Lin Zhiyi se detuvo frente a ellos.
El tango continuó unos segundos más antes de que la banda, percibiendo que algo no iba bien, dejara morir la última nota.
Gu Dingchuan retiró lentamente la mano de la cintura de Su Wanqing.
—Zhiyi.
—No pares —dijo ella con una sonrisa—. Bailan muy bien juntos.
Su Wanqing bajó la mirada.
—Señora Gu, no malinterprete. El presidente Gu solo me invitó porque necesitábamos representar a la empresa…
—¿Representar a la empresa?
Lin Zhiyi la observó de arriba abajo.
—Entonces supongo que también forma parte de tus responsabilidades acompañarlo a un apartamento a las once de la noche.
El rostro de Su Wanqing perdió el color.
Gu Dingchuan frunció el ceño.
—Zhiyi, aquí no.
Aquellas dos palabras terminaron de apagar algo dentro de ella.
Aquí no.
Como si el problema no fuera la traición.
Como si el problema fuera que ella se atreviera a mencionarla delante de las personas cuya admiración él necesitaba.
Lin Zhiyi sonrió.
—Tienes razón. Aquí no.
Miró hacia el escenario.
—Aquí hay demasiada gente.
Gu Dingchuan sintió inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué quieres hacer?
Pero ella ya caminaba hacia el presentador.
Tomó el micrófono.
—Disculpen. Como esposa del Empresario Más Influyente del Año, quisiera añadir unas palabras.
Los invitados guardaron silencio.
Gu Dingchuan avanzó.
—Zhiyi, dame el micrófono.
Ella levantó una mano.
—Durante siete años ayudé a mi esposo a construir la imagen de un hombre responsable, fiel y digno de confianza.
Sus ojos recorrieron lentamente el salón.
—Esta noche descubrí que hice un trabajo excelente.
Algunas personas intercambiaron miradas.
Entonces la enorme pantalla situada detrás del escenario se encendió.
Primera fotografía.
El coche de Gu Dingchuan frente al complejo residencial.
Segunda.
Su mano alrededor de la cintura de Su Wanqing.
Tercera.
Los dos entrando juntos en el ascensor.
El salón explotó en murmullos.
Su Wanqing quedó blanca.
—¡Apáguenlo!
Gu Dingchuan subió al escenario.
—¡Lin Zhiyi!
Pero ella todavía tenía una última imagen.
La fotografía del apartamento apareció en la pantalla.
Ahora nadie murmuraba.
Todos entendían.
Lin Zhiyi se volvió hacia Su Wanqing.
—¿Quieres contarles tú la segunda noticia?
Su Wanqing instintivamente se llevó una mano al vientre.
Ese pequeño gesto fue suficiente.
Los fotógrafos comenzaron a levantar sus cámaras.
Gu Dingchuan se interpuso.
—¡Basta!
Lin Zhiyi lo miró.
—Doce semanas.
Él se quedó inmóvil.
—¿Cómo…?
—¿Cómo lo sé?
Su sonrisa desapareció.
—Porque mientras tú aprendías a esconder una amante, yo llevaba siete años aprendiendo a encontrar cosas que los hombres de negocios intentan ocultar.
Entonces sacó una carpeta azul de su bolso.
Por primera vez, Gu Dingchuan pareció realmente preocupado.
—¿Qué es eso?
—Mi verdadero regalo por tu premio.
Lin Zhiyi abrió la carpeta.
—Durante los últimos tres meses encontré gastos personales cargados a cuentas corporativas, un apartamento pagado mediante una filial del grupo y varios reembolsos autorizados directamente desde tu oficina.
La expresión de Gu Dingchuan cambió por completo.
Aquello ya no era únicamente un escándalo matrimonial.
Había accionistas sentados en aquel salón.
Miembros del consejo.
Socios.
Periodistas.
—Zhiyi —dijo entre dientes—. Podemos hablar en casa.
—No.
Ella lo miró serenamente.
—En casa hablaba tu esposa.
Dejó otra carpeta sobre el atril.
—Esta noche estás hablando con una accionista.
Gu Dingchuan palideció.
Durante siete años, casi todos habían olvidado que parte del capital con el que se había expandido el Grupo Dingchuan procedía de la familia Lin.
Lin Zhiyi no era una esposa decorativa.
Poseía acciones propias.
Y aquella misma tarde había firmado una solicitud para que el comité de auditoría independiente revisara determinados movimientos financieros.
—Mañana a las nueve —continuó— el consejo recibirá todas las pruebas.
Gu Dingchuan apretó la mandíbula.
—¿Quieres destruirme por una mujer?
Lin Zhiyi negó lentamente.
—Todavía no lo entiendes.
Bajó del escenario y se detuvo frente a él.
—Su Wanqing no destruyó nuestro matrimonio.
Le quitó de la solapa el pequeño broche que ella misma le había regalado durante su quinto aniversario.
Lo dejó junto al trofeo.
—Tú lo hiciste.
Su Wanqing comenzó a llorar.
—Dingchuan…
Él ni siquiera la miró.
Por primera vez aquella noche, toda su atención estaba puesta en su esposa.
—Zhiyi, espera.

Ella continuó caminando.
—¡Lin Zhiyi!
Se detuvo junto a la puerta.
Gu Dingchuan preguntó:
—¿Qué quieres de mí?
Ella volvió la cabeza.
Siete años atrás habría respondido: amor.
Un año atrás, quizá respeto.
Aquella noche solo dijo:
—Nada.
Tres meses después, el divorcio estaba en marcha y la auditoría interna había obligado a Gu Dingchuan a abandonar temporalmente varios cargos mientras se revisaban los gastos cuestionados.
Su Wanqing también dejó la empresa.
Lin Zhiyi no celebró ninguna de aquellas noticias.
Simplemente recuperó su apellido, reorganizó sus inversiones y volvió a dirigir la firma financiera de su familia.
Meses más tarde, encontró una fotografía de aquella ceremonia.
Gu Dingchuan aparecía sosteniendo orgullosamente su premio.
Ella estaba detrás, abandonando el salón.
Lin Zhiyi contempló la imagen unos segundos antes de guardarla.
Aquella noche todos creyeron que habían presenciado la caída pública del hombre más influyente de Tanghai.
Pero para ella significaba otra cosa.
Fue la noche en que dejó de interpretar a la esposa perfecta y volvió, por fin, a pertenecerse a sí misma.