un capricho.
Entonces sí me detuve.
Pero no me giré.
—No es un capricho.
Mi voz fue clara.
Firme.
—Es una decisión.
Giré ligeramente la cabeza.
Lo suficiente para que mis palabras llegaran sin necesidad de mirarlo.
—La boda… se cancela.
El impacto fue inmediato.

—¿Qué dijiste?
Sonreí levemente.
Y esta vez…
Había algo de liberación en ella.
—Que no me voy a casar contigo.
El sonido de las campanas volvió.
Más fuerte.
Más claro.
Como si, por fin…
Estuvieran sonando para mí.
Seguí caminando.
Sin mirar atrás.
Sin detenerme.
Detrás de mí, alguien dejó caer algo.
Quizá el vaso de agua.
Quizá otra cosa.
No importaba.
Porque, por primera vez en mucho tiempo…
Ya no estaba esperando que alguien me eligiera.
Ahora…
Me estaba eligiendo yo.