Mariana sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
Permaneció inmóvil junto a la puerta, con la respiración contenida.
Al otro lado de la madera, Doña Teresa seguía llorando.
—Lo vimos, Emiliano… los dos lo vimos aquella noche…
Un silencio pesado llenó la habitación.
Mariana jamás había escuchado a su suegra hablar así.
Durante años, la mujer había sido dominante, crítica, incluso manipuladora.
Pero ahora sonaba aterrada.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo escondiendo un secreto.
—Mamá —susurró Emiliano—. Han pasado treinta años.
—Para ti.
La respuesta salió temblorosa.
—Pero yo sigo viéndolo.
Mariana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La casa parecía más fría.
Más oscura.
Más extraña.
Se acercó apenas unos centímetros más.
Entonces escuchó algo que la dejó sin aliento.
—No fue un accidente, Emiliano.
El corazón de Mariana empezó a golpearle el pecho.
—Nunca lo fue.
Dentro del cuarto, Emiliano dejó escapar un suspiro cansado.
Como si hubiera escuchado aquella frase cientos de veces.
—Mamá, ya hablamos de esto.
—Porque nadie me cree.
—Porque no tiene sentido.
—¡Sí lo tiene!
La voz de Doña Teresa se quebró.
—Tu padre no cayó solo al barranco.
Mariana abrió los ojos de par en par.
Un barranco.
¿De qué estaban hablando?
Emiliano guardó silencio unos segundos.
Luego habló despacio.
—Yo tenía ocho años.
—Y viste lo mismo que yo.
—Vi una tormenta.
—No.
—Vi a mi padre discutir con alguien.
—Sí.
—Y después vi las luces desaparecer.
Doña Teresa comenzó a llorar nuevamente.
—Porque ese hombre lo empujó.
Mariana se llevó una mano a la boca.
Toda la familia siempre había dicho que el padre de Emiliano murió en un accidente automovilístico.
Eso era lo que contaban los vecinos.
Lo que aparecía en los documentos.
Lo que Emiliano mismo había repetido durante años.
Pero aquella noche estaba escuchando otra historia.
Una completamente distinta.
—Mamá, nunca encontraron pruebas.
—Porque las desaparecieron.
—Ya basta.
—No.
La voz de la mujer se volvió desesperada.
—Porque volvió.
El silencio fue inmediato.
Incluso Emiliano pareció quedarse congelado.
—¿Qué dijiste?
—Lo vi ayer.
Mariana sintió que el corazón se detenía.
—¿A quién?
—Al hombre que mató a tu padre.
Dentro de la habitación se escuchó el ruido de una silla arrastrándose.
Emiliano acababa de ponerse de pie.
—Eso es imposible.
—Estaba frente a la iglesia.
—Mamá…
—Traía la misma cicatriz.
La misma mirada.
Y cuando me vio…
Doña Teresa comenzó a respirar agitadamente.
—Sonrió.
Un golpe seco resonó dentro del cuarto.
Como si Emiliano hubiera apoyado ambas manos sobre una mesa.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque pensé que estaba loca.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no.
Mariana escuchó pasos.
Se apartó rápidamente de la puerta.
El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo.
La puerta se abrió de golpe.
Ella apenas alcanzó a esconderse detrás de una columna del pasillo.
Emiliano salió del cuarto.
Su rostro estaba completamente pálido.
Nunca lo había visto así.
Ni cuando murió un tío.
Ni cuando perdió un trabajo importante.
Ni cuando tuvieron problemas económicos.
Era la cara de un hombre que acababa de descubrir algo capaz de destruir toda su realidad.

Lo vio caminar hacia el estudio de la casa.
Cerrar la puerta.
Y encender la luz.
Mariana esperó unos segundos.
Después avanzó lentamente.
La curiosidad era más fuerte que el miedo.
Cuando llegó al estudio, observó por la rendija.
Emiliano estaba frente a una vieja caja metálica.
Una caja que Mariana jamás había visto.
Temblando, la abrió.
Dentro había fotografías amarillentas.
Recortes de periódico.
Y un sobre sellado.
Emiliano lo abrió con manos nerviosas.
Sacó una fotografía.
La observó apenas un segundo.
Y entonces dejó caer la imagen al suelo.
Mariana aprovechó que él estaba de espaldas.
Se acercó un poco más.
Solo un poco.
Lo suficiente para ver la fotografía.
Y cuando distinguió el rostro del hombre retratado, sintió que las piernas le fallaban.
Porque conocía perfectamente a ese hombre.
Lo había visto esa misma semana.
Sentado en la primera fila de la parroquia.
Sonriendo durante la misa del domingo.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que ese hombre acababa de convertirse, hacía apenas tres meses, en el nuevo socio de Emiliano.
Continuará…