Un silencio insoportable cayó sobre la habitación.
Nadie se atrevía a respirar.
La pequeña seguía señalándome con el dedo mientras repetía aquellas palabras que hicieron tambalear todo lo que acababa de descubrir.
—Él no es nuestro verdadero padre.
Chen y Cheng la miraban completamente desconcertados.
—Xinyi, ¿qué estás diciendo?
La niña bajó lentamente la mano.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
No parecía una niña que quisiera hacer daño.
Parecía una niña que había aprendido una frase de memoria.
Me acerqué despacio y me arrodillé frente a ella.
—¿Quién te dijo eso?
Antes de responder, miró de reojo a mi madre.
La señora Lin cerró los ojos.
—No contestes.
Fue suficiente.
La niña rompió a llorar.
—La abuela dijo que, si papá me encontraba, debía decir que él no era nuestro verdadero padre… o mamá moriría.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Dónde está vuestra madre?
Xinyi negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces metió la mano en el bolsillo de su abrigo.
Sacó una pequeña tarjeta de memoria.
—Mamá dijo que solo podía dártela cuando la abuela estuviera presente.
Se la entregó temblando.
Uno de los técnicos de seguridad encontró un ordenador dentro del antiguo archivo del hospital.
Insertó la tarjeta.
La pantalla mostró la fecha de hacía siete años.
Era la habitación 608.
Yo aparecía acostado en la cama, todavía inconsciente después del accidente.
Mi madre hablaba con el médico.
—¿La amnesia será permanente?
—No podemos asegurarlo.
—Tiene que olvidar a esa mujer.
El médico guardó silencio.
Mi madre colocó un sobre sobre la mesa.
—Si recupera la memoria, perderemos la fusión con la familia Zhao.
El vídeo continuó.
Dos enfermeras entraron empujando tres cunas.
Tres.
No dos.
Tres recién nacidos.
Mi respiración se detuvo.
La cámara captó claramente las pulseras de los bebés.
Chen.
Cheng.
Xinyi.
El médico señaló una de las cunas.
—Los análisis están listos.
Mi madre preguntó con impaciencia:
—¿Cuál es suyo?
El médico abrió un expediente.
Pero justo antes de responder, alguien apagó la cámara.
El vídeo terminó.
Nadie dijo una palabra.
Mi madre comenzó a retroceder.
—Eso no demuestra nada.
En ese instante, el teléfono de Xinyi vibró.
Era un mensaje enviado apenas un minuto antes desde un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.
En ella aparecía la mujer que afirmaba ser mi esposa.
Estaba viva.
Tenía las manos atadas.
Y detrás de ella, escrito con pintura roja sobre una pared, había un mensaje que me heló la sangre.
“Las pruebas de ADN siempre señalaron al padre equivocado.”