Diego leyó el mensaje dos veces.
Después una tercera.
Su rostro cambió de inmediato.
“Tu esposa se fue de fiesta y tu mamá se quedó de niñera.”
Sin pensarlo, marcó el número de Valeria.
No contestó.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Nada.
Entonces llamó a su madre.
Rosario respondió al segundo tono.
—¿Sí?
—¿Dónde está Valeria?
—Respirando.
—¡No juegues conmigo! ¿Cómo permitiste que dejara solo a mi hijo?
Rosario guardó silencio unos segundos.
—¿Solo?
Diego apretó el teléfono.
—¡Sí!
—¿Y conmigo qué estaba?
Él no respondió.
—Mateo está conmigo, Diego. Alimentado, limpio y dormido. Dime una cosa… ¿cuántas noches completas has pasado despierto con él desde que nació?
El silencio fue la única respuesta.
Rosario continuó.
—¿Sabes cuántas veces se ha bañado Valeria esta semana sin que el bebé llore en la puerta?
Diego tragó saliva.
No lo sabía.
—¿Sabes cuándo fue la última vez que comió sentada?
Tampoco.
—¿Sabes cuántas veces ha llorado escondida en el baño para que tú no dijeras que exagera?
Diego empezó a caminar nervioso fuera del restaurante.
Las risas de sus amigos dejaron de importarle.
—Mamá…
—No. Hoy me escuchas tú.
Su voz era firme, pero no gritaba.
—Durante un mes has salido a trabajar, has dormido ocho horas, has ido al gimnasio dos veces por semana y hoy estás celebrando un cumpleaños mientras tu esposa lleva treinta días viviendo con el reloj marcado por los llantos de un recién nacido.
Diego cerró los ojos.
Nunca lo había pensado así.
Porque nunca había querido pensarlo.
—Ella solo salió dos horas.
Rosario hizo una pausa.
—Tú llevas saliendo toda la vida.
La llamada terminó.
Y, por primera vez, Diego sintió que las palabras de su madre pesaban más que cualquier regaño.
Mientras tanto, Valeria estaba sentada en una pequeña cafetería con su hermana menor.
Frente a ella había una taza de chocolate caliente.
Llevaba casi veinte minutos sin que nadie la llamara “mamá”.
Sin preparar un biberón.
Sin levantarse por un llanto.
Y, aun así, no dejaba de mirar el reloj.
—¿Quieres regresar? —preguntó su hermana.
Valeria negó con la cabeza.
—Quiero quedarme… pero siento culpa.
Su hermana le tomó la mano.
—Descansar no te convierte en una mala madre.
Las lágrimas aparecieron sin avisar.
—Ya ni recuerdo cómo era sentirme persona.
A las once de la noche, Diego llegó al departamento.
Abrió la puerta con fuerza.
Esperaba encontrar una discusión.
Encontró silencio.
Mateo dormía plácidamente en brazos de Rosario.
La cocina estaba limpia.
La ropa doblada.
El departamento, ordenado.
—¿Y Valeria?
—Todavía no vuelve.
Miró el reloj.
—Son casi las once.
Rosario levantó una ceja.
—¿Y tú a qué hora ibas a regresar?
Diego bajó la mirada.
Había prometido volver temprano.
Eran casi las once.
Exactamente la misma hora.
En ese instante la puerta se abrió.
Valeria entró despacio.
Traía una pequeña bolsa de pan dulce.
Sonreía.
Era una sonrisa tímida.
Cansada.
Pero auténtica.
En cuanto vio a Diego, la sonrisa desapareció.
—Perdón… ya regresé.
Automáticamente empezó a disculparse.
—No quise tardarme… el tráfico…
Rosario se puso de pie.
—No pidas perdón.
Valeria se quedó inmóvil.
La mujer mayor miró directamente a su hijo.
—La única persona que debe pedir disculpas aquí eres tú.
Diego abrió la boca.
Pero ninguna palabra salió.
Porque acababa de darse cuenta de un detalle que nunca había visto.
En la bolsa que Valeria llevaba en la mano no había ropa, maquillaje ni compras para ella.

Solo había una caja pequeña de pañales en oferta… y un juguete de tela para Mateo.
Después de un mes sin dormir, sin descansar y con apenas unas horas para sí misma…
Lo primero en lo que había pensado seguía siendo su hijo.
Y Diego entendió, con una vergüenza que le quemó el pecho, que mientras él había salido a divertirse para olvidarse de su familia por unas horas, Valeria ni siquiera había sabido olvidarse de ella durante dos.