PARTE 2 — LA NOCHE EN QUE MI HIJO SE VIO EN EL ESPEJO

Diego llegó al departamento antes de las diez.

Mucho antes de lo que había prometido.

No porque quisiera volver.

Sino porque la fotografía que le envió la vecina le revolvió el orgullo.

Abrió la puerta de golpe.

—¿Dónde está Valeria?

Rosario seguía sentada en el sillón con Mateo dormido sobre el pecho.

Levantó la vista con absoluta tranquilidad.

—Buenas noches para ti también.

Diego dejó las llaves sobre la mesa con fuerza.

—¿Dónde está mi esposa?

—Respirando.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo que respirando?

—Eso mismo.

Hace un mes que no tenía una noche para sentirse persona.

Hoy la tiene.

Diego caminó nervioso por la sala.

—¿Y dejaste que saliera sola?

Rosario sonrió con ironía.

—Curioso.

Tú sí puedes salir todos los sábados, pero ella necesita permiso.

Él evitó responder.

—No sabes cómo se ve esto.

Rosario acarició la cabeza del bebé.

—Sí lo sé.

Se ve exactamente igual que cada vez que tú sales y ella se queda aquí sola.

Solo que hoy cambió el protagonista.

Diego abrió la boca.

No encontró palabras.


A las diez y media sonó el timbre.

Era Valeria.

Entró despacio.

Llevaba en la mano un vaso de café y una pequeña bolsa de papel.

Cuando vio a Diego, su sonrisa desapareció.

—Ya llegaste…

Él cruzó los brazos.

—¿La pasaste bien?

Valeria bajó la mirada.

—Solo fui con mi hermana.

Caminamos por el parque.

Tomamos café.

Hablamos.

Eso fue todo.

Diego soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

Rosario se puso de pie.

—No empieces.

Pero él ya estaba hablando.

—Mientras yo trabajaba…

Rosario lo interrumpió.

—No.

Mientras tú estabas en un bar.

Porque trabajar fue de lunes a viernes.

Lo de hoy fue diversión.

Y ella también tiene derecho a una.

El silencio cayó sobre la sala.


Rosario tomó una libreta que estaba sobre la mesa.

La abrió.

—¿Sabes qué es esto?

Diego negó con la cabeza.

—Es un registro.

Valeria me dijo que lo hacía para no olvidar los horarios del bebé.

Leyó en voz alta.

—Lunes.

Tres horas de sueño.

Cinco cambios de pañal.

Ocho tomas.

Dos lavadoras.

Una comida.

Martes.

Dos horas y media de sueño.

Nueve tomas.

Fiebre del bebé.

Hospital.

Miércoles…

Pasó varias páginas.

Cada día era igual.

Más trabajo.

Menos descanso.

Más culpa.

Menos ayuda.

Cerró la libreta.

—Ahora enséñame tu registro de este mes.

Diego permaneció inmóvil.

No tenía ninguno.

Porque nunca había contado cuántas veces se levantó de madrugada.

Ni cuántos pañales cambió.

Ni cuántas horas había cargado a su hijo.


Valeria se sentó lentamente.

—Hoy pasó algo raro.

Diego la miró.

—¿Qué?

Ella sonrió con timidez.

—Mi hermana me preguntó cómo estaba.

Y no supe qué responder.

Porque hacía semanas que nadie me hacía esa pregunta.

Rosario sintió un nudo en la garganta.

Diego también bajó la mirada.

Por primera vez comprendió que durante todo un mes solo había preguntado:

“¿Ya comió el bebé?”

“¿Por qué llora?”

“¿Dónde está mi camisa?”

Nunca…

“¿Cómo estás tú?”


Mateo comenzó a llorar.

Diego dio un paso al frente.

Instintivamente miró a Valeria.

Esperando que ella lo levantara.

Rosario no dijo una palabra.

Solo permaneció quieta.

Valeria tampoco se movió.

Después de unos segundos, Diego entendió.

Tomó al bebé en brazos.

Le costó encontrar la posición correcta.

Mateo siguió llorando.

—No deja de llorar…

dijo nervioso.

Valeria se acercó.

Con mucha calma, acomodó ligeramente el brazo de Diego.

—Así.

No estaba mal.

Solo necesitaba apoyo.

Mateo dejó de llorar casi al instante.

Diego observó a su hijo dormirse sobre su pecho.

Y, por primera vez en un mes, sintió el peso real de apenas unos cuantos minutos.

Pensó en Valeria sosteniéndolo durante horas.

Todos los días.

Todas las noches.

Sin vacaciones.

Sin fines de semana.

Sin que nadie le dijera “gracias”.

Entonces comprendió algo que jamás había querido admitir.

No era que él trabajara demasiado.

Era que había permitido que la maternidad de Valeria se convirtiera en un trabajo invisible.

Rosario tomó su bolso.

—Ya es tarde.

Me voy.

Antes de salir, miró a su hijo.

—No necesitas ser un padre perfecto.

Pero sí uno presente.

Porque los bebés olvidan cuándo les compraste el primer juguete.

Lo que nunca olvidan es quién estuvo… y quién siempre encontraba una excusa para irse.

La puerta se cerró.

Y, por primera vez desde que nació Mateo, el departamento quedó en silencio.

No porque el bebé durmiera.

Sino porque Diego ya no tenía argumentos para seguir creyendo que todo estaba bien.

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